Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

6

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Jon

Nos reunimos a solas con mis padres en la sala del mapa estelar. Afuera la noche caía con un susurro helado, pero dentro el ambiente era tenso como una cuerda al borde de romperse. Mi padre caminaba de un lado al otro, mientras mi madre, con el ceño fruncido, pasaba la yema de sus dedos por los bordes de la mesa como si intentara hallar respuestas en la madera tallada.

-Estamos casi seguros de que es Valmorra-dijo ella finalmente, con la voz baja pero firme.

Damian y yo cruzamos una rápida mirada. No necesitábamos palabras: los dos sabíamos lo que eso significaba.

-Kaelvar-añadió mi padre, deteniéndose frente al ventanal
-Ese sanguinario…No ha dejado un solo reino intacto cuando decide avanzar. Siempre rodea, siempre espera… y cuando ataca, lo hace como un depredador.

Yo tragué saliva.

-¿Y qué motivo tendría para mirar hacia aquí?-pregunté, aunque ya lo intuía.

Mi padre volvió a mirar el mapa, señalando las líneas que unían nuestro reino, Solarys, con Noctaris, el reino de Damian.

-Poder, Jon. Eso es lo único que mueve a hombres como él. Ya no le basta con lo que tiene. Kaelvar debió enterarse de nuestra alianza con Noctaris. De que tú y Damian estáis… unidos-hizo una pausa, valorando sus palabras-Si conquista Solarys, Noctaris será su próximo objetivo. Sabe que unidos somos fuertes, así que necesita debilitarnos primero.

-¿Y cómo crees que quiere hacerlo?-interviene  Damian, tenso, con los brazos cruzados.

-Secuestrando a alguien de la realeza, nosotros-respondió mi madre, sin rodeos.

El silencio se apoderó de la sala. Solo se oía la leña crepitando en la chimenea y mi respiración, demasiado rápida.

Y en el fondo de mi pecho, un pensamiento punzante: ¿Y si ya tiene a alguien dentro?

Damian dio un paso hacia la mesa.

-Entonces encontrémoslo antes de que él nos encuentre a nosotros.

Damian

El agua aún se resbala por mis costillas cuando me apoyo en el borde de mármol. Mi reflejo en el espejo está empañado, distorsionado, pero mis pensamientos son claros.

Fue fácil decirlo.
Concertar una reunión diplomática. Tan simple como trazar una línea en la arena.

Valmorra está al noroeste. Dos horas a caballo. Con el pretexto correcto, con la sonrisa adecuada, llegaremos con honores.
Confirmar si es él. Si Kaelvar está detrás. Si esas huellas, esas trampas, esos movimientos en las sombras tienen nombre y rostro.
Y si es él…hablaremos. Porque eso es lo que Jon seguramente prefiera. Paz antes que sangre.

Pero si no llegamos a nada…

Pasaremos al segundo plan.
Una retirada controlada, una salida diplomática. Y entonces, por la noche, yo me infiltraré. Solo. Ellos esperarán ocultos en las sombras, alerta. Si algo sale mal, llegarán. Pero la parte más peligrosa, la parte que nadie más hará, me pertenece.

Y no me importa.
No me importa matarlo.
O al menos intentarlo.
No creo que sea tonto. Pero yo soy más astuto. Estoy seguro de ello.

Salgo del baño con el pelo aún húmedo y la piel marcada por el vapor. La habitación está en silencio. Jon ya está en la cama, tapado hasta los hombros, dándome la espalda. Sé que no está de acuerdo con lo que planeo. No lo ha dicho, pero lo sé. Él no quiere sangre.

Me meto en la cama, el colchón cede bajo mi peso, y justo cuando me tapo hasta el pecho, su voz sale en un susurro tenso, firme:

-Si tú entras… yo entraré contigo.

Mi respiración se congela unos segundos. No lo miro. No digo nada. Solo siento cómo las palabras se me clavan en la garganta como una flecha que no sangra.

Y por dentro…
Joder. Por dentro tiemblo.

Jon

Mandamos la carta.
Con el sello dorado del reino, con la tinta aún fresca sobre el pergamino, el mensajero partió al amanecer a lomos de un caballo veloz. Una carta con palabras de paz… o el inicio de otra guerra.
Y ahora, solo nos queda esperar.

Yo no sé quedarme quieto.
Así que me paso la mañana entrenando. Lanza. Espada. Arco. Lo que sea. Golpeo con más fuerza de la necesaria. Los soldados lo notan, pero no dicen nada. Algunos intentan bromear, pero yo apenas sonrío.
Evito ver a Damian. No porque esté enfadado, sino porque verlo me haría preguntas que aún no tengo el valor de responderme.

Después de comer, el destino nos sienta uno frente al otro.
El silencio entre nosotros es espeso, lleno de cosas no dichas.
Él está tranquilo. O al menos, eso parece.

Yo no.
Así que, con un suspiro, dejo la copa en la mesa y murmuro:

-¿De verdad no te importa? ¿Matarlo?

Damian alza la vista, con esa calma helada que solo él tiene.
Me sostiene la mirada como si no le temiera a nada en el mundo.

-Será solo una víctima más -responde.

Y lo dice con la misma naturalidad con la que alguien comenta que ha llovido por la mañana.

Siento un nudo en la garganta.
Y no es miedo.
Es que… a veces, me olvido de todo lo que ha tenido que ser Damian para sobrevivir.

Damian

La habitación de Tim siempre ha tenido ese aire raro entre caos ordenado y una especie de calma tensa. Libros abiertos sobre el escritorio, una capa medio doblada en la silla, la ventana entreabierta dejando entrar una brisa suave con olor a hojas secas. Él está sentado en el borde de la cama, quitándose las botas, mientras yo camino de un lado a otro con los brazos cruzados. Siento la mandíbula apretada, la nuca tensa.

-No me gusta-digo, rompiendo el silencio-No me gusta que Jon venga con nosotros.

Tim levanta la mirada, sin sorpresa.

-¿Porque puede ser peligroso?

-No-respondo rápido, quizá demasiado rápido-Porque sé que va a meterse hasta el fondo. Porque sé que, si todo sale mal, no se va a quedar atrás. Va a cruzar esa línea si yo la cruzo.

Tim se encoge de hombros.

-Jon no es un bebé, Damian. Y tampoco es estúpido. Si va, es porque esta listo. Y si está contigo, probablemente hasta te sea útil. Lo sabes tan bien como yo.

Asiento con un suspiro, pero no me siento mejor. Me acerco a la pared, apoyo el hombro y me cruzo de brazos.

-No se trata de si puede-
murmuro-Es que no quiero que lo haga por mí.

Tim no responde de inmediato. Se queda en silencio, y lo siento pensar. Finalmente, al cabo de unos segundos, su voz suena más baja, pero clara:

-Quizás lo que realmente te da miedo…es que Jon vea ese lado tan oscuro de ti. El que no duda en mancharse las manos. El que mata sin pestañear.

Sus palabras se quedaron grabadas en mi nuca como una herida que no termina de cerrarse. Salgo de la habitación de Tim sin decir más, caminando por los pasillos sin mirar a nadie, directo a la sala de entrenamiento.

Sabía que él estaría allí.

Y ahí estaba, como lo había supuesto. Jon, con la camisa arrugada de tanto movimiento, sudor perlándole la frente, entrenando con Dan, uno de los capitanes del escuadrón real. Se movía con agilidad, con fuerza, con esa expresión de concentración que le hacía apretar los labios y fruncir el ceño, como si el mundo desapareciera cada vez que blandía una espada de entrenamiento.

Pero cuando entro, se detienen. Dan me ve y retrocede un paso.

-¿Podrías dejarnos solos?-le pido, sin levantar la voz.

Dan asiente sin decir nada y sale sin cuestionar. Jon me observa, sin entender, bajando su espada.

-¿Qué pasa?

Me quito el cinturón con lentitud, lo dejo sobre la mesa más cercana. De allí saco dos dagas gemelas, limpias, letales, y me las coloco en las manos como una extensión de mis propios brazos.

-Te voy a demostrar quién soy-
digo, sin rodeos.

Jon frunce el ceño.

-¿Qué?...No entiendo.

Lo miro, serio, sin titubear.

-Porque no quiero que te asustes cuando veas lo que soy de verdad. Cuando lo veas en Valmorra…quiero que sepas que esto no es nuevo. Que no es una transformación. Que siempre he sido así.

-Damian…

-Tú tienes esta forma de verme-lo interrumpo-Como si aún fueras un crío soñando con el héroe que va a salvar el mundo. Pero yo no soy ese héroe. Yo soy el que le corta la garganta al monstruo sin parpadear… y si el monstruo se parece demasiado a un hombre, no me tiembla la mano.

Silencio. Solo el sonido de su respiración.

-¿Y crees que eso me va a hacer huir?-dice Jon al fin, en voz baja.

-Creo que te hará verlo todo con claridad-respondo-Y si después de eso sigues queriendo entrar conmigo a Valmorra… entonces ya no tendré dudas.

Clavo las dagas en los soportes de entrenamiento frente a mí. Fijas. Inamovibles. Y le sostengo la mirada.

-Pelea conmigo. Y no te contengas.

No es por el combate. Es por la verdad. Quiero que él me vea completo. Sombra y acero. Sangre y razón. Sin máscaras. Sin ilusiones. Si va a entrar al infierno conmigo, que al menos lo haga con los ojos bien abiertos.

Jon

Acepto el duelo.

No porque quiera medir fuerzas con él, sino porque necesito entenderlo. Necesito comprender qué hay en esa oscuridad suya que tanto me intriga… y tanto me asusta.

El suelo de la sala de entrenamiento está frío, aunque ya ni lo siento. Todo mi cuerpo está tenso. Damian se mueve con una calma inquebrantable, su andar sereno mientras saca mueve sus dos dagas, listas para el ataque.

Yo intento mantener la cabeza fría. Soy más fuerte. Más rápido. Tengo visión mejorada, reflejos, fuerza…Todo eso debería jugar a mi favor.

Y sin embargo, no sirve de nada.

Desde el primer movimiento me doy cuenta. Es como una serpiente enroscándose lentamente en mi cuello, sin apuro. En cada vuelta, me deja menos espacio para respirar.

Yo ataco, lanzo un puñetazo, una patada giratoria. Él los esquiva por milímetros. Una y otra vez. Me lanzo por su lados, intento sujetar su muñeca, forzar un desarme, pero él gira, fluye, se desliza por debajo de mi brazo como si fuera agua. Cada vez que se mueve, siento la brisa de su daga cruzando junto a mi piel. La ropa comienza a abrirse en tajos. Uno en el pecho. Otro en el hombro. Uno muy cerca del muslo. Si fuera humano, estaría en el suelo sangrando.

Damian se va cansando. Lo noto en su respiración, en los músculos tensos de su cuello. Pero eso no lo hace más lento, ni menos certero. No baja la guardia. Cada uno de sus movimientos sigue siendo tan preciso que me desespera.

Yo empiezo a fallar.

Me agobio. Me pongo nervioso. Mi respiración se acelera, mis pensamientos se dispersan. Me abruma cómo me rodea, cómo me estudia, cómo cada error que cometo lo aprovecha con la frialdad de un depredador entrenado.

Y entonces, en un movimiento limpio y sin aviso, me lanza contra el suelo.

El golpe me saca el aire. Antes de que pueda moverme, ya lo tengo encima. Su rodilla oprimiendo mi costado. Su mano presionando mi muñeca contra el suelo. Y su daga…su daga afilada descansando justo en mi cuello. Ni siquiera aprieta, solo reposa, fría y ligera, pero yo ya sé que, si quisiera, no me daría tiempo ni de parpadear.

Damian me mira.

No hay odio en sus ojos. Ni rabia. Ni orgullo.

-¿Tienes miedo?-pregunta con voz baja, sin adornos, sin burla.

Yo lo miro. Trago saliva. Y no miento.

-Sí.

Asiente sin decir nada más. Se incorpora con precisión, como si todo esto hubiera sido solo un ejercicio. Como si lo que acabara de hacer no lo estremeciera ni un poco. Camina hasta su cinturón, se coloca de nuevo las dagas. Y va hacia la salida.

Pero antes de que cruce la puerta, mi voz lo detiene.

-Damian…

Se gira ligeramente. No dice nada, pero me mira. Yo, aún en el suelo, respirando hondo, con el corazón golpeando como un tambor en mi pecho, me incorporo hasta quedar sentado.

-Me alegra…-le digo, la voz más temblorosa de lo que quiero admitir-Me alegra que estés de mi lado.

Él se queda en silencio.

Una brisa suave entra por la ventana de la sala de entrenamiento. Damian baja un poco los ojos. No dice nada…pero sus labios se curvan, apenas un milímetro, en algo que no sé si es resignación o ternura. Luego se da la vuelta y se va.

Y yo me quedo ahí.

Con el cuerpo agotado.

Con la ropa hecha jirones.

Y con el corazón latiendo con más fuerza que nunca por alguien que podría matarme sin pestañear…

…pero elige protegerme.

Damian

Me sumerjo por completo en la bañera.

El agua está caliente, casi hirviendo, pero no me importa. Me hundo hasta que el mundo desaparece. Hasta que no hay ruido, ni preguntas, ni miradas azules clavándose en mí como si pudieran leerme por dentro.

Solo el eco de mi respiración bajo el agua. Y mis pensamientos. Malditos pensamientos.

No debería haber peleado con Jon. No debería haberlo tocado, no así. No con esa intensidad, no con esa violencia medida que a mí me resulta tan normal.

Pero no lo es para él.

Él no ha visto lo que yo he visto. No ha hecho lo que yo he hecho. No tiene las manos manchadas de sangre ni los recuerdos llenos de gritos. Él es luz. Brillante, torpe, fuerte y limpio. Demasiado limpio.

Y yo...yo soy esto.

Un arma disfrazada de hombre. Un hijo de reyes, criado en el filo de un cuchillo. Programado para sobrevivir, para pensar, para hacer lo necesario. Siempre lo necesario. Aunque eso signifique matar sin temblar. Aunque eso signifique no mirar atrás.

No me importa, me repito.

No me importa si Jon me tiene miedo. No me importa si ahora me mira diferente. No me importa si, al final, se aleja.

Porque esto es lo que soy.

Y él y yo… nosotros… nunca seremos más que una mentira vestida de tregua. Un espejismo tejido entre dos reinos, dos destinos opuestos.
Uno que arde.
Otro que florece.

Somos enemigos que se tocan con los dedos sabiendo que se van a quemar.

Y aún así…aún así, no puedo sacarlo de mi cabeza. Su voz diciendo que se alegra de tenerme de su lado. Su mirada sincera. Su miedo…real.

Me hundo un poco más. Como si pudiera arrancarme con ella lo que siento. Como si pudiera borrarlo.

Pero no se va.

Él sigue ahí.

Incluso en el silencio del agua caliente, Jon sigue ahí.

Jon

Hace tres horas debería haber cenado.
Hace dos, estar metido en la cama con Damian.
Y sin embargo, aquí estoy… sentado en la copa de uno de los árboles más altos que da al ancho y denso bosque de Valmorra.

El viento me despeina, frío y lleno del aroma de la corteza, del musgo húmedo y de la noche que se expande sin fin. No hay estrellas esta vez. Solo nubes bajas y pesadas, como mi cabeza. Como mi pecho.

Miro hacia el bosque. No se ve nada, solo la negrura de árboles alineados como centinelas inmóviles. El silencio está vivo, zumbando entre las hojas.

Y pienso en él.
En Damian.

En cómo se movía hoy. En la precisión de cada golpe, en la forma en que no se cansaba aunque su respiración ya fuera más pesada. En sus ojos. En la daga contra mi cuello. En su voz:
“¿Tienes miedo?”
Y en mi respuesta, tan honesta como dolorosa:
“Sí.”

No porque creyera que me haría daño…sino porque lo que vi en él fue aterrador. Porque vi al Damian del que me han adverdtido tanto.

Y aún así…no puedo temerle tanto como desearía. No puedo alejarme. No quiero hacerlo.

Quizá soy idiota. Quizá es esta idea que me ha invadido el pecho desde que lo conocí. La idea de que, sí, Damian tiene un lado oscuro. Sí, está cubierto de cicatrices, de recuerdos que pesan y que no comparte.

Pero también sé —lo sé— que debe tener otro lado. Uno que casi nunca muestra. Uno que se oculta tras esa armadura perfecta.

Un lado que, a veces, se asoma en forma de una mirada cansada, o un suspiro leve cuando cree que no lo estoy viendo. Ese lado que me dejó dormir a su lado. Que me escuchó.

Un lado bonito. Tierno, incluso.
Tal vez casi olvidado. Tal vez roto.
Pero sé que está ahí.

Y sé que no debería desear descubrirlo, pero lo hago.

Con todo lo que soy. Con todos mis errores. Con todos mis miedos.

Sigo sentado ahí, con las piernas colgando de la rama, observando la oscuridad. Pensando que, si alguna vez logro llegar a ese otro lado de Damian, el mundo entero podría venirse abajo… y aun así, habría valido la pena.

Jon

La mañana despierta con sobresaltos. Aún no hemos desayunado cuando los cuernos anuncian la llegada de nuestro mensajero.

Salgo al patio junto con Damian, y lo vemos aparecer montado a duras penas sobre su caballo, tambaleante, el brazo izquierdo cubierto de sangre seca. Dos guardias corren para sostenerlo antes de que se desplome.

Yo mismo doy un paso hacia adelante mientras el mensajero me tiende un rollo de pergamino sellado.

-Fueron rápidos… no me atacaron para matarme…-jadea-Solo para dejar claro que nos están esperando. Es una advertencia.

Sus palabras me hielan. Damian toma el mensaje antes de que mis dedos terminen de rozarlo. Rompe el sello negro con la rosa entre las garras. El blasón de Valmorra.

Lo lee en silencio, su mandíbula tensa. Luego me lo pasa, y leo:

“Que vengan los prometidos.
Me ofende profundamente no haber sido invitado a la boda.”

Un cosquilleo de furia me recorre la espalda. Kaelvar no solo acepta el encuentro: se burla de nosotros. Está seguro de que tiene la ventaja. Sabe que si Damian y yo vamos, iremos con la frente alta y la cabeza llena de planes. Él quiere ver si somos tan valiente o tan tontos.

Damian se gira sin decir una palabra más y comienza a dar órdenes.

Más tarde, al mediodía

Nos preparamos con rapidez. Damian, Tim, Conner y yo conformamos el grupo principal. Nos acompañan ocho guardias de élite del Reino de Solarys, y cuatro más de Noctaris. Ninguno es novato.

El plan es simple, pero requiere precisión:

Primero, partimos en tres grupos. Uno de los grupos bordeará la zona este del bosque de Valmorra, fingiendo ser exploradores. El segundo avanzará por el río seco del norte, donde instalarán un puesto de observación oculto entre las rocas. Ambos están a órdenes de Tim y Conner, quienes se quedarán atrás, a la espera de la señal o de cualquier movimiento extraño.

Damian y yo, los “prometidos”, avanzaremos hasta el punto de encuentro designado por Kaelvar, montando nuestros caballos y vestidos como nobles, sin armaduras visibles. Pero bajo nuestras capas, llevamos protecciones de cuero ligero y armas ocultas.

Antes de llegar a las fronteras de Valmorra el aire cambia. Se vuelve más denso, más silencioso. Los árboles aquí son distintos: altos, apretados, y parecen mirar. El musgo cubre las raíces como una advertencia silenciosa. Damos la orden de detener la marcha a una hora del lugar de reunión.

Los guardias instalan un pequeño campamento en una depresión natural del terreno, rodeada por espesos arbustos. No se encenderán fuegos. No se emitirán sonidos innecesarios.

Damian y yo ajustamos nuestras capas y subimos a los caballos. Yo detrás de él, su figura tensa pero segura.

-Es hora-dice él, sin mirarme, la voz tan cortante como su mirada.

-Vamos-respondo, sintiendo mi pulso golpear con fuerza.

El resto del grupo se queda en posición, atentos a cualquier señal.

Ahora somos solo nosotros dos. Cabalgando a través de la maleza, hacia las fauces de un lobo que cree que puede devorarnos. Pero Kaelvar aún no entiende que nosotros no somos corderos.

Ni estamos solos.

Damian

Los cuernos suenan cuando apenas hemos cruzado el último puente que conecta con la entrada principal de Valmorra.

No hay duda.
Nos estaban esperando.

Los guardias, altos y vestidos con armaduras oscuras, nos reconocen en cuanto aparecemos, y uno de ellos hace una señal hacia las torres. Las grandes puertas de hierro, adornadas con garras cruzadas y cabezas de dragones esculpidas, comienzan a abrirse con un rechinar que hace temblar la piedra bajo nuestros caballos.

Kaelvar sabe que vendríamos. Lo que no sabe es a quién ha invitado realmente a su juego.

Entramos como nos indican, siguiendo el camino empedrado con disciplina, sin mirar a los lados, sin mostrar temor. No hay más palabras entre Jon y yo. Sabemos lo que hacemos. Sabemos por qué estamos aquí.

Y ahí está él.

Kaelvar.

En la cima de las escaleras del patio central, como un dios menor salido de una leyenda de guerra. Un alfa en toda su definición: enorme, brutal, con loso músculos marcados incluso bajo la armadura negra y roja que lleva puesta como si formara parte de su cuerpo. Su pecho desnudo bajo la placa central deja ver cicatrices antiguas, testigos de batallas ganadas por la fuerza más que por la estrategia.

Me saca fácilmente medio cuerpo. Su sombra sola podría tragarnos a los dos.

Cuando desmontamos, Kael no tarda en bajar los escalones. Sus botas de hierro hacen eco con cada paso. Al llegar frente a mí, su mirada baja lentamente desde mis ojos hasta mi pecho, mis caderas, mis manos. Luego sube de nuevo, y se relame los labios como un lobo hambriento.

No me inmuto.

No retrocedo.

Ni pestañeo.

Luego gira hacia Jon, y aunque su sonrisa no cambia, se suaviza apenas lo justo como para estrecharle la mano. No sin apretarla con una presión que intenta demostrar dominio. Jon no se inmuta tampoco. Aguanta. Como siempre. Y eso, de algún modo, me enciende la sangre.

-¡Bienvenidos a Valmorra!-gruñe Kael con una voz grave, arrastrada, como si cada palabra fuera un desafío. Luego alza los brazos-¡Qué falta de cortesía no haber sido invitado a una boda tan interesante!

Lo dice con ironía, pero debajo de ella hay veneno. Lo noto. Lo huelo.

A su izquierda, ligeramente detrás, está Seyra.

Alta, delgada como un látigo, con la piel pálida y el cabello negro recogido en un peinado que deja ver su cuello largo, marcado con un collar rojo como la sangre. Sus ojos verdes brillan con inteligencia venenosa. No dice nada. No lo necesita. Observa todo. A mí, a Jon.  A nuestros pasos. A nuestros gestos.

Sé quién es.

La estratega. La amante. La voz que Kael escucha antes de tomar cualquier decisión importante.

Y tal como dijo Tim: peligrosa.

Jon no lleva armas. No las necesita. Su cuerpo,  su esencia son más que suficientes. Pero yo sí. Llevo dagas escondidas por todo mi cuerpo: en mis botas, en el cinturón, en las mangas, incluso una pequeña cuchilla pegada al antebrazo derecho. No subestimo a nadie. Mucho menos a un loco y su serpiente con rostro de mujer.

-Acompañadme-dice Kael, con la voz entre satisfacción y orden-Mi palacio os espera.

El palacio es tan teatral como él. Negro, rojo, mármol oscuro, tapices con escenas de guerra, bestias devorando hombres, y una luz rojiza que entra a través de cristales teñidos como si el atardecer viviera atrapado en sus muros.

Todo huele a poder, a sangre, a gloria envejecida y ambición desmedida.

Y nosotros, Jon y yo, estamos justo en el centro de la boca de la bestia.

Pero no pienso retroceder.

Y si llegamos hasta aquí…Será para abrirle la garganta desde dentro.

Jon

Mantengo la calma.

Es lo único que me permite caminar a través del palacio de Kaelvar sin mostrar la repulsión que crece en mi estómago a cada paso. Las paredes están llenas de símbolos de guerra, cráneos tallados en piedra, lanzas colgadas como si fueran trofeos. Todo en este castillo parece gritar dominio, conquista, destrucción. Y él camina al frente, orgulloso, con ese andar de alfa que sabe que todos lo están mirando.

Seyra lo sigue como su sombra. No habla, no interrumpe, no sonríe. Pero sus ojos verdes se clavan en nosotros como cuchillas. Especialmente en Damian. Observa todo: cómo se mueve, cómo respira, cuándo aprieta la mandíbula y cuándo relaja los hombros. Cada tic, cada impulso. Ella no es una simple acompañante. Es su espejo, su extensión, su mente fría.

Y me pregunto quién de los dos es más peligroso.

Finalmente, llegamos a un salón tan desmesurado como todo lo demás. Un techo alto sostenido por columnas esculpidas con relieves de bestias mitológicas. El suelo brilla como obsidiana pulida. Y en el centro: una mesa desbordante de comida. Carnes asadas, frutas jugosas, panes calientes, jarras de vino rojo como sangre. Es un festín. Una trampa disfrazada de generosidad.

Damian y yo nos sentamos uno al lado del otro. Por instinto, nuestros brazos se rozan apenas, un gesto silencioso de alerta compartida.

Kael se sienta al otro extremo de la mesa, cruzando una pierna sobre la otra con total confianza. Seyra permanece de pie, a su izquierda. Nos mira. Espera.

Pasamos varios minutos sin tocar nada. Yo observo el vino. Damian analiza la carne. Silencio.

Kael rompe la tensión con una carcajada.

-¿Creéis que os quiero envenenar? -dice, divertido-Si quisiera mataros, no habría necesidad de tanta decoración.

No decimos nada.

Él ladea la cabeza y sonríe como un lobo.

-Os lo aseguro-añade con tono ofendido-La comida está limpia. No tengo intención de matar a los prometidos reales.

Damian duda más que yo. Lo veo. Lo conozco. Está en guardia, y no porque el veneno lo asuste, sino porque todo esto le repugna. Finalmente, tomo un trozo de fruta, algo simple. La mastico lentamente. Nada ocurre. Damian me observa de reojo, y después de unos segundos, lo imita. Ambos comemos en silencio, lo justo, lo necesario. Sin confiar.

-Sabéis…-empieza Kael, acomodándose en su silla-Me duele, profundamente, que no me hayáis invitado a vuestra boda.

Hace una pausa.

-Un evento tan importante… la unión de Solarys y Noctaris… El nacimiento de una nueva alianza. ¿Cómo esperáis que no me sienta excluido?

No respondo.

Damian tampoco.

Kael sonríe, divertido por nuestro silencio, como si fuera un juego de mesa y él ya nos tuviera en jaque.

-¿Quién propuso el compromiso primero? ¿Tú, Jon? ¿O fue él?

-Fue decisión mutua-respondo, sin alterar el tono.

-Oh, qué hermoso-Se inclina hacia adelante-¿Y cómo se conocieron? ¿Fue un flechazo? ¿O algo más… práctico?

Damian aprieta la mandíbula, y sé que está a punto de hablar, pero lo detengo con una mano bajo la mesa.

-Nos conocimos en una tregua-
digo, tranquilo-Lo demás fue natural.

Kaelvar ríe.

-Natural, claro. Nada más natural que dos linajes enemigos besándose en los balcones del poder.

Sus palabras son dulces, pero su mirada, afilada. Está buscando puntos débiles. Sospechas. Temores. Está escarbando.

Y ni Damian ni yo vamos a darle nada.

Tampoco se me pasa por alto cómo lo mira.

Desde que entramos, Kael ha paseado sus ojos por Damian como un cazador observa a un animal raro. No con deseo exactamente, sino con esa clase de atención que uno le presta a algo que quiere poseer, romper o domar. Y durante el paseo por el castillo, cada palabra suya, cada giro de frase, llevaba un filo envenenado. Doble sentido, elogios envenenados, comentarios disfrazados de bromas.

Damian se mantuvo firme. Siempre lo hace. No le dio motivos para burlarse, pero Kael sabe jugar. Está acostumbrado a mover piezas con tiempo y paciencia.

Y ahora, en mitad de la cena, mientras el vino tiñe las copas y la comida ya ha perdido el calor, Kael suelta su jugada.

-Me gustaría hablar a solas contigo, Príncipe Damian.

Mi cuerpo se tensa.

Damian, como si lo esperara, deja los cubiertos a un lado y se levanta sin decir palabra. Sin embargo, cuando apenas se ha incorporado, mi mano se extiende como una serpiente y se aferra a la suya. Firme.

Nuestros ojos se encuentran. Los suyos, oscuros, verdes y serenos. Los míos…probablemente no tanto.

Kael sonríe con esa maldita seguridad suya.

-No le haré daño a tu esposo, Jon -dice, como si me estuviera tranquilizando-Puedes disfrutar de la encantadora compañía de Seyra mientras tanto.

Seyra no dice nada. Ni siquiera parpadea. Solo me observa. Estática como una estatua tallada con intención de matar.

Y entonces, los dedos de Damian comienzan a separarse de los míos. Lentamente. Como si no quisieran soltarse. Pero lo hacen. Se deslizan, se despiden…y de pronto, solo queda aire entre nosotros.

Lo dejo ir.

No porque quiera, sino porque sé que debe hacerlo. Damian es capaz. Astuto. Frío cuando lo necesita. Peligroso si lo obligan. Él puede arreglárselas solo.

Pero eso no significa que no tenga miedo.

No por lo que Kael pueda hacerle. Sino por lo que Damian podría verse obligado a hacer para salir de ahí. Por el lado que tal vez tenga que mostrar, por la máscara que quizás se vea obligado a usar.

Y porque, aunque lo niegue… cada vez que se aleja, siento que algo en mí también se va con él.

Damian

Lo supe desde el primer momento. Desde la forma en que sus ojos recorrieron mi cuerpo cuando bajé del caballo, como si midiera cuánto tardaría en romperme. Desde el tono de su voz, ese entusiasmo teñido de veneno. Lo supe.

Kaelvar no nos trajo aquí por diplomacia. Nos trajo porque quiere algo. Y ahora, lo tengo frente a mí, revelando qué es exactamente.

La habitación a la que me conduce está en una de las alas más alejadas del castillo. Sin ventanas, con muros gruesos y tapices antiguos colgando de los muros. Cree que Jon no podrá oírnos. Cree que el bosque de Valmorra y su piedra maldita podrán tapar lo que somos.

Subestima a los de su raza. Subestima a Jon. Y sobre todo… me subestima a mí.

Kael cierra la puerta con un golpe suave. Luego avanza con la lentitud de quien cree tener el tiempo de su lado. Sus pasos suenan pesados, dominantes, y su mirada se clava en mí como si esperara que retrocediera. No lo hago. Pero dejo que lo crea.

Me dejo arrinconar.

Detrás de mí, una gran mesa de madera negra. Su sombra se proyecta larga y torcida, como si fuera testigo de lo que está a punto de ocurrir. Kael se inclina, sus manos pesadas apoyadas a cada lado de mi cintura, encerrándome.

-No tienes que seguirle el juego al cachorro del sol-susurra con una voz ronca-Tú y yo… somos del mismo mundo. El oscuro. El real.

Yo no respondo. Bajo la mirada, tuerzo un poco el cuello, permito que sus dedos lo rocen. Finjo esa respiración entrecortada, ese temblor sutil en los hombros. Me convierto en lo que espera: el omega desprotegido, el que oculta las garras.

-Podríamos tenerlo todo-
continúa-Solarys es una farsa. Podríamos convertirlo en polvo, quemarlo desde dentro. Yo tengo poder. Tú tienes el alma para usarlo sin arrepentimientos. Jon…-su voz se vuelve un susurro pegajoso-Jon solo ama lo que ve. Esclavo de tu rostro, de tu cuerpo. Pero no te conoce. No ese lado oscuro que tú y yo sí compartimos. Él nunca te amará por lo que realmente eres.

Su mano sube por mi torso, lenta. No lo detengo. Me mira, buscando esa grieta emocional en mi expresión. Yo no se la doy, pero le muestro otra: un atisbo de rendición fingida. Mis labios entreabiertos, mis ojos medio cerrados, como si sus palabras hicieran eco en mí.

Pero lo que de verdad me retumba por dentro no es su oferta, ni su voz, ni siquiera su cercanía.

Es la certeza de que este lobo viejo piensa que ha atrapado a una presa.

Y no se ha dado cuenta…Que ha metido la cabeza directamente en la boca del depredador.

Dejo que me bese.

Dejo que sus manos viajen sin restricciones, como si yo fuera un terreno conquistado, uno que cree tener bajo control. Sus labios saben a soberbia, a poder. Y aun así, no me aparto.

Me despojo de mi ropa inferior con lentitud. Cada pieza que cae no es una rendición, sino un disfraz. Me desarmo ante sus ojos, pero por dentro sigo erguido, afilado. No soy lo que él cree. Soy algo más letal.

Siento una punzada.
No es miedo.
No es asco.
Es pena.
Por Jon.

Sé que está escuchando. Lo imagino, allí, más allá de la piedra, de la distancia, en ese rincón donde sus sentidos alcanzan. Me duele más pensar en él que en lo que hago. Y por un instante…deseo que deje de escuchar. Que se tape los oídos. Que me perdone.

Kael se siente triunfante, como un cazador que ha atrapado una criatura indómita. Pero no se da cuenta de que la criatura solo se ha tendido a dormir para enseñarle los colmillos más tarde.

Todavía su cuerpo no se entrega con confianza, sino con esa tensión que delata al paranoico.
Por eso, hago lo que mejor sé: tragar el orgullo, enterrar mi alma bajo tierra, disfrazarme de lo que esperan de mí.

Lo dejo avanzar. No hay dulzura. Solo su respiración y mi silencio. Pero lo que él no ve es la daga que se desliza, lenta, como una serpiente, desde mi manga hasta mi palma. La siento contra la piel, fría como mi determinación. Escucho sus gemidos, su vanidad desbordándose. Le susurro palabras como un canto venenoso.

-Seremos invencibles-me dice.

Cada caricia es una cuenta regresiva. Cada jadeo suyo, un paso más hacia su final. Y mi alma sangra por dentro, no por él.

Por Jon.

Por lo que estoy dispuesto a hacer por él y lo que estoy dispuesto a perder de mí mismo.

Jon

La comida se me hace piedra en la garganta.

Seyra me observa desde su asiento como si midiera el peso de mis huesos. La sala, una vez cargada de tensión cordial, está ahora empapada en un silencio fúnebre. Entonces lo escucho. No con los oídos, sino con todo el cuerpo. Las paredes del castillo murmuran, las piedras tiemblan bajo mis botas.

Las palabras.
El gemido sordo.
La garganta rota.

El sonido metálico de una daga haciendo su trabajo… y el silencio que deja atrás.

Kaelvar ha muerto.

Y yo lo supe en cuanto el aire cambió.

Seyra se pone en pie con elegancia. Su voz suena como el borde de una espada deslizándose de su funda.

-Sé a lo que habéis venido-Sus ojos brillan, y esa sonrisa es todo menos amable.

Desenfunda dos hojas curvas, afiladas como lunares, y las hace girar en sus manos con una destreza que hiela la sangre. Entonces la sala estalla.

Guardias de ambos bandos sacan sus armas. Gritos. Choques de acero. Mi hermano salta sobre una mesa, Tim se desliza como una sombra por debajo de otra. Conner bloquea a tres alfas de un solo golpe. La batalla comienza como un trueno que ha esperado demasiado para estallar.

Yo también me lanzo.

Seyra viene directo a por mí, veloz, girando sobre sus talones como si el suelo fuera agua y ella supiera bailar sobre su superficie. Apenas la esquivo. Su hoja roza mi mejilla.

-¿Por qué has esperado?-le grito mientras bloqueo su siguiente ataque con una ráfaga de viento conjurada al instante.

No responde. Sonríe. Como si guardar silencio fuera parte de su juego. Como si el caos fuera su verdadero hogar.

Mientras combato, veo a Damian aparecer en el umbral, con sangre ajena en el rostro y su mirada firme como el acero. No me mira aún. No puede. Está buscando a Seyra.

Yo la tengo justo enfrente.

La golpeo con un gancho envuelto en energía. Vuela hacia una columna, rebota, y vuelve a por mí como si no sintiera el dolor.

Y entonces lo entiendo, en mitad del fragor, entre espadas, puños y fuego:

Seyra estaba esperando algo.

Damian

Me he vestido lo más rápido posible, con los dedos aún temblando por la adrenalina, por el asco, por la rabia. La sangre de Kaelvar sigue en mi piel como una segunda capa, secándose en la comisura de mis labios, bajo mis uñas, en mi cuello. No me detengo a limpiarla. Salgo.

Las alarmas ya suenan, el caos ha estallado en el palacio, y apenas pongo un pie fuera de la habitación, una espada vuela hacia mí. La esquivo por instinto. La daga en mi mano izquierda se clava en la garganta del primer soldado que intenta detenerme, y la otra atraviesa el costado del siguiente sin vacilar. No pienso. Solo mato.

Sigo avanzando entre cuerpos, esquivando, girando, cortando. Cada enemigo que cae es una parte menos del problema. El ruido del combate es un rugido constante, pero mi mente está afilada como mis armas.

Y entonces la veo.

Seyra.

Está peleando con Jon, moviéndose con una gracia que no pertenece a un simple humano. Es rápida. Demasiado. Durante la cena pensé que solo era una alfa peligrosa y leal. Pero ahora, viéndola en acción, veo cómo sus movimientos son casi como los de Jon. Precisión, velocidad, instinto. No sé qué es. No sé si es bruja, bestia o algo intermedio. Pero humana no es. No del todo.

Jon se mantiene firme, pero sus ataques no logran alcanzarla como deberían. Ella se anticipa, como si leyera los movimientos antes de que ocurran. Él retrocede apenas medio paso y ella ya está girando para clavarle una rodilla en el estómago. No le da, pero estuvo cerca. Demasiado cerca.

Mi pulso se acelera.

No por miedo.


Salto entre los escombros, el polvo y las cenizas levantándose a mi paso mientras la estructura a medio derrumbar se tambalea bajo mis pies. Me deslizo entre las sombras como una segunda piel, el cuerpo tenso, los sentidos abiertos, el filo de la daga palpitando contra mi cadera.

Allí están.

El viento me azota el rostro a través de una de las ventanas rotas. Lo que veo me hace apretar la mandíbula.

Jon se estrella contra una pared de piedra con un rugido apagado. Seyra lo lanza como si fuera un muñeco de entrenamiento. Él se levanta de nuevo, claro, siempre lo hace, pero ahora...ahora ella le da un puñetazo que lo hunde en el suelo. Un segundo golpe le abre una brecha en la ceja. Está sangrando. Ella no es como los demás. Está entrenada. Experimentada.
Salvaje.

Y eso me da igual.

Tomo impulso desde la viga rota, mis botas resbalan sobre el polvo, pero no pierdo el control. Me lanzo desde la altura sin pensarlo. Un salto limpio. Silencioso. Como un cuchillo cayendo directo al corazón.

Mi brazo se cierra alrededor de su cuello, mi cuerpo se balancea como un peso muerto sobre su espalda. Saca un gruñido seco cuando la daga entra entre sus costillas, justo en el estómago, profundo y firme.

Seyra grita. No de rabia, no de guerra. De dolor. Vale... esto le duele.

Gira sobre sí misma con violencia. Me lanza. Me lanza con una fuerza brutal, como si fuera un trapo sucio. El aire se me vacía de los pulmones. Veo el suelo acercarse demasiado rápido, las piedras, el ángulo mortal.

Pero no impacto.

Unos brazos me atrapan en el último segundo. Firme. Seguro. Calor conocido.

-Hola-dice Jon, jadeando, con una sonrisa torcida en los labios partidos.

Lo miro. Estoy sudando, lleno de polvo, de sangre seca que no es mía. Y aún así, le devuelvo la sonrisa.

-Hola.


Jon me deja en el suelo con suavidad, como si no estuviéramos en mitad de una masacre. Apenas toco tierra firme cuando el viento se rompe sobre nosotros.

Seyra.

Vuela por encima de nuestras cabezas como una bestia enloquecida, la capa hecha jirones, el cabello empapado en sangre que no es suya. Sus ojos brillan, inhumanos. No sé qué es, pero sé que no es humana. Tal vez nunca lo fue.

-¡Cuidado!-grita Jon.

Rodamos a lados opuestos mientras ella aterriza donde estuvimos segundos antes, levantando una nube de polvo. Se gira, lista para matarnos.

Entonces lo hacemos.

Avanzamos juntos. Yo con mis dagas, él con sus puños, su cuerpo de acero moviéndose con una gracia imposible para alguien de su tamaño. Yo me muevo más bajo, más rápido. Soy una serpiente entre las piernas de un dios.

Mi daga de kriptonita brilla en mi mano. Su filo corto, exacto. Letal. Y al mismo tiempo, un problema. Un accidente y podría herirlo a él.

Así que bailamos.

Él por arriba, yo por abajo. Como si hubiéramos ensayado esto mil veces.

Jon golpea con el puño cerrado, y Seyra apenas logra cubrirse. Yo me cuelo por el lado ciego, rasgo su costado con una línea limpia. No grita esta vez. Se aguanta. Está empezando a aprender, a resistir.

Pero no es suficiente.

Ella se lanza hacia mí, veloz como una ráfaga. Jon se interpone. Su cuerpo es un muro, firme, irrompible. La detiene con un zarpazo brutal. Gime. Retrocede. Sangra.

Mis ojos buscan los suyos.

-¡Ahora!-grita.

Y yo entiendo.

Me lanzo hacia ella con toda la fuerza. Mi daga atraviesa la carne de su muslo mientras Jon la sujeta desde atrás. Gruñe. Se retuerce. Me lanza una patada que me saca el aire. Pero no suelto la daga.

No puedo.

-¡Damian!-Jon me llama.

Me levanto con la respiración cortada. Mi visión tiembla, pero mis manos siguen firmes. La kriptonita todavía no ha tocado su piel. Gracias a los dioses.

Vuelvo a mirar a Seyra. Está de rodillas. Jadeando.

Pero no ha terminado. Aún no.

Y nosotros tampoco.

Jon

El sonido de nuestras pisadas se mezcla con el eco de las espadas chocando a nuestro alrededor. Damian y yo nos movemos como dos extremos de un mismo filo: él, ágil, certero, letal; yo, contenido, pero firme, usando mi fuerza sin desbordarla. No quiero herirlo, ni que me toque la daga que brilla entre sus dedos. La kryptonita palpita como un corazón verde, y él la mantiene alejada de mí sin necesidad de mirarme. Confía en mí. Confío en él.

Seyra nos observa con una sonrisa torcida. Sus ojos parecen anticiparse a cada uno de nuestros pasos, cada ataque, cada quiebre en nuestros patrones. Nos lanza hacia los escombros, nos arrastra en su danza feroz, como si el tiempo le murmurara secretos antes de que sucedan. Me pregunto, entre esquiva y esquiva, si acaso es posible. ¿Puede ver el futuro? ¿Aunque sea solo un parpadeo por delante? ¿Una milésima de segundo que marque la diferencia entre la vida y la muerte?

O tal vez —y esta idea me hiela la espalda incluso en medio del calor del combate— simplemente ha pasado siglos perfeccionando su cuerpo para esto. Para matar. Para resistir. ¿Cuántos años tiene? ¿Cien? ¿Doscientos? Su rostro no revela más que treinta, pero he conocido seres que ocultan siglos tras ojos jóvenes. Quizás ni Kael sabía realmente quién era ella. Quizás lo usó, lo guio, y lo dejó creer que mandaba… mientras ella acumulaba poder en silencio.

Damian lanza una daga que roza su mejilla. Una gota de sangre cae y Seyra sonríe, como si lo hubiese estado esperando. Como si hubiera querido sentirla.

-Tan jovenes-dice, girando sobre sí misma y embistiéndonos con una ráfaga de fuerza tan precisa que ambos tenemos que retroceder-No sabéis a lo que os enfrentais.

Damian no responde. Yo tampoco. Porque ya lo sabemos. Porque eso que hay delante de nosotros no es solo un soldado fiel. Es una sombra de otro tiempo. Y, ahora, una sombra que ha elegido revelar de qué está hecha.

Damian

Siento el ardor en mis costillas cada vez que respiro, y una punzada en el hombro izquierdo que me obliga a tensar la mandíbula. Debí caer mal cuando Seyra me lanzó, pero no tengo tiempo para evaluar la gravedad de mis heridas. No ahora. Me deslizo entre los escombros, apoyándome en lo que queda de una columna partida para impulsarme hacia otro adversario.

Uno de los soldados intenta pillarme por la espalda, pero giro el torso con una precisión forzada y le clavo la daga justo entre las costillas. La kriptonita hace su trabajo. No es un kryptoniano, pero esta aleación especial corta más profundo que el acero común. Me separo antes de que caiga al suelo.

Agradezco haber traído tres dagas. A esta altura, una sola habría sido insuficiente. La segunda ya la tengo en la mano izquierda, mientras la tercera permanece oculta, su peso familiar contra mi espalda baja, por si acaso.

Esquivo una lanza, me agacho, ruedo, y desde abajo lanzo un tajo rápido al muslo de otro enemigo. Cae con un grito ahogado, y yo no me detengo. No puedo.

Miro de reojo a Jon, que continúa peleando con una fiereza casi sobrehumana. Su energía es inagotable, pero incluso él tiene límites. Sé que lo empujarán hasta el borde. Y sé que no voy a permitir que llegue ahí solo.

Me obligo a ignorar el dolor. El ardor en mi pierna. La sensación de sangre pegándose a mi piel. Es secundaria. Todo es secundario.

Porque todavía quedan enemigos. Y yo todavía tengo dagas.

Jon

Seyra no se detiene.

Las heridas en su cuerpo serían mortales para cualquiera. Yo mismo la vi sangrar, vi la punzada de la daga de kryptonita atravesarle el costado, pero sigue ahí, moviéndose como si nada de eso importara. Como si el dolor no fuera más que una brisa rozando su piel curtida. No jadea. No tiembla. No retrocede. Su mirada es fija, insaciable.

Y aún así, no nos detenemos.

Damian se mueve a mi lado, y juro que por un momento lo siento como una extensión de mí. Cuando yo ataco por la izquierda, él ya está girando hacia la derecha, apuntando a la abertura que dejo. Cuando me elevo en el aire, él ya ha girado una de sus dagas para lanzarla desde abajo, obligándola a retroceder. No hablamos. No nos damos órdenes. No hace falta. Nos leemos con la mirada, con los pasos, con el ritmo compartido de esta batalla.

Las dagas de kryptonita siguen haciendo su trabajo. Cada vez que rozan la carne de Seyra, ella aprieta los dientes y sus movimientos se tensan, como si su cuerpo comenzara, poco a poco, a perder ese halo inquebrantable.

Pero no se rinde.

Sigue atacando, bloqueando mis golpes incluso antes de que se materialicen, esquivando mis ráfagas de aire, contorsionando su cuerpo con una precisión que hiela. Y sin embargo, yo también me adapto. Mi rabia no me ciega. Mi miedo por Damian no me frena. Me concentro en cada gesto, en cada fibra que se mueve en su rostro, en cada mínimo cambio de peso en sus piernas antes de lanzar una patada.

Y Damian… Damian parece estar un paso adelante conmigo. Él no tiene mis sentidos, ni mi fuerza, pero tiene una mente afilada como esas dagas que lleva escondidas por todo el cuerpo. Es como si hubiera estudiado cada una de mis peleas. Me cubre. Me lanza armas cuando necesito. Y cuando Seyra gira para atacarme con una velocidad que haría temblar a cualquier humano, él se cruza en el camino y la intercepta con una estocada limpia, firme, que le arranca un grito.

La sangre de Seyra vuelve a manchar el suelo.

Y por primera vez…duda.

Lo veo. Lo sentimos. Una mínima vacilación. El cuerpo de alguien que empieza a comprender que quizás no va a ganar.

Damián

El suelo bajo nuestros pies tiembla. Un sonido profundo, como un rugido contenido en la piedra, recorre el salón hasta que una de las grandes vigas del techo se desploma hacia un lateral, arrastrando consigo parte de la estructura. El impacto hace que todo el suelo colapse como un cuerpo sin esqueleto.

Actúo sin pensar. Mis manos se aferran a una viga de madera astillada que aún resiste, colgando sobre el abismo formado por el derrumbe. El aire está cargado de polvo y gritos. La sangre martillea en mis oídos. Siento el ardor de una herida abierta en el costado, pero no tengo tiempo para preocuparme.

Miro hacia abajo.

Los soldados de Noctaris se mueven como si hubieran nacido en este tipo de caos. Se sujetan a los escombros con agilidad felina, trepan, se deslizan, sobreviven. Los de Solarys…no. Algunos caen. Otros intentan volar, pero no todos lo logran. Sus gritos se pierden entre las nubes de polvo.

Jon sigue arriba.

Él pelea aún con Seyra, suspendidos ambos entre vigas rotas, columnas tambaleantes y el espacio abierto que ha dejado el colapso. No puedo seguirle. No soy él. No vuelo. No salto como un dios. Soy un hombre con dagas y reflejos. Así que lo dejo.

Confío en él. Confío en que podrá. Porque yo ahora tengo que sobrevivir aquí abajo.

Tomo impulso y salto hacia una pasarela rota que aún resiste. Al aterrizar, el golpe me recorre los tobillos y la espalda. Me duele todo, desde los músculos hasta el orgullo. Pero me obligo a mantenerme en pie.

Y entonces lo veo.

Mi hermano, está peleando con dos enemigos a la vez. No ha caido con el resto...Lo observo un instante, justo antes de lanzarme hacia él. Mi daga corta el aire, intercepta un ataque, y me coloco a su espalda.

-¿Has tardado, no?

-Estaba colgando de una viga, disculpa si no llego volando-
respondo, girando para cubrir su flanco.

Luchamos codo a codo. Y entonces, por el rabillo del ojo, más allá del humo y el combate, lo veo.

Conner.

El otro. El alfa. El idiota con sonrisa de héroe.

Ahora él está junto a Jon, luchando en su altura, entre ruinas flotantes y plataformas inestables. Ha ocupado mi lugar, aunque sea solo por ahora. Y no puedo evitar sentir algo frío y punzante justo debajo del esternón.

Sí, es verdad que Conner es el hermano de Jon. Un alfa poderoso, veloz, con fuerza descomunal y un instinto de lucha pulido en cada músculo. Quizá es el más adecuado para combatir a su lado en ese momento. Lo veo moverse con soltura, respondiendo cada golpe de Seyra, adaptándose al ritmo inhumano del combate como si fueran dos predadores en la misma frecuencia. Sus ataques son brutales, su defensa casi perfecta. Son compatibles en el campo de batalla… lo sé.

Pero hay algo en mí —algo que se hunde hondo en la raíz misma de mi alma— que no quiere aceptarlo. Una parte visceral, como una punzada en el centro del pecho, que me grita que soy yo quien debe estar ahí. Que soy yo quien puede cubrirle la espalda mejor que nadie.

Así que mientras ayudo a Tim a contener a los soldados de Noctaris, mientras mis dagas se hunden en sus armaduras y mi cuerpo se mueve con precisión dolorosa —porque me duele, me duele todo, hombro, las costillas, muslo izquierdo—, no puedo evitar que mi mirada se desvíe una y otra vez hacia donde está Jon. Mi corazón late con furia al verlo volar, esquivar, golpear con esa potencia que haría temblar a los mismísimos cielos.

Y sin embargo, no puedo evitar preguntarme: ¿Me necesita ahí?

¿O soy yo quien necesita estar ahí por él?

No hay tiempo para responderlo. Una lanza silba en mi oído y la esquivo por poco para bloquear el siguiente ataque. Tim me cubre las espaldas como hace años, como siempre. Y en medio del caos, cuando nuestros cuerpos giran para atacar al unísono, murmura entre dientes:

-No le pasa nada, Damián… Jon estára bien.

Yo no respondo. Pero sé que lo ha notado.

Y eso me enfurece más de lo que debería.

Jon

El aire arde en mis pulmones y el suelo bajo mis pies ya no es más que escombros y grietas. Me muevo entre el caos con Conner a mi lado, y por primera vez en mucho tiempo, peleamos juntos como cuando éramos niños… pero ahora es diferente. No hay juegos, no hay entrenamiento. Esto es real. Esto es sangre.

Seyra sigue de pie. A pesar de las heridas, a pesar de todo lo que le hemos lanzado encima, no cae. Es como si la rabia le diera fuerza. Como si el odio fuera su motor. Mi cuerpo duele, cada músculo agotado, pero sigo avanzando, esquivando por puro instinto. Conner lanza golpes certeros, su fuerza devastadora abre camino mientras yo me encargo de los huecos, de los ángulos que ella no ve venir.

Pero Seyra aprende. Se adapta. Sus movimientos se vuelven más precisos, más crueles. En un descuido, su brazo se enrosca en torno a mi cuello, apretando. Todo se vuelve confuso. Siento mis pies dejar el suelo, siento la presión aumentar. Mis pulmones gritan. Mis sentidos se oscurecen.

Y entonces un crujido.

No el de mi cuello. No el mío.

El de ella.

Sus ojos se abren, sorprendidos. Y justo detrás de ella, Conner. Su brazo aún extendido. El gesto congelado tras el movimiento final. La fuerza con la que le ha roto el cuello ha sido suficiente para detener incluso el eco de sus gritos.

Seyra se tambalea y cae.

Yo respiro con dificultad, mi cuerpo recupera el oxígeno a trompicones. Me arrodillo en el suelo, con la vista fija en ella. Su rostro, ya sin vida, parece… tranquilo. Casi satisfecho.

-¿Lo has visto?-Le pregunto con el ceño fruncido, respirando con fuerza.

-¿El qué?

-Creo que esto es lo que ella quería.

-¿Morir?

Asiento, sin poder hablar bien aún. No estoy seguro de lo que he visto. Pero algo en su mirada, justo antes de morir, me dio la sensación de que había cumplido con algo. Como si esta muerte no fuera derrota sino el destino.

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