Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

5

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Jon

La noche después del beso fue... tensa.

No hubo comentarios directos. Ni bromas. Ni miradas largas. Los soldados siguieron bebiendo, jugando, riéndose. Algunos hasta hicieron chistes sobre cómo al final éramos más apasionados de lo que aparentábamos, pero ya no estaban realmente pendientes de nosotros. Habían conseguido lo que querían: una prueba.

Pero entre Damián y yo...

Silencio.

Seguía sentado en mis piernas, su espalda recta, como si el aire entre nosotros se hubiera vuelto más pesado. Yo mantenía una mano apoyada en su cintura, sin moverla, como si tocarlo más pudiera romper algo. O como si alejarla también lo hiciera. Estaba atrapado en ese punto medio entre el deseo y la culpa.

Cuando la pequeña fiesta termino, nadie dijo nada. Caminamos juntos hasta la habitación, sin tocarnos. El pasillo parecía más largo que nunca.

Ya dentro, se quitó la capa, las botas, sin mirarme. Me dio la espalda mientras se cambiaba. Yo hice lo mismo, cada uno con su rincón, como dos desconocidos compartiendo un espacio demasiado íntimo.

Cuando nos metimos en la cama, nuestras espaldas se tocaron, apenas. Ni un suspiro, ni un roce más allá de lo inevitable. Yo me quedé despierto, sintiendo el calor de su cuerpo a través de las telas, su respiración constante. Me dolía. No físicamente, pero... dolía.

Porque sabía que no deseaba lo mismo que yo.
Porque para él, todo era un acto.
Porque, aunque sus labios no se apartaron... su corazón sí estaba lejos.

Y eso me pesaba más que cualquier castigo.

Damián

Nos vamos al amanecer.

La habitación está en penumbra, apenas bañada por la luz grisácea que se cuela entre las cortinas. Me levanto sin decir nada, como si la noche anterior nunca hubiera sucedido. Es más fácil así.

Nos vestimos en silencio. Las capas gruesas, los guantes, el cuello cubierto hasta casi los ojos. El aire se nota más denso hoy, más frío. Siento las miradas que Jon lanza sobre mi espalda cuando me ajusto el cinturón. Como si quisiera decir algo.

Y lo hace.

-Sobre anoche...-comienza, su voz más baja de lo habitual-Solo quería decir que...lo siento.

Me detengo un segundo, sin girarme.

-No importa-respondo, secamente-Habías bebido. Y seguramente no pensabas con claridad.

Eso es todo lo que necesita escuchar. No quiero hablar más de eso. No quiero que lo justifique, ni que se culpe, ni que me pregunte cómo me sentí. No tiene sentido. Fue un beso. Punto.

Abro la puerta y salgo primero. El frío me da de lleno en la cara, como una bofetada bienvenida.

En el patio ya hay movimiento. Los criados aún medio dormidos se apresuran en los preparativos, pero yo no espero a nadie. Me dirijo directamente a mi caballo y lo preparo yo mismo. Aprieto las correas de la silla, reviso las riendas, paso la mano por su cuello para calmarlo. Me gusta hacerlo con mis propias manos. Me recuerda que aún tengo el control de algo. Aunque sea de esto.

Aunque sea de mí.

Jon

El camino de regreso es largo, silencioso... y frío.

La nieve cruje bajo los cascos de los caballos, y el aliento de las bestias sale en nubes blancas. A mi lado, Damián no dice nada. Cabalga con la mirada al frente, como si no existiera nada más que el sendero y el horizonte helado. Pero yo no dejo de mirarlo.

Una parte de mí no puede sacarse de la cabeza lo que pasó la noche anterior.

Su boca. El calor de su piel contra mis labios. El modo en que se quedó quieto, sin rechazarme. No fue un beso correspondido, lo sé... pero tampoco fue una bofetada, ni una huida. Solo su habitual contención.

Y eso basta para que mi mente vuele.

Quiero besarlo otra vez. Quiero hacerlo bien, sin los cánticos de los soldados de fondo, sin la obligación de un reto. Quiero sentir si su cuerpo se relaja si lo abrazo, si me deja llegar más lejos. Si me deja descubrir algo más de él, más allá de la mirada gélida y los silencios tensos.

Pero no me atrevo.

Sé que si lo intento ahora, solo lograré alejarlo más.

Cuando el sol comienza a caer, el capitán del convoy decide que es momento de detenernos. Estamos aún a varias horas de casa, y la nieve vuelve impracticable el terreno al anochecer. Buscamos un claro protegido por unos riscos y desmontamos.

Ayudo a levantar las tiendas, a descargar los sacos, a buscar leña. Trato de mantener las manos ocupadas para no seguir observando cómo Damián arregla su espacio con calma, doblando su manta, clavando las estacas con fuerza medida. Me fascina su forma de hacer todo con una mezcla perfecta de rabia y disciplina.

El cielo se vuelve de un tono violeta, y la primera estrella asoma. Aún no hemos intercambiado más de cinco palabras desde que salimos del castillo.

Y aún así, no puedo evitarlo.

Lo deseo.

Damián

Cenamos algo caliente -sopa espesa con raíces, pan, un poco de queso- y casi no hablo. No tengo hambre ni paciencia. Apenas dejo los utensilios, me meto directamente en la tienda. No me molesto en quitarme más que las botas y la capa. Me tumbo de lado, de espaldas al espacio vacío que inevitablemente ocupará Jon.

Y como esperaba, unos minutos después lo escucho entrar, sacudiéndose el frío y acomodándose a mi lado, espalda contra espalda.

El silencio cae sobre nosotros como una segunda manta. Hasta que su voz lo atraviesa.

-¿Puedo preguntarte algo?-dice. Su tono es suave, contenido, como si caminara sobre hielo fino.

No contesto, pero tampoco lo detengo. Él lo toma como un sí.

-Lo del conde de Lucian... ¿Qué fue lo que pasó exactamente?

No lo esperaba. Me quedo quieto. Pasa un segundo. Dos. Tres.

-Tenía dieciocho-respondo, al fin. Mi voz suena extraña incluso para mí, más baja, más controlada-Mi padre me envió a negociar un tratado de armas con el Reino de Cravell. El conde Lucian era el encargado de las conversaciones. Todo empezó bien...era cordial, educado. Inteligente.

Trago saliva.

-Pero al tercer día empezó a acercarse demasiado. A tocarme cuando no hacía falta. Un roce en la espalda. Una mano en el brazo. Comentarios sobre mi "naturaleza". Al principio lo soporté. Lo enfrenté en privado. Le dije que se estaba sobrepasando.

El aire en la tienda se siente más denso, como si las palabras le robaran el oxígeno.

-Se rió. Me dijo que los Omegas como yo solo servíamos si sabíamos obedecer. Que ahí se acababa la diplomacia... y que el tratado se cancelaría si no colaboraba. Intentó forzarme.

Siento cómo Jon contiene el aliento, pero no lo miro.

-Consegui soltarme. Le di un golpe con una tetera. Escapé. Me escondí en los bosques durante cuatro días. Sin abrigo, sin comida. Me encontré con unos cazadores de paso, me hicieron pasar por uno de ellos. Y al cuarto día... regresé.

Mis dedos se aprietan contra la tela del saco.

-Entré a la cocina por una puerta lateral, cuando aún no había nadie. Tenía unas bayas venenosas que recogí en el bosque. Las mezclé en los trocitos de lals que a el tanto le gustaban. Nunca me descubrieron. Ninguna huella. Ninguna prueba. Solo rumores.

Me encojo de hombros, aunque él no puede verlo.

-Los de su reino me acusaron. Pero no tenían con qué. Salí completamente inocente. Nadie volvió a hablar del tratado.

Hay un largo silencio entre nosotros.

-Y no me arrepiento-digo al final-
Ni por un segundo.

Jon

El silencio pesa después de lo que me ha contado. El conde de Lucian... la forma en que escapó, en que lo envenenó, en que sobrevivió. Damián sobrevivió. Porque nadie más lo haría como él.

Pero mi mente no para. La noche es oscura, y la tienda apenas retiene el calor de nuestros cuerpos. Sus palabras se me clavan en el pecho como pequeñas agujas. Me acomodo un poco más cerca, lo suficiente para que me oiga sin levantar demasiado la voz.

-¿Y... también es verdad que mataste al príncipe del norte de Celyria?

Él no responde al instante. Y cuando lo hace, es sin una pizca de duda.

-Sí.

Mi estómago se tensa.

-¿Por qué?

-Era un problema.

Su tono es seco. No es una confesión, es una constatación. Como decir "llovía" o "la carne estaba cruda".

-¿Cuántas personas...-dudo- ¿Cuántas personas has matado?

Hace una pausa. Larga.

-Muchas-No me mira, pero puedo escuchar cómo se endurece su voz-A veces ni siquiera les iba de frente. Simplemente quería acabar...y ya.

Trago saliva. Mis pensamientos se amontonan, se chocan, intentan encontrar sentido.

-Oh...

Él se gira un poco, o quizás solo siento cómo cambia su respiración. Entonces pregunta:

-¿Tienes miedo?

Me quedo en silencio. No por falta de respuesta, sino porque estoy tratando de entender la que tengo. Mis ojos se fijan en la lona de la tienda, negra como la boca de un lobo. Puedo sentir su calor junto a mí, su fuerza contenida bajo esas mantas, su alma tensa como una cuerda de arco.

Y le digo la verdad.

-No. Tengo miedo de muchas cosas, Damián... Pero no eres una de ellas.

Y no sé si eso es ingenuo... o estúpido. O si me va a costar caro. Pero es lo que siento.

Jon

Llegamos al anochecer.

Las murallas del reino se alzaban entre las sombras como un recuerdo cálido. Las luces de las torres parpadeaban entre el cielo nublado y la nieve que seguía cayendo con suavidad. No había desfiles, ni música. Solo el crujido de nuestros caballos y el eco de los cascos sobre las piedras húmedas del camino.

Mi madre fue la primera en recibirnos en la entrada del palacio. Sonrió, nos abrazó a ambos -a Damián con esa calidez curiosa de quien quiere agradar pero aún observa con cautela- y luego nos dejó pasar para que nos calentáramos. Mi padre llegó poco después, con su clásico gesto de aprobación silenciosa.

Damián subió primero, seguramente cansado del viaje y del protocolo. Yo me quedé unos minutos más, respondiendo preguntas breves, diciendo que todo había ido bien, que no hubo conflictos con Velkaris y que el tratado había sido firmado.

Al día siguiente, la rutina me recibió con brazos abiertos. Entrenamientos por la mañana, informes en el consejo con mi padre después del desayuno, y las sesiones de ayuda en el orfanato que retomé apenas pisamos tierra firme.

Mi madre me dio un cuaderno nuevo para anotar las necesidades de la zona este. Dijo que quería que me encargara de revisar el funcionamiento de los molinos.

A veces, cuando cruzo el pasillo principal, veo a Damián desde lejos. Siempre parece estar leyendo o conversando con algún asesor, siempre impecable, con la espalda recta y esa expresión suya que dice que preferiría estar haciendo cualquier otra cosa.

No hablamos mucho.

En los pasillos, nuestras miradas se cruzan. A veces me da una leve inclinación de cabeza. A veces no.

A veces me pregunto si él también piensa en el viaje.
Pero no le pregunto.
No todavía.
Tal vez no debo.

Damián

Volver al reino de Jon fue... soportable.

Pero al menos es tranquila.

Las primeras mañanas las paso entre informes que sus consejeros quieren que lea, intentando comprender cómo gestionan este reino, qué tan diferente es del mio. La reina, su madre, me trata con amabilidad. Su cortesía es constante, pero no me engaña. Todavía observa. Todavía evalúa.

He vuelto también a mi rutina. Me despierto temprano. Me entreno en la zona sur del palacio, lejos de los soldados que aún cuchichean cuando creen que no escucho. La mayoría ya ha oído los rumores, algunos me temen. Otros me desprecian. Me es indiferente.

Jon apenas me dirige la palabra. Nos vemos durante las comidas, a veces en reuniones, y en las noches cruzamos el umbral de la habitación como si fuésemos aliados en guerra, no compañeros. Dormimos espalda con espalda. A veces sus dedos rozan los míos por accidente en la cama cuando nos movemos.

Y no me muevo.

Porque por alguna razón estúpida...tampoco quiero que se aleje.

No hablo de lo que ocurrió en Velkaris. Él tampoco. Me limito a seguir con el papel que juré desempeñar. El omega de un tratado, una figura decorativa que ocasionalmente carga una daga bajo la capa.

En los pasillos, me mira.
A veces me saluda.
A veces no.
No me molesta.
No lo necesito.

Pero cada vez que su nombre aparece en alguna reunión, cada vez que los ministros hablan de su "sabiduría" o de su "corazón noble", hay una parte de mí que se crispa. No porque me moleste su luz...

Sino porque no sé qué hacer con la mía, cuando él está tan cerca.

Jon

Estoy sentado sobre la baranda de mármol blanco -la balaustrada, como la llaman los viejos arquitectos del palacio-con las piernas colgando y una copa medio vacía entre las manos. La brisa de mediodía se cuela entre los jardines y agita levemente las hojas de los arbustos recortados con precisión absurda. Desde aquí, tengo vista a las mesas del campo, esas que están bajo la sombra de los almendros y rodeadas por el zumbido perezoso de los animales que lo habitan.

Y ahí están.

Conner y Tim, sentados juntos como si el mundo no importara.

Él inclina la cabeza con esa sonrisa que apenas muestra los dientes, y Tim lo observa como si su mirada pudiera retenerlo para siempre. Están tan cerca que no sé cómo no se han besado aún, tan próximos que comparten el mismo espacio como si no recordaran que tienen cuerpos separados.

Nunca había visto a mi hermano así por nadie. Ni siquiera en adolescencia. Tiene esa expresión serena, como si todo en su vida, cada decisión, cada batalla, cada caída, lo hubiese llevado exactamente a ese instante: a mirar a ese chico que le responde con la misma intensidad.

Y entonces, de repente, una sombra se mueve junto a mí.

Damian aterriza a mi lado con la ligereza de un felino, sin hacer ruido. Apenas roza la baranda al sentarse, también con las piernas colgando, como si este fuera nuestro sitio de siempre. No me mira. Solo observa lo mismo que yo.

-En serio que tendrian que haber sido ellos...-susurra, sin emoción aparente.

Y tiene razón.

Ellos parecen estar enamorados de verdad.
No como nosotros.
No como esto.

Esto, que a veces arde...Y otras veces confunde.

Damian

Nos despierta una voz suave al amanecer. No es invasiva, pero sí lo suficiente para arrastrarme del mundo brumoso del sueño a la consciencia. Me incorporo lentamente mientras escucho:

-El príncipe Damian...la reina desea hablar con usted. En la biblioteca.

La sirvienta no entra. Se limita a anunciarlo desde la puerta y luego desaparece, como si el viento la hubiese arrastrado consigo.

Me levanto con esa pereza que solo se tiene después de días de viaje, guerra diplomática disfrazada de sonrisas, y un colchón que finalmente me permite dormir más de tres horas seguidas. Jon se revuelca detrás de mí, estirándose con descaro por todo lo largo y ancho del lecho, como si la cama fuera suya y yo solo un visitante eventual.

Y sí, claro que lo veo.

Creo que no me doy cuenta, ¿verdad?

El rostro medio hundido en mi almohada, el cabello revuelto, las comisuras de sus labios todavía infladas por el sueño. Es tan fácil dejar que todo eso me haga sonreír. Pero no lo hago. Solo observo un segundo más de lo que debería, luego aparto la mirada y me visto.

El sonido del cuero ajustándose en mis brazos, el frío de las botas al deslizar mis pies dentro, la hebilla al cerrarse. Cada pequeño ritual matutino me recuerda quién soy y cómo he sobrevivido a todos estos años.

Siempre listo.

Cuando llego a la biblioteca, la reina ya está allí. Como una estatua de mármol bañada por la luz suave que se cuela a través del ventanal más grande del salón. Su silueta se perfila contra los tapices de siglos, y frente a ella, sobre una mesa baja, hay un desayuno puesto con una delicadeza calculada: frutas dispuestas como en una pintura, té aún humeante, y una carta doblada junto a su plato.

Me acerco sin perder la compostura, y cuando ella asiente, tomo asiento frente a ella, en silencio.

Aquí viene otra partida.
Una nueva estrategia.
Y yo ya estoy dentro del tablero.

-¿Qué se trae tu hermano con mi hijo mayor?

La pregunta me descoloca por un instante. Es directa, sin rodeos, como un filo que no busca cortes sutiles, sino verdades limpias. La reina ni siquiera parpadea al hacerla, solo sostiene su taza con una calma imperturbable, observándome por encima del borde con sus ojos agudos.

Yo no tardo demasiado en responder. La verdad es evidente, y no tengo motivos para envolverla en adornos.

-Se gustan-digo simplemente.

Ella ladea un poco la cabeza, como si confirmara una sospecha más que recibir una sorpresa. Vuelve a dejar la taza en su plato con un suave clink, y luego apoya ambas manos sobre su regazo.

-¿Y tú?-pregunta sin transición- ¿Qué sientes por mi hijo menor?

Sus palabras no tienen juicio, pero tampoco son neutrales. Hay una intención. Un propósito oculto. Me mantiene atrapado entre el calor del té y el frío del análisis.

No respondo de inmediato.

Ella continúa:

-Es joven. Mucho más que tú en ciertas cosas. Pero tiene un corazón fuerte. Sabe ser leal, y si entrega su afecto... lo hace por completo. No a medias. Y tú, príncipe de imperios arrasados...-hace una pausa, escudriñándome-¿Vas a romperle el corazon?

Mis manos se mantienen firmes sobre la mesa. Me niego a apartar la mirada.

-No estoy aquí para romper nada -respondo finalmente, con voz firme-Pero tampoco estoy seguro de poder darle lo que espera.

La reina asiente muy levemente. No parece decepcionada, pero tampoco satisfecha.

-Al menos eres honesto. Más que muchos.

Se inclina ligeramente hacia mí.

-Sólo te pido una cosa: si no vas a cuidarlo, si no vas a quedarte... no lo dejes pensar que sí. Mi hijo no es una pieza más en un juego político, Damian. Es mi hijo. Y su felicidad me importa más que cualquier tratado de paz.

La conversación ya no se siente como una charla de cortesía. Es un aviso. Una advertencia suave, vestida de protocolo.

Y yo solo asiento.

Porque aunque me cueste admitirlo, en algo tiene razón.
Jon no es una pieza.
Es...algo más.

Jon

Estoy entre las sábanas aún calientes de su cuerpo.

Damián se ha ido hace apenas unos minutos, y yo debería levantarme. Debería estar vistiéndome, preparándome para entrenar o al menos fingir que estoy haciendo algo productivo. Pero no. Me quedo ahí, envuelto en la suavidad de las telas que aún conservan su calor y su olor.

Su aroma...

Cierro los ojos.

Es como una brisa de invierno: fría al principio, limpia, clara, pero que deja tras de sí una sensación que se instala bajo la piel, como si el aire mismo se volviera piel. No es dulce, no es invasivo. Es él. Discreto, letal, preciso. Pero cuando respiras más profundo, cuando dejas que ese olor se quede contigo...

...te quema.

Empiezo a sentirlo. Mi cuerpo lo siente antes que mi cabeza.

La presión en el bajo vientre. El cosquilleo bajo la piel. El impulso tan primitivo como estúpido de aferrarme a ese olor como si fuera un ancla, una droga. Mis caderas se mueven apenas, y maldita sea, empiezo a endurecerme.

-No, no, no, no -murmuro, girando sobre mí mismo como si pudiera alejarme de las sábanas.

No sirve.

Mi cuerpo ha decidido que ese olor, esa presencia que ya no está pero que dejó su rastro, eso es exactamente lo que quiere.

Me lanzo fuera de la cama como si me estuviera incendiando y corro al baño.

Literalmente. Corro.

-¡Por el sol, Jon, compórtate! -me digo a mí mismo en voz alta, cerrando la puerta tras de mí con más fuerza de la necesaria.

Y ahí me quedo. De pie. Solo. Medio desnudo y completamente estúpido.
Porque mi esposo ni me ha tocado. Ni me ha dicho nada suave.
Solo... ha existido.
Y eso ya fue suficiente para dejarme al borde del colapso hormonal.

Estoy jodido.
Completamente jodido.

Damián

Cuando entro a la habitación, la primera señal de que algo no va bien es el murmullo.

Jon está en el baño. La puerta entreabierta deja escapar su voz baja, apretada, nerviosa.

No digo nada. Me detengo en seco junto al marco de la cama, el abrigo aún sobre los hombros, el aire frío del pasillo apenas disipado por el calor de la habitación.

-Vale, vale, respira...-lo escucho decir-Cálmate, Jon... es solo Damian...

Mi corazón da un vuelco.

-Simplemente su olor me... me...

Silencio.

Woah.

Está tan nervioso que no ha notado mis pasos. Ni mis respiraciones. Ni los latidos acelerados de mi corazón.

Y entonces lo noto. Apenas, como una corriente suave en el ambiente, como el eco de algo prohibido flotando en el aire. Excitación. Su excitación.

Joder.

Me quedo quieto, cada músculo de mi cuerpo congelado mientras su voz vuelve a sonar desde dentro, aún más desesperada, más rota.

-Es porque es un omega... es un olor... jooooder...

Una pausa. Resopla. Casi puedo imaginármelo golpeándose la frente contra el espejo.

-Vale, tranquilidad. Me daré una ducha...

Ese debería ser mi momento para salir. Para girarme, irme, dejarlo con su... problema y fingir que nunca escuché nada. Fingir que yo no siento nada.

Pero justo cuando doy un paso hacia atrás… la puerta se abre.

Demasiado rápido.
Demasiado sorpresivamente.

Y ahí estamos.
Él, con el torso descubierto, el rostro encendido como una antorcha, los ojos tan abiertos que podrían tragarse el mundo.
Y yo. Con el abrigo aún medio puesto, helado por dentro, ardiendo por fuera.

Nos miramos.

Ni una palabra. Solo esa tensión en el aire, ese algo que no tiene nombre pero pesa más que cualquier conversación.
Mi mirada baja un segundo. Luego vuelve a sus ojos.
Y su aliento se entrecorta.

Podría hacer un chiste.
Podría fingir que no pasa nada.

Pero ninguno de los dos se mueve.

Jon

Un latido.

Solo uno.
Fuerte. Retumbando en mis oídos como si hubiera saltado desde mi pecho para estrellarse contra el silencio.

Damian.

Está ahí. De pie. Mirándome.

¿Me ha escuchado?

Dioses. Claro que me ha escuchado.

Toda esa mierda....

Y entonces…no pienso.

Ni por un segundo.

Mi cuerpo actúa antes que mi cerebro pueda detenerlo. La vergüenza me cae encima como una ola brutal, quemándome la piel, empujando mis piernas.

Damian

En un abrir y cerrar de ojos, Jon ya no está delante de mí.

Solo queda la corriente de aire que deja su velocidad sobrehumana, agitando las cortinas, moviendo mi abrigo aún a medio quitar.

Parpadeo.

¿De verdad...

Mi pelo se mece con el viento que ha dejado tras de sí, y juro que si estiro la mano todavía puedo tocar el calor de su cuerpo, ese segundo en el que estuvo ahí, frente a mí, con el rostro más encendido que el fuego del altar.

Y ahora... vacío.

Solo el zumbido de mi propio corazón en mis oídos.
Y el eco de su nombre que no pronuncié en voz alta.

Jon.
Maldito idiota.

Jon

-¿Lo dijiste en voz alta?-pregunta Conner, con una mezcla de incredulidad y una sonrisa que ya me hace querer enterrarme vivo.

-No lo dije todo-respondo, dejándome caer en el sofá del despacho con una mano sobre la carazm-Solo lo… suficiente.

-¿Tipo “me excita el olor de Damian” suficiente?

Me encojo aún más. No necesito que lo repita.

-Estaba solo, pensando en voz alta. No sabía que había vuelto, y justo ese momento decide entrar a la habitación como un fantasma sin hacer ruido.

Conner se ríe, se apoya contra la mesa y cruza los brazos.

-Y luego huiste.

-Evidentemente-le grito entre los dientes

-Qué elegante. Muy príncipe.

-Me quiero morir, Conner.

Él sonríe.

-Te estás enamorando de él.

-Cállate.

Damian

Camino de un lado a otro en mi habitación.
Izquierda. Derecha.
Izquierda. Derecha.

-No puede ser-suelto por quinta vez en cinco minutos-No puede ser que Jon sienta algo por mí. No. Imposible.

Tim está tumbado en la cama con una uva entre los dientes, observándome como si fuera un actor en una obra trágica particularmente entretenida.

-Quizás solo es atracción física -dice, masticando-No todos los alfas que te desean están enamorados de ti. A veces es solo eso: deseo. Química.

-No, no. Él dijo mi nombre. Mi nombre, Tim. ¿Tú sabes lo que significa eso?

-Que te desea y además se siente culpable. Un clásico.

Me detengo, lo señalo con el dedo.

-Me

-Deberías tomártelo como un cumplido.

-¡No quiero su deseo! Quiero su respeto. Su distancia. Su… ¡espacio personal!

-¿Y si quiere darte todo eso más una mordida?-Tim pregunta con una ceja levantada.

Lo miro.

Y salgo de la habitación con la capa aún colgando de un solo hombro.

Necesito lanzar una daga a algo.

Jon

La cena se alarga más de lo necesario.

El comedor principal está cálido, lleno de candelabros encendidos y risas diplomáticas. Mis padres conversan entre ellos, intercambian palabras con los ministros sentados cerca, y todo transcurre como una escena perfectamente coreografiada.

Excepto por mí.

Y Damian.

No lo miro.

No puedo.

Está justo a mi lado, como siempre, con su postura perfecta y su expresión impasible. Pero desde el momento en que entramos en la sala, no me atreví a levantar la vista más allá de mi plato. Cada vez que habla con alguien, mis oídos lo siguen. Cada vez que mueve un dedo, mi cuerpo lo nota.

Y sin embargo, no lo miro.

Porque sé que si lo hago, si nuestras miradas se cruzan… lo recordaré. Recordaré su olor, el calor de su cuerpo junto a mí en la cama, el modo en que me congeló la sangre y me incendió al mismo tiempo.

Y recordaré que me escuchó.

Todo.

Y no sé qué cara pondrá si vuelvo a mirarlo.

Damian

Siento sus ojos...no sobre mí. Ese es el problema.

Ni una sola vez en toda la cena.

No me ha mirado. No una mirada, no un gesto. Ni siquiera cuando le han servido mal el vino y lo ha empujado lejos con un murmullo educado. Siempre me mira en esos momentos. Hoy, no.

Y yo tampoco lo miro.

Porque no puedo.
Porque si lo hiciera, tendría que enfrentar lo que empiezo a sospechar.
Lo que no quiero creer.

Que Jon siente algo por mí.

Y no puede ser.
Jon es todo lo que no soy. Noble, bueno, limpio. Tiene una familia que lo quiere, un reino que lo admira, y un corazón que —por los dioses— cree en la gente. Cree en las cosas buenas. En el amor.

Yo no.

Yo soy afilado. Soy la sombra entre dos columnas. Soy lo que sobrevive, no lo que sueña.

No puedo permitir que me mire como si yo fuera la excepción a su mundo de luz.

Así que lo ignoro.
Como si fuera fácil.

Y mientras los reyes hablan y la música de fondo adorna los silencios, nosotros dos…
somos dos imanes dándose la espalda. A milímetros de distancia. Y completamente incapaces de tocarse.

Jon

Los siguientes días se vuelven un revoltijo. Una mezcla de actos, discursos, recepciones, cabalgatas, comidas al aire libre, bendiciones de cosechas y visitas a escuelas o talleres artesanales.

Mi padre lo había dicho muy claro: "Si el pueblo no ve la unión, no la creerá."

Así que Damian y yo... estamos juntos. Constantemente.

Primero fue la visita al poblado de Lianthur, donde los ancianos nos entregaron pan y sal como símbolo de gratitud. Después, la caminata entre los puestos del mercado de Vilnor, con frutas que nos hicieron probar a la fuerza y una señora que me abrazó y le pellizcó la mejilla a Damian como si fuera su nieto.

Y luego esto.

Hoy.

Damian, rodeado de niños.

Lo observo desde unos pasos atrás, mientras los pequeños corren a su alrededor con coronas hechas de ramas, intentando subirle por las piernas o enseñarle figuritas de madera. Uno le ha lanzado una flor. Otro le ha atado una cinta a la muñeca. Y, sorprendentemente, Damian no ha sacado una daga.

Lo veo sonreír. Pequeño. Breve. Casi tímido.

Y de pronto mi mente...mi mente traicionera imagina cosas.

¿Cómo serían nuestros hijos?

Niños con sus ojos verdes. Con esa forma suya de caminar con el mundo a los pies y la confianza de que todo va bien. Con mi pelo, genetica...O mi torpeza para esconder lo que siento.

Pero no.

Nunca habrá un “nuestros hijos”.

Esto no es amor. Es un contrato. Un tratado. Un castillo de hielo al sol.

Y sin embargo…

Damian

Los eventos no paran. Ni los saludos. Ni las miradas. Ni las expectativas que llevamos sobre los hombros como si no pesaran.

El pueblo parece encantado con nosotros. O conmigo. O con la idea de que ahora soy parte del reino. Que el “omega extranjero” se ha integrado. Que sonrío. Que sostengo flores. Que juego niños.

No tienen ni idea.

Hoy, una niña se ha subido a mi regazo con la naturalidad de quien no sabe qué es el miedo. Me ha dicho que me parezco a un gato. Que los gatos no sonríen mucho pero cuando lo hacen son los más bonitos. Casi me reí. Casi.

Y mientras me rodean, lo veo.

Jon. A unos pasos. Viéndome como si me descubriera por primera vez.

Nos han obligado a cogernos de la mano tantas veces que ya ni siento su piel. Solo el calor constante, como una línea encendida que recorre mi palma. Durante las bendiciones, durante la ceremonia del árbol en la plaza de Brenthil, incluso en la entrega de regalos a los huérfanos. Siempre lo mismo:

"Ahora un dibujo"
“Príncipes, si se toman de la mano se verá más real.”
“Acérquense, no sean tímidos.”

Y lo hacemos.

Sonrío para los dibujos.
Y Jon lo hace también.

Pero a veces, cuando nuestras manos se rozan, cuando lo oigo reír de verdad con un campesino o agacharse a ayudar a una mujer mayor, algo en mí...tiembla.

Y lo odio.

Porque cuanto más lo conozco,
más real se vuelve esta mentira.

Jon

Vamos de dos en dos. Un escuadrón pequeño, pero suficiente para patrullar los senderos cercanos a la frontera este. Los informes hablaban de huellas, trampas rudimentarias, señales de que alguien —o varios— habían intentado explorar demasiado cerca de nuestros límites.

Pero ahora mismo no puedo pensar con claridad.

Porque estoy compartiendo caballo con Damián.
Él delante.
Yo detrás.

Mi espalda está completamente recta, como si al más mínimo movimiento fuera a explotar. Tengo las manos apoyadas apenas en su cintura, sin apretar, sin molestar… o al menos eso intento.

Pero lo tengo tan cerca.

Su cuerpo está contra el mío. La parte baja de su espalda roza mi vientre con cada trote. Siento su respiración, tranquila, y su ritmo cardíaco… tan jodidamente estable.

¿Cómo puede estar tan calmado?

Yo, en cambio, soy una tormenta silenciosa. Mi olfato, más agudo que el de los soldados que nos acompañan, capta el olor de las hojas húmedas, el barro de los cascos del caballo… pero sobre todo el suyo.

No es fuerte. Es sutil.
Un rastro suave que se desliza desde su cuello, por encima de su ropa. Ese aroma suyo que me persigue desde que lo conocí: a hierbas frescas, a lluvia reciente, a algo salvaje y controlado al mismo tiempo.

Y ahora lo tengo tan cerca que respiro él.

Cada vez que el caballo se mueve, mi pecho roza su espalda. Mis piernas rodean las suyas. Mis labios están peligrosamente cerca de la curva de su oreja. Y lo único que puedo hacer es mirar al frente y fingir que estoy pensando en huellas, en trampas, en la maldita frontera.

Pero en realidad…

Estoy pensando en cómo se sentiría si lo rodeara con los brazos.
En si se tensaría.
En si me empujaría.
O si se quedaría quieto, como aquella vez en la tienda, o la noche del beso.

Y me odio un poco por querer saber la respuesta.

Damián

Bajamos de los caballos en cuanto el terreno empieza a estrecharse. El sendero se vuelve pedregoso, con ramas rotas a ambos lados, y la maleza, aunque en parte removida, ha vuelto a crecer lo suficiente como para que el paso no sea del todo evidente.

Apenas mis botas tocan el suelo, el silencio se vuelve distinto. Más denso. Como si el aire supiera que hay algo aquí que no pertenece. Mis ojos recorren la escena con rapidez: troncos cortados con filo, no por el viento ni por el tiempo. Huellas recientes en el barro, algunas humanas, otras... más grandes. Más profundas.

-Aquí-digo en voz baja, agachándome.

Jon se acerca. Pese a que está detrás de mí, lo siento. Su presencia es… innegable. Como si el bosque se hiciera un poco más cálido cada vez que él respira cerca.

-Son frescas-añado, tocando la tierra húmeda con los dedos. Hay restos de savia, ramas partidas a media altura, y marcas que parecen de botas reforzadas. No son campesinos. Ni cazadores. Esto es otra cosa.

Nos abrimos paso entre arbustos retorcidos, subiendo por un estrecho camino de piedra, hasta que finalmente llegamos al borde de un risco.

Desde aquí, se extiende un bosque inmenso. Espeso. Inquietante.

La niebla se cuela entre las copas, y el canto de los pájaros ha desaparecido.

Es un silencio distinto al de antes.

-Eso ya no es parte de tu reino -murmuro, señalando el otro lado del valle.

Jon asiente junto a mí, su mandíbula tensa. El viento levanta su capa, y noto el cambio en su expresión. Ya no es solo patrullaje. Ya no es una excursión con fines políticos.

-Si han cruzado la frontera...-añado sin terminar la frase. No hace falta.

Porque ambos lo sabemos.

Aquí, en este risco, el deber se transforma en algo más peligroso.

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