4
Damián
Esa mañana el cielo estaba cubierto de nubes bajas, como si el reino entero supiera que debíamos partir. El aire tenía esa frialdad densa que se cuela por los pliegues del abrigo, aunque todavía no caía nieve. Salí de mi habitación vestido con ropas más formales de viaje: botas negras ajustadas, pantalones oscuros, una túnica de tela pesada con el escudo del reino de Jon bordado en dorado en el pecho, y un abrigo largo con capa a los hombros. Me habían dicho que en Velkaris aún azotaban los vientos del norte.
El establo olía a cuero, heno y bestias nerviosas. Mi caballo —Noctis, el único ser que aún no me había juzgado aquí— resopló cuando me acerqué. Le acaricié el cuello antes de ajustar la silla, tensar los amarres y revisar las alforjas. Sabía que los sirvientes ya lo habrían hecho, pero no confío en nadie cuando de mi montura se trata.
Jon apareció minutos después, con su capa ondeando ligeramente al caminar. Su caballo, un corcel castaño brillante, parecía tan elegante como él.
-¿Listo?
Asentí con la cabeza. A nuestras espaldas, dos escuadrones de soldados se preparaban con los estandartes, los carros con cofres sellados donde iban las armas del tratado, y las últimas mochilas de equipaje que se aseguraban con firmeza.
Vi a Tim despidiéndose de Jon. Un abrazo, unas palabras bajas. Vi a Conner en una de las torres, con una expresión que parecía intentar esconder algún tipo de fastidio. Quizás porque no iba con nosotros. Quizás por algo más. No me importaba.
Montamos. El cuero crujió bajo mi peso, el cuerpo del caballo se tensó ligeramente bajo mis piernas, pero Noctis conocía el ritmo. Los soldados comenzaron a avanzar. Jon y yo, al frente. A mi lado.
Una comitiva impecable. Una pareja perfecta.
Una mentira bien montada.
Pero él se mantenía erguido, serio, digno. Yo… bueno, yo sabía fingir mejor que nadie.
Así que partimos.
Juntos.
Como debía ser.
Aunque por dentro todavía me ardieran las manos por querer lanzar una daga al primero que hiciera un comentario de mierda.
Jon
Llevábamos varias horas de marcha cuando el capitán del escuadrón indicó que haríamos una breve parada. El sol, aunque cubierto por una neblina densa, seguía alto en el cielo grisáceo. Las montañas a lo lejos parecían más cercanas ahora, con sus picos nevados asomando como garras blancas listas para recibirnos.
Los caballos resoplaban con fuerza, sus patas embarradas tras cruzar un tramo de tierra húmeda que no había sido más que piedra seca cuando salimos. Bajé del mío y solté ligeramente las cinchas, dándole una palmadita en el lomo. Damián hizo lo mismo, aunque a su modo: en silencio, sin mirar a nadie, sus movimientos precisos y secos. Lo observé mientras acariciaba el cuello de Noctis y luego se alejaba para beber algo de agua de una de las cantimploras.
-¿Quieres algo?-le pregunté, estirando hacia el un pedazo de pan con queso.
Me miró como si dudara si contestar o lanzarme una daga, pero terminó tomándolo sin decir nada. Supongo que era un “gracias” en su idioma.
Los soldados se dispersaron un poco por el claro, algunos comían, otros revisaban los carros. El sonido del agua del arroyo cercano, donde los animales bebían, llenaba el aire. Hacía frío ya, ese tipo de frío que cala despacio pero sin pausa. Habíamos dejado atrás los bosques de hojas caídas y entrábamos en una zona donde el viento soplaba con más fuerza y el paisaje se volvía árido, rocoso.
Miré hacia el norte, donde las nubes comenzaban a tornarse más oscuras. Velkaris no estaba lejos ya. Lo sabíamos porque los árboles eran más escasos, los caminos más estrechos, y porque hasta los pájaros parecían cantar menos.
Damián se sentó en una roca cercana, con su abrigo cerrado hasta el cuello, mirando al horizonte. Su pelo revuelto por el viento, sus ojos entrecerrados, como si ya supiera lo que íbamos a encontrar al llegar. Lo observé un segundo más de lo que debía, y al darme cuenta, giré la vista a otro lado.
-¿Frío?-le pregunté.
-Estoy bien-contestó con su tono plano de siempre.
Mentira. Sus orejas estaban rojas. Pero no insistí.
Comimos en silencio, y al poco rato, el capitán anunció que debíamos reanudar la marcha. Mientras montábamos de nuevo, sentí ese extraño nudo en el pecho.
A medida que nos acercábamos a Velkaris, todo parecía hacerse más tenso. Más real. Y él… él seguía ahí. Silencioso. Inevitable. Un iceberg al que yo —estúpido barco— me dirigía directo.
Damián
Tuvimos que parar antes de lo previsto. Las nubes, que habían ido oscureciendo el cielo poco a poco, finalmente se rompieron y dejaron caer una lluvia densa, constante, que convertía la tierra en barro espeso bajo los cascos de los caballos. El capitán dio la orden de detenernos y levantar el campamento improvisado.
Entre los soldados y los escuderos comenzaron a montar las tiendas a toda prisa. Jon y yo ayudamos también, aunque ellos, con su fuerza de Solarys, parecían levantar postes, barriles y mantas como si fueran de papel. Todo lo hacen con facilidad. Yo en cambio, aunque me esfuerzo, acabo cubierto de barro hasta las rodillas y con las manos heladas.
Levantamos una tienda común para nosotros, lo más lejos posible del bullicio. También construimos una estructura de madera improvisada y techada para cubrir a los caballos. Noctis no deja de mover las orejas inquieto, pero al menos no se mojará.
Cuando por fin nos encerramos en la tienda, el sonido de la tormenta era lo único constante. La lluvia golpeaba la lona con fuerza, y el viento silbaba entre las grietas. Me quité el abrigo mojado, tirándolo a un rincón, y me envolví con la manta más seca que encontré. Jon parecía más cómodo, como si el frío no lo afectara.
-Odio tu raza-gruñí sin pensarlo, mientras frotaba mis manos para darles algo de calor.
Él soltó una risa baja desde su rincón.
-¿Otra vez? ¿Qué te he hecho ahora?
-Existir con temperatura corporal estable-respondí secamente, acomodándome lo más lejos posible de él sobre el suelo acolchado de mantas.
El silencio cayó durante unos segundos, roto solo por el crujido de la lluvia.
-Si quieres-dijo de repente, en tono tranquilo-puedo abrazarte. Para el calor, digo.
Me giré para lanzarle una mirada que decía todo lo que no me apetecía decir en voz alta… pero antes de que pudiera responder con un “ni en sueños”, él ya se había girado y se acurrucaba contra mi espalda, como si fuera lo más natural del mundo.
Estaba cálido. Jodidamente cálido.
Y empezaron a pasar los segundos, y después minutos.
-Si nos desnudamos, entrarás en calor más rápido-bromeó Jon, la voz grave contra mi cuello.
Rodé los ojos y me preparé para incorporarme, pero su abrazo se tensó, más firme, más cerrado.
-Es broma, Damián. Quédate.
Suspiré, cerrando los ojos. No era tan terrible. Solo calor. Nada más.
Jon
El sonido de la lluvia era casi hipnótico. Golpeaba la lona con fuerza constante, como un tambor lejano, y dentro de la tienda solo quedaba el calor compartido entre nuestros cuerpos y ese silencio denso que parecía crecer si nadie lo cortaba.
Damián estaba tenso. Lo notaba en sus hombros, en la forma en que no terminaba de apoyarse del todo, como si temiera que el contacto fuera una trampa. No decía nada, pero podía sentir cómo su cuerpo luchaba por no rendirse a la comodidad.
Así que hice lo que se me da bien: hablar.
-¿Te he contado alguna vez cómo Conner y yo terminamos cubiertos de barro durante una tormenta?-dije, con una sonrisa que él no podía ver, pero que probablemente imaginó por el tono.
No respondió. Pero tampoco me dijo que me callara, lo cual ya era una victoria.
-Yo tenía 10 años y el 13...Empezó a llover de repente mientras jugábamos fuera. Conner, como siempre, tuvo la genial idea de tirarse al suelo y deslizarse. Yo intenté frenarlo. Acabé cayendo de lleno y nos enredamos como dos idiotas entre charcos-Solté una pequeña risa-Cuando volvimos a casa, empapados, cubiertos de barro hasta las orejas…mamá nos hizo quedarnos en la entrada, nos quitó la ropa ahí mismo, y nos obligó a lavar todo a mano.
Noté un leve movimiento en Damián. Como si su cuerpo, aún a regañadientes, se aflojara un poco.
-No sabes lo difícil que es sacarle barro a una túnica blanca con las manos de un niño. Conner lloraba. Yo fingía que era espuma de batalla. Mamá nos dejó sin postre una semana.
El silencio volvió por un momento, solo interrumpido por su respiración—más lenta ahora—y la lluvia.
-No todo en la vida es guerra, ¿sabes?-murmuré al final-A veces solo…te caes en un charco y eso también está bien.
No esperaba una respuesta. Solo quería que, por un momento, dejara de apretar tanto los dientes y se permitiera, aunque fuera por esta noche, descansar.
Damián
Jon no se callaba.
Y, lo más extraño, es que yo tampoco se lo pedía.
Acostado junto a él, con la tormenta golpeando la lona de la tienda, su voz era un murmullo constante que iba y venía entre historias absurdas, recuerdos de su infancia, anécdotas con Conner… cosas tan insignificantes que, sin darme cuenta, me distrajeron. Me distrajeron tanto que, en algún momento, dejé de pensar en la lluvia, en el frío, en lo lejos que estaba de casa. Dejé de pensar en todo.
Y me dormí.
No sabría decir en qué momento exacto sucedió, pero cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, lo supe de inmediato: algo no estaba bien. No porque hubiese peligro, sino porque lo primero que vi, a escasos centímetros de mi rostro, fue el pecho de Jon, su respiración lenta bajo la tela de su ropa, y su brazo aferrado con firmeza a mi cintura.
Estábamos pegados.
Yo, acurrucado contra él.
Él, contra mí.
Como si no existiera la guerra, la política ni la obligación. Como si esto fuera lo natural. Su olor llenaba el aire que respiraba —dulce, cálido, con esa nota brillante que siempre me confunde. Era felicidad. Plena, suave, envolvente. Y me golpeó como un cuchillo mal clavado.
El corazón me dio un salto. Literalmente.
Quise moverme. Alejarme. Romper el contacto antes de que lo notara. Pero cuando intenté separarme con cuidado, su brazo me sujetó con más fuerza, como si su cuerpo se negara a dejarme ir incluso dormido.
-Jon-murmuré, bajo, entre dientes-Despierta.
No respondió. Solo se acomodó más, su frente rozando mi sien. Lo odié. Lo odié por ese gesto inconsciente, por lo fácil que era para él abrazar y dormir tranquilo. Por hacer que yo, por primera vez en días, durmiera profundamente.
-Jon, suéltame-dije un poco más alto, mientras mi pulso seguía igual de descontrolado.
Nada.
Y ahí me quedé, atrapado entre su calor y mi propia negación, con el amanecer apenas colándose por los bordes de la tienda y mi cuerpo demasiado consciente del suyo.
Jon
Abrí los ojos de golpe, tosiendo y sacudiendo la cabeza.
-¿Pero qué…?-parpadeé, confundido, viendo el rostro de Damián delante del mío, muy cerca, con el ceño fruncido y los dedos apretando con saña mi nariz.
-¿Por qué me haces eso?-farfullé, todavía medio dormido, con la voz ronca.
-No me soltabas-respondió, seco, como si fuera la cosa más lógica del mundo taparle las vías respiratorias a alguien para liberarse.
-¿Y esa era la mejor opción? ¿Asfixiarme?-repliqué, frotándome la nariz mientras me incorporaba un poco.
-Ha funcionado-dijo, girándose con desdén para alejarse, como si él no hubiese pasado la noche entera abrazado a mí igual que yo a él.
Me reí bajito, todavía adormilado, con el cabello revuelto y la ropa arrugada de tantas vueltas. El calor de su cuerpo seguía en mi memoria reciente, y aunque ya se había apartado.
Damián
Antes de nada, me aseguré de que mi caballo estuviera bien. Revisé las patas, acaricié su cuello con suavidad y le di un poco más de agua del odre. Había aguantado la tormenta como un campeón, aunque no se podía decir lo mismo de mis nervios. Cuando vi que respiraba tranquilo y sin señales de tensión, ajusté las cinchas y me subí al lomo con soltura. Al menos algo en este maldito viaje respondía sin cuestionarme.
-¿Todo listo?-preguntó Jon, acercando su montura a la mía.
Asentí sin mirarlo. Él sonreía, como si la mañana anterior no me hubiera tenido entre sus brazos o como si yo no hubiera sentido su respiración cálida rozándome el cuello.
Continuamos el camino en silencio. Los árboles comenzaron a cambiar, menos densos, más altos y alargados. Las montañas que bordeaban el sendero parecían doblarse hacia nosotros como si quisieran atraparnos, y el aire se volvió más seco. Velkaris se acercaba.
Después de un par de horas y un cruce rocoso, lo vimos.
El palacio de Velkaris se alzaba en medio de un valle frío, imponente. Sus torres estaban hechas de piedra negra y cristal opaco, como si el tiempo allí se hubiera detenido en una era de hielo. Las banderas ondeaban con un símbolo rojo, y los soldados de las murallas nos observaron desde la distancia con desconfianza. No los culpaba. Yo tampoco me fiaría de nadie.
Jon se acomodó en la silla y dijo:
-Ahí está.
Yo simplemente lo miré de reojo.
Ahí está.
El reino donde íbamos a fingir que éramos uno. A representar el papel de unión, de alianza...
Aunque lo único que sintiera ahora mismo fuera el deseo de volver a casa.
A cualquier lugar que no fuera este.
Jon
Cuando llegamos a las puertas del palacio, ya nos estaban esperando. Cuatro guardias formales, de armaduras negras ribeteadas en rojo, nos pidieron con un gesto que desmontáramos. Lo hicimos sin rechistar.
-Príncipe Jon de Solarys-anunció uno con voz grave, inclinando la cabeza-Su Alteza, bienvenido a Velkaris. El rey Kaedor y la reina Lysenna os esperan.
Asentí con cortesía mientras Damián, a mi lado, se mantenía recto, inexpresivo. Supongo que a estas alturas ambos sabíamos lo que nos tocaba: interpretar.
Nos despojamos de nuestras armas al entrar. Dejé mi espada en manos de un guardia y noté cómo Damián retiraba su cinturón de dagas sin una sola palabra, los ojos fijos al frente. Nadie comentó nada al respecto. Supongo que era costumbre aquí; mostrar respeto entregando el acero.
El interior del palacio era igual de frío que su exterior. Columnas talladas en piedra pálida, suelos de mármol gris, candelabros de hierro forjado y tapices oscuros. Todo era elegante, pulcro… pero sin alma.
Y al fondo, los reyes de Velkaris.
El rey Kaedor era un hombre ancho de hombros, con una barba corta perfectamente recortada y ojos azules como hielo. Estaba sentado en su trono con la espalda recta y las manos entrelazadas. A su lado, la reina Lysenna, de cabellos tan rubios que casi parecían blancos, bajó las escaleras para recibirnos con los brazos abiertos. Sonreía, pero no había calidez en ella. Solo diplomacia afilada.
-¡Príncipe Jon!-dijo con una voz melosa-Qué honor tener por fin al heredero de Solarys bajo nuestro techo. Y tú…-sus ojos se posaron en Damián, evaluándolo-debes ser el joven consorte.
-Así es-respondió Damián sin titubear, con una leve reverencia. Su tono era cortés, pero neutro. Como si hablara con una pared.
La reina no tardó en tomarle el brazo con una sonrisa más amplia.
-Espero que encuentres nuestro palacio a la altura de tus expectativas. He pedido preparar una habitación especial para vosotros, con vistas al jardín interior. El clima aquí puede ser un poco… severo. Pero estoy segura de que sabrás adaptarte.
Damián no respondió de inmediato. Apenas asintió, su gesto estoico como siempre. Ella no parecía afectada; al contrario, parecía disfrutarlo. Como si cada palabra fuera una forma de probar su temple.
-Este modo tan silencioso… me recuerda a mí en mis años mozos -añadió con una risita que a mí me erizó la piel.
Mientras hablaba, dos doncellas y un guardia se acercaron para guiarnos.
-Sus Altezas, por aquí. Sus habitaciones están listas.
Damián y yo caminamos tras ellos. Sentía la mano de la reina aún en su brazo, como si se negara a soltarlo. Yo caminaba a un paso de distancia, observando el juego diplomático sin intervenir. Estábamos en su casa, y en esta casa, las reglas eran suyas.
Solo esperaba que Damián no acabara perdiendo la paciencia. Porque si algo estaba claro… era que la reina Lysenna disfrutaba tensando cuerdas. Y hoy, había elegido tocar la suya.
Damián
El resto del día en Velkaris transcurrió lento y con una diplomacia vacía que me retorcía el estómago. Tras la recepción, inspeccioné discretamente la habitación que nos asignaron. Espaciosa, lujosa, con detalles de un refinamiento que no pedí. Jon parecía cómodo, como si pudiera adaptarse con facilidad a cualquier parte. Yo, en cambio, apenas podía respirar con tantas telas bordadas y alfombras mullidas. Sentía que todo era una trampa disimulada en terciopelo.
Pasé horas en silencio. Caminando por el jardín interior, eludiendo con excusas a los criados, hasta que alguien vino a buscarme para la cena. Jon ya estaba vestido, por supuesto. Impecable. Me dijo algo ligero mientras me preparaba, pero no lo registré. Solo sabía que no podía evitarlo. Tenía que ir.
El comedor principal era una sala larga, con una mesa del tamaño de un campo de entrenamiento. Repleta. Condes. Duquesas. Generales. Nobles de ojos inquisitivos y sonrisas pintadas. No tardaron en fijarse en mí.
-Oh, joven Damián, qué interesante conjunto-dijo una duquesa de rizos dorados y un vestido tan apretado que apenas podía respirar-¿Ropas oscuras? ¿Dagas? Pensé que los omega de Solarys tendrían una estética más refinada. ¿Sabes? Algo que resalte tu piel. ¿No sería más atractivo un azul más clalro? ¿O blanco?
Sonreí. Por dentro.
-Prefiero poder moverme-
respondí, cortante, y bebí de mi copa.
Pero no se callaron.
-Con ese cuerpo podrías lucir maravillosamente unas telas más ceñidas. ¿No crees, Jon?
Otra soltó una risa chillona.
-Seguro que ya se lo ha dicho... aunque tal vez el príncipe prefiera verlo sin ropa alguna-
Guiñó un ojo y todas rieron, como si fueran amigas íntimas de mi cama.
Apreté la mandíbula. Jon pareció tensarse a mi lado, pero no dijo nada. Y yo, por el bien del tratado, tampoco.
-Y dime, Damián-preguntó un conde regordete-¿ya habéis tenido oportunidad de buscar herederos? Seguro que pasáis todo el día… en ello. Ya sabes, los jóvenes, los impulsos, la sangre caliente.
-Oh, no lo presionéis así-añadió una condesa, entre risas-Apuesto a que con su carácter, ya le ha mandado a dormir a los establos más de una vez.
El resto se rió. Yo no. Yo me limité a mirar mi plato.
Cada palabra, cada risa falsa, cada sugerencia... Era una prueba. No de mi paciencia, sino de cuánto podía aguantar sin clavarle una daga a alguno.
No respondí. Comí despacio. Bebí con elegancia. Y cuando alguien sugirió que, si no me gustaban sus consejos de moda, podía vestirme de cuero y tomar un látigo como si fuera parte de una danza tribal del sur, simplemente sonreí con los labios, no con los ojos.
Pensé: Hablad. Reíd. Pensad que soy un adorno exótico del heredero solar.
Pero al final de todo, cuando esto acabe…Sabréis perfectamente quién soy.
Y no tendré que decir ni una palabra para recordároslo.
Jon
Me tensé en cuanto el rey de Velkaris se levantó de su asiento, alzando la copa y anunciando con voz grave y solemne:
-Y ahora, como es tradición… ¡que comience el baile!
Los músicos, que hasta ese momento habían tocado de forma discreta al fondo del salón, iniciaron una melodía elegante y rítmica. El ambiente cambió de inmediato. Las condesas se incorporaron con risas melodiosas, los duques ofrecieron manos enguantadas a sus esposas o amantes, y la sala empezó a llenarse de pasos y girar de telas lujosas.
Yo… me tensé.
Miré a Damián de reojo. Él seguía sentado, la espalda recta, el rostro inexpresivo como una estatua de mármol negro. Sabía que había soportado mucho durante la cena. Demasiado. Y ahora esto.
El rey me dedicó una sonrisa amplia, como si fuera un padre orgulloso.
-Príncipe Jon, sería una deshonra que no compartieras el primer baile con tu esposo-Y añadió, con un guiño que pretendía ser jovial-Queremos ver cómo baila el guerrero de Solarys.
El salón se giró hacia nosotros. Me puse de pie con una sonrisa diplomática. Extendí una mano hacia Damián, con toda la calma que pude reunir. Él me miró. No con rabia, no con desprecio… simplemente con esa expresión de fastidio contenido que ya empezaba a conocer demasiado bien.
-¿Me concedes esta tortura?-
murmuré para él, lo bastante bajo como para que nadie más nos oyera.
Damián se puso de pie sin decir nada. Solo me clavó los ojos y luego los alzó al techo brevemente, como si implorara a los dioses paciencia.
Le tomé la mano. Estaba fría.
No quería esto. Yo tampoco lo quería, no así. Pero esto era política, y las apariencias lo eran todo.
Caminamos hacia el centro del salón bajo la mirada de decenas de nobles. Las melodías se suavizaron y las primeras parejas comenzaron a girar lentamente.
Coloqué una mano en su cintura con cuidado, sin presionar. Él colocó la suya en mi hombro como quien sostiene una daga.
Y empezamos a bailar.
Damián
La música continuaba. Una melodía suave, casi lánguida, como si el salón entero se hubiese envuelto en una tela de terciopelo. A nuestro alrededor, más parejas se habían unido a la danza. Nobles con vestidos brillantes, capas bordadas, ojos clavados en nosotros.
Porque claro que nos miraban.
Muchos ya sabían o al menos sospechaban la verdad tras este matrimonio: una unión estratégica, sellada por conveniencia, no por amor. Y ahora, en el palacio de Velkaris, donde las sonrisas eran tan afiladas como las espadas ocultas entre pliegues de seda, todos esperaban una grieta. Un gesto forzado. Una señal de debilidad. De falta de unión.
Esperaban ver algo que pudieran usar. Para juzgar. Para reír. Para decir "mirad, ni siquiera se soportan."
Y Jon… lo sabía.
Lo noté en su mandíbula tensa, en sus hombros más rígidos, en la forma en que su mirada se desviaba hacia la gente. Se estaba ahogando en la presión. Y me exasperó. Porque podía ver que quería hacerlo bien, pero no sabía cómo.
Así que tomé la decisión por los dos.
Deslicé mis brazos por encima de sus hombros, rodeando su cuello. Sentí cómo su cuerpo se ponía más tenso aún bajo mis manos. Y lo atraje hacia mí, pegando nuestros cuerpos un poco más. No demasiado. Solo lo justo.
Mi yema acarició la nuca bajo su pelo. Una caricia simple, tranquila. Pero suficiente para que sus ojos buscaran los míos.
-No tienes que hacerlo-susurra con la voz baja, vulnerable, distinta.
-No pienso dejar que vean una grieta-Respondí sin vacilar, sin suavizar mi tono. Mis dedos se engancharon en la base de su nuca, firmes. Su otra mano se coloca en mi cintura.
Y entonces bailamos.
Ahora sí, como una pareja unida.
Fingida o no, daba igual.
Que hablen. Que murmuren. Que se atraganten con sus especulaciones. No somos débiles. Y si hay que dar un espectáculo… lo haré perfecto.
Jon
Mis manos están ancladas a su cintura. Literalmente. No sé si me atrevería a moverlas siquiera. Me arden. Me quema el calor de su cuerpo bajo mis palmas, a través de esa ropa negra que se aferra a él como si fuera parte de su piel.
Sé que esto lo hace por dar un buen espectáculo. Lo conozco lo suficiente ya para entender que esto no es por mí. Es por la imagen. Por lo que esperan. Por lo que tenemos que demostrar.
Pero eso no significa que no vaya a disfrutarlo.
Su mano en mi nuca, sus ojos tan cerca, ese leve movimiento de su cadera al ritmo de la música... si me concentro lo suficiente, podría pensar que esto es real. Que él me quiere así. Que esto es algo más que una obra de teatro de lujo para nobles aburridos.
Entonces, como buen idiota que soy, decido romper la tensión a mi manera.
-Si bajo un poco más las manos -susurro junto a su oído, con una sonrisa-quizá parezca aún más realista…
Y es automático. Sus ojos se entrecierran con esa mirada afilada como daga, apenas tuerce el rostro. Su boca no se mueve, pero su voz me atraviesa como si lo hiciera:
-Hazlo y serás el primer príncipe sin dedos del reino.
Tragué saliva. Sonreí.
-Vale, entendido, tu culo está fuera del trato.
Mis manos no se mueven de donde están. Y aunque me lo haya dejado claro… el roce, el calor, el aroma que emana de él.
Jon
La música termina. Damos el último paso, y nos separamos como si hubiéramos terminado una función. Nada más que eso: una actuación impecable. Mi brazo baja lentamente de su cintura, sus dedos se alejan de mi nuca, y cada gesto, cada roce que durante minutos me encendió la piel… se convierte en humo.
Saludamos, inclinamos la cabeza, sonreímos con cortesía, y luego caminamos hacia la salida del gran salón. El rey, desde su trono, me lanza un guiño con esa expresión cómplice y maliciosa. Y no sé por qué, pero lo único que me viene a la cabeza es:
“Ojalá.”
Porque sé que nada va a pasar en la habitación. Ni esta noche, ni probablemente nunca.
Cuando llegamos, la habitación está silenciosa. Fría. Cargada. Damian y yo nos damos la espalda, como de costumbre, mientras nos cambiamos a ropas más cómodas. Ninguno dice nada. Ninguno pregunta cómo está el otro.
Yo me quito la capa, él se deshace de sus botas. Me pongo una camiseta de algodón, él una prenda negra ajustada. Todo perfectamente sincronizado… como dos soldados en una rutina que no requiere palabras.
Nos metemos en la cama. Y la cama no es tan grande, nuestras espaldas terminan por tocarse. Como una línea de tensión que ninguno rompe. No es un roce cálido, ni un gesto de intimidad. Es solo el resultado de que no hay más espacio.
Cierro los ojos.
Porque sé que Damian no desea lo que yo.
Porque sé que todo esto es mentira.
Y eso me duele un poco.
Más de lo que debería....
Damian
Me despierto con el sonido apagado del viento golpeando contra los cristales. Nieve. Demasiada. Me levanto de la cama, corro las cortinas y lo confirmo: una tormenta de nieve. Genial. No podemos irnos hoy.
Siento el cuerpo rígido, la cabeza cargada. Me visto en silencio, con ropa de entrenamiento oscura, me ato el cinturón de dagas sin decir nada y salgo de la habitación. Necesito moverme, descargar tensión, golpear algo.
Podría intentar leer. O sentarme con Jon a jugar a fingir que todo va bien. Pero prefiero algo más simple: pelear.
Bajo hasta la zona interna de entrenamiento. Está desierta, como esperaba. El suelo de piedra, el eco de mis pasos, el olor a madera y metal me reciben con más calidez que cualquier persona aquí.
Me quito la chaqueta y la lanzo a un banco. Comienzo a moverme con rapidez entre los muñecos móviles, los sensores de entrenamiento, las armas colgadas en los estantes. Me concentro. Me obligo a hacerlo.
Escucho pasos.
No me hace falta girarme.
Jon.
Seguramente cree que voy a armar algún escándalo, que voy a tirar algo o perder el control. No tiene fe en mí. Nadie aquí la tiene. Me ve como un fuego apunto de descontrolarse, solo porque no me callo, porque no sonrío como una estatua pulida, porque no acepto ser solo la parte bonita de un arreglo político.
Ignoro su presencia al principio.
Lanza una daga. Perfecto centro.
Otra. Gira en el aire. Segunda diana.
-No he voy a destruir el castillo, si es lo que piensas-murmuro.
Jon
Mientras Damian entrena, yo simplemente lo miro.
Sus movimientos son precisos. Eficientes. Llenos de rabia contenida que canaliza con una elegancia brutal. No hay titubeos, ni errores. Solo una furia elegante, pulida con años de disciplina.
Lo observo desde la entrada, los brazos cruzados, apoyado contra una columna de piedra. Otros soldados se han reunido alrededor, murmurando. Algunos lo miran con superioridad, otros con curiosidad.
Uno de ellos, un teniente joven con más ego que sentido común, se me acerca.
-¿No te importa?-pregunta, con una ceja levantada, como si esperara que lo detuviera.
Muevo los hombros.
-Adelante-respondo, sin quitarle los ojos de encima a Damian.
El chico frunce el ceño y se aleja. Y entonces lo veo: uno, dos, tres soldados deciden enfrentarlo. Lo rodean con armas acolchadas, buscando medirse. Quizá pensaban que sería divertido. Que lo harían quedar mal.
Idiotas.
Damian no retrocede. Se mueve como un torbellino negro. Su daga toca la garganta de uno. Otro cae de espaldas tras un barrido preciso. El último resiste un poco más, hasta que recibe un golpe en el pecho que lo deja sin aire y acaba en el suelo, retorciéndose.
Algunos soldados se quedan quietos. Otros se alejan con nerviosismo. Y más de uno me mira, como esperando que diga algo.
Pero no. Solo los miro de vuelta.
Seguramente pensaban que tendría que intervenir. Que todo lo que se decía sobre mi esposo —sobre el Omega del sur, el hijo del veneno y la daga— eran exageraciones de palacio.
No lo eran.
Él es exactamente lo que dijeron que era.
Y yo no podría estar más orgulloso.
Damian
Cuando salimos del campo interior de entrenamiento, no digo nada. Camino directo hasta los baños sin mirar atrás. Siento el sudor pegado a mi piel, la respiración todavía pesada, y la adrenalina en el borde de mis dedos. No me molesto en cerrar del todo la puerta al entrar. Si alguien quiere ver, que mire. No me importa.
El agua cae como un peso caliente sobre mis hombros. No es suficiente para quitarme la rabia. Pero me ayuda a pensar. A calmarme.
Jon no dice nada. Me espera fuera, sentado en el banco de piedra junto a la entrada. Tranquilo. Sereno. Como si todo esto no fuera con él. Y en cierto modo, no lo es. Él no necesita enfrentarse a nada. No tiene que demostrar su lugar, ni defender su valor a cada paso.
Es un Solarys. Su raza es fuerte sin esfuerzo, sin entrenamiento, sin necesidad de luchar contra su propio nombre. Incluso si hubiera nacido omega, lo respetarían igual. Porque para ellos, la sangre lo es todo. No tienen que cargar con la vergüenza ni con las miradas.
Yo sí.
Me enjabono los brazos con brusquedad. El agua arrastra el sudor, la suciedad, y aún así siento que algo sigue pegado a mi piel. Las palabras de los nobles, sus sonrisas disfrazadas, la condesa que hablaba de “resaltar mi figura” como si fuera ganado de exhibición. El recuerdo de la reina tocándome el brazo mientras Jon hablaba. Las carcajadas sutiles al referirse a mí como “el omega dominante”.
Jon no tiene que lidiar con eso. No con las dudas. No con la desconfianza. Nadie cuestiona su lugar.
A veces me pregunto si él lo nota. Si sabe lo fácil que se le hace todo.
Termino la ducha, dejo que el agua gotee de mi cabello y tomo una toalla. Cuando salgo, sigue ahí. Esperando. Como si me hubiera estado cuidando.
Lo detesto un poco por eso. Por hacer que lo mire con esa punzada en el pecho. Como si me ofreciera refugio en medio de una tormenta que él nunca tuvo que soportar.
Jon
La comida transcurre bajo un techo dorado, con candelabros encendidos pese a la luz del día. El salón del trono ha sido transformado en un comedor más íntimo, aunque el tamaño del lugar y la cantidad de criados hacen imposible olvidar que esto es una escena cuidadosamente montada.
Damian se sienta a mi derecha. Está impecable. Ni un pliegue en la ropa, ni un músculo fuera de control. Pero lo conozco lo suficiente como para saber que su mandíbula está tensa. Que cada vez que la reina se inclina hacia él con otra de sus sugerencias, le hierve la sangre.
-Oh, príncipe Damian-dice ella, dejando su copa con delicadeza, como si el cristal no pesara nada-
Esta tarde deberías venir conmigo a la biblioteca del ala oeste. Es la más grande fuera de la capital imperial. Tenemos manuscritos originales del siglo anterior, y una colección privada de tratados sobre las alianzas entre clanes.
Damian asiente con una sonrisa tan neutra que podría pertenecerle a una estatua.
-Por supuesto, Su Alteza.
Sus dedos juguetean con el tenedor, como si sopesara usarlo como arma. Yo ahogo una sonrisa. No es el único que tiene que actuar.
El rey me observa desde el otro extremo de la mesa, sus ojos azules como el hielo. Levanta su copa en mi dirección y luego comenta con una voz profunda y grave:
-Príncipe Jon, esta noche me encantaría mostrarle nuestra bodega. Tenemos vinos que no han salido del reino de Velkaris en más de una década. Estoy seguro de que apreciará su valor.
Asiento con una inclinación de cabeza, aunque no me interesa ni el vino ni la charla diplomática que implicará. Me limito a sonreír.
-Será un honor, Su Majestad.
Damian y yo no nos miramos.
Suerte. Nos decimos mentalmente.
Damian
Después de horas en la biblioteca, mis ojos ya no aguantaban ni una línea más de letra diminuta. La colección era impresionante, sí, aunque no pude concentrarme. La reina hablaba sin cesar, saltando de un tema a otro con la elegancia de quien cree que cada palabra suya debería ser transcrita y venerada. Tratados antiguos, alianzas rotas, rumores de otros reinos. Todo le parecía fascinante. A mí, agotador.
No me quejé. Mantuve el tipo. Lo hice porque tengo un papel que desempeñar y porque sé que muchos, demasiados, me observan esperando que me resquebraje. Cuando al fin me libero, regreso a la habitación. Al menos allí puedo quitarme la capa de cortesía que llevo pegada a la piel.
Jon ya está dentro, sentado en el borde de la cama desatándose los cordones de las botas. Me lanza una mirada cuando entro.
-¿Qué tal la tarde con la reina parlanchina?
Dejo los libros en el escritorio sin mucho cuidado y suelto un suspiro que podría apagar una vela.
-Me ha hablado de manuscritos, alianzas, bodas reales y del tiempo que hacía hace diez inviernos... Todo en los primeros diez minutos. Lo demás fue tortura psicológica.
Jon se ríe, esa risa baja que me resulta incómodamente agradable.
-Podrías habértela llevado a los establos. Igual se distraía con un caballo.
-No la subestimes. Probablemente también sabría hablarle de tratados antiguos a una mula.
Nos miramos. Es uno de esos breves momentos donde la tensión se disuelve, y aunque no se parece a nada romántico, al menos parece real. Familiar. Lo suficientemente cómodo como para no querer huir.
Entonces, suenan tres toques en la puerta.
Frunzo el ceño. Jon se pone de pie y va a abrir. Al otro lado, tres de los soldados que esta mañana intentaron derrotarme con tan poco éxito que me dio hasta pena.
-Príncipes-dice uno, con una sonrisa ladina-Venimos a invitarles a un pequeño encuentro. Nada formal. Solo algunos de nosotros bajaremos a la parte trasera del palacio. Junto a los establos hay una hoguera improvisada y algo de bebida. Queremos conocerles mejor… ya saben, sin todo esto de títulos y tensiones.
No necesito mirar a Jon para saber lo que piensa. Estamos aquí para ganarnos al pueblo, a la nobleza, y a los soldados también. Mostrar cercanía. Que no somos solo símbolos en una vitrina.
-Claro-responde Jon, antes de que yo pueda decir algo.
Asiento, despacio.
-Déjenos unos minutos y los alcanzamos.
Cuando cierran la puerta, me acerco al perchero y busco algo más cómodo.
-¿Seguro que no es una trampa para apuñalarnos por haberlos humillado esta mañana?
Jon ya está poniéndose una capa más gruesa.
-Si lo es, prometo no dejar que te maten. Ya he soportado demasiado de ti como para dejar que alguien más te despache.
-Qué generoso.
Salimos juntos poco después. No somos tontos. Pero tampoco vamos a parecer príncipes de porcelana. Somos hijos de imperios. Y los imperios no temen. Se ganan el respeto. Aunque sea junto a una hoguera y una jarra de hidromiel mal fermentado.
Jon
El sitio no era gran cosa. Pequeño, con las paredes de piedra húmedas por el frío y el suelo cubierto con mantas viejas para no helarse los huesos. Habían encendido una hoguera baja en un brasero improvisado, y el aire olía a humo, cuero y algo de alcohol barato. Un rincón de camaradería forzada, de tregua entre jerarquías.
Había soldados por todos lados, algunos en pie, otros ya sentados en torno al fuego. Uno tenía sobre su pierna a una omega que reconocí como una de las sirvientas del palacio. Ella parecía tranquila, apoyada contra él.
Vale.
Tranquilidad.
No pasa nada.
Miro de reojo a Damian. Él me lanza una mirada que parece un dardo silencioso. No hace falta hablar. Me disculpo mentalmente con él. Esto no estaba en el plan.
Los soldados, sin embargo, nos hacen sitio, de buena gana, incluso con cierta reverencia. Me siento en el hueco que han dejado en una de las esquinas, entre dos hombres robustos que huelen a sudor seco y vino rancio. Damian duda por un segundo… pero luego, sin previo aviso, se acomoda sobre una de mis piernas.
Mi corazón se revuelve en el pecho como si no supiera qué demonios está ocurriendo. Obligo a mi respiración a mantenerse constante, relajada. No quiero asustarlo. No quiero arruinarlo. Paso una mano por su cintura, imitando al otro soldado, como si todo esto fuera parte de nuestro guion. Como si fuera completamente normal.
Él no dice nada.
No me mira.
Pero no se aparta.
Los soldados nos pasan vasos llenos de vino oscuro, fuerte, que huele más a humo que a uva. Uno bromea sobre que ahora sí somos uno de los suyos. Otro ríe. Y otro choca su vaso contra el mío.
Damian acepta el suyo sin hacer una mueca. Yo doy un pequeño sorbo.
Bueno…
Que empiece la noche.
Damián
El vino comenzó a fluir con facilidad. No era tan malo como imaginé al principio, aunque cada trago me ardía en la garganta como si quisiera recordar que aquí nada era realmente seguro. Las cartas aparecieron después, un mazo desgastado con dibujos propios de este reino, y antes de darme cuenta, estábamos jugando. Apostaban monedas, insignias, y hasta piezas de ropa en algunas rondas. Yo gané dos seguidas, pero no acepté el dinero. No necesitaba eso, solo un poco de distracción.
Jon, en cambio, iba más rápido con el vino. Lo veía en su mirada, en cómo su mano se aferraba al vaso como si fuera una cuerda en medio del naufragio. No estaba cómodo, y aunque lo disimulaba, yo lo conocía. Me incliné ligeramente hacia su oído y murmuré:
-Relájate. No estoy enfadado.
Vi cómo parpadeó un par de veces, sus músculos tensos soltándose un poco. Asintió casi imperceptiblemente.
Un soldado propuso entonces lo inevitable:
-¿Y si jugamos a verdad o reto?
Las risas no se hicieron esperar. Uno de ellos ya estaba empujando la botella de vino más cerca del fuego, como si así todo fuera a volverse más intenso. Las reglas eran simples: si no cumplías el reto o no querías decir la verdad, te comías uno de los pimientos naranjas que, según ellos, hacían llorar hasta a los más duros.
Comenzaron por la izquierda. Uno tuvo que cantar una canción con la boca llena de agua, otro se atrevió a quitarse la camisa y salir al frío durante un minuto. Risas. Gritos. Bromas pesadas.
Cuando la ronda me alcanzó, no dudé:
-Verdad.
Uno de los soldados más mayores, con cara de no haberse reído en meses, me lanzó la pregunta:
-¿Es verdad que lo que dicen… de que envenenaste al conde Lucian?
La sala se silenció como si alguien hubiera cerrado una compuerta de golpe. Me quedé en silencio unos segundos. Los ojos de todos puestos en mí, hasta el fuego pareció detenerse.
-Verdad-dije.
El aire se volvió más denso. Nadie respiraba.
-¿Por qué?-preguntó otro, con menos burla en la voz.
-Porque intentó abusar de mi-
respondí sin emoción.
Hubo un crujido. Fue la copa de uno de los soldados que se rompió en su mano.
-Se lo merecía-dijo Lucy, la sirvienta que estaba sentada sobre la pierna del soldado.
-Se lo merecía-repetí yo, esta vez mirando directamente al fuego.
Sentí la mano de Jon apretarse con más fuerza en mi cintura, cálida, firme, como si pudiera protegerme de algo ya pasado. No le miré. No necesitaba hacerlo.
Nadie se rió. Nadie bromeó.
Y por una vez, ese silencio fue suficiente.
Jon
Me toca.
-Reto-digo sin pensar, con una sonrisa medio desafiante. Soy un valiente, ¿no?
Un par de soldados se miran entre ellos y uno, el más grandullón de todos, se inclina hacia adelante, con ese brillo de vino en los ojos que solo anuncia estupideces.
-Bese a su esposo.
Parpadeo. ¿Perdón?
-¿Por qué ese...?-empiezo, intentando no sonar nervioso.
-No os hemos visto besaros desde que llegasteis aquí-responde encogiéndose de hombros-Y sabemos que seguramente seáis muy reservados con vuestra intimidad, por eso.
-Bueno, quizá sea mejor otro...
-¡Beso, beso, beso!-empieza a corear, y los demás lo siguen como si esto fuera una maldita taberna de marineros.
Miro a Damián.
Él me mira.
Podría tomar un pimiento. Un miserable picante que me hará llorar como un niño, pero que al menos evitará este espectáculo.
Pero entonces pienso... ¿y si me apetece más besarlo?
Si se enfada, ese será un problema para el Jon del futuro. El Jon de ahora tiene a un Damián atractivo sentado en sus piernas, con los labios a menos de medio suspiro. Así que me inclino. Despacio. Muy despacio.
Y lo beso.
Sus labios están fríos al principio, como si no esperara que me atreviera de verdad. Se tensa bajo mi contacto. Estoy muerto. Esto va a acabar con una daga en mis costillas.
Pero no se aparta.
No se queja.
No se pone a gritar.
Solo... se queda quieto, sus labios firmes, presentes, y aunque no hay respuesta, tampoco hay rechazo. Lo hace bien. Interpreta su papel.
Y yo... bueno. Me limito a disfrutar el instante.
Aunque mi corazón no sepa si está celebrando o cavando su propia tumba.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen3h.Co