Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

7

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Damian

Cuando la batalla acaba, y el eco del último cuerpo cayendo se desvanece entre las piedras manchadas de sangre, levanto la vista. El humo aún se arrastra entre las columnas rotas, y la ceniza cae como si nevara.

Entonces lo veo.

Jon llega volando. Rápido, como una exhalación contenida demasiado tiempo. Y no va hacia su hermano. No va hacia los soldados de su reino.
Viene a mí.

A mí.

Aterriza a un metro de distancia, pero apenas toca el suelo, sus brazos ya me envuelven, rodeándome con fuerza, con urgencia. Me aprieta contra su pecho como si tuviera miedo de que desaparezca entre las ruinas.

-¿Estás bien?-pregunta en voz baja, que vibra contra mi oído.
Siento su respiración nerviosa, su cuerpo todavía lleno o de tensión.

Le doy una palmada firme en la espalda.

-Estoy bien-respondo.

Jon

Volver al reino no se siente como lo imaginé. El cielo está despejado, los muros de Solarys se alzan como siempre... pero todo me resulta ajeno, incluso bajo este sol que debería calentarme el pecho. Caminamos entre las columnas de mármol y estandartes dorados, cruzando el camino que lleva directo al salón del trono, y todo me parece más frío que antes.

Damian camina delante, al lado de Tim. No me ha dirigido la palabra desde que dejamos el campo de batalla. Va con la mirada firme, pasos exactos. Como si nada lo hubiese tocado.

Conner, en cambio, camina a mi lado. Me mira de reojo de vez en cuando, en silencio, quizás esperando que diga algo. Pero no lo hago. Tengo un nudo tan apretado en la garganta que cualquier palabra saldría como un lamento. Así que solo asiento con la cabeza cuando nuestras miradas se cruzan.

Me arde no tener a Damian cerca. No porque lo necesite pegado a mí como una sombra, sino porque... después de todo lo que pasamos, todo lo que hicimos juntos... pensé que al menos me sostendría la mirada.

Pero no lo hace.

No hasta que estamos ante mis padres. Hasta que le toca hablar.

Y entonces, su voz aparece, fuerte y clara, como si no llevase horas callando. Como si no hubiese sangre seca en sus guantes, ni marcas nuevas debajo de su ropa. Les da el informe como quien entrega un parte de guerra, sin emociones, sin una sola grieta. Habla de Kaelvar. De Seyra. De la caída de la estructura. De las bajas.

Yo lo escucho sin apartar la vista de él. Sin entender del todo cómo puede sonar tan entero cuando yo todavía tengo temblores en las manos.

Clark asiente, Lois lo observa en silencio. Yo me quedo detrás, quieto. Mirando su perfil y preguntándome si todo lo que vivimos en ese infierno de batalla quedó enterrado ahí, entre los escombros.

Si para él ya se acabó.

Damian

Los días siguientes son un desfile de rutina y silencio. Jon pasa la mayor parte del tiempo en la enfermería del ala este, rodeado por sanadores, vendajes y tónicos que huelen a hierbas fuertes. No me gusta ese olor. No me gusta cómo caminan sobre él con manos cuidadosas, como si se fuera a romper. Aunque una parte de mí entiende que, por dentro, ya está roto en mil formas que ni yo sé nombrar.

Lo observo desde lejos a veces. A través de los cristales de las puertas. O mientras paso por los pasillos fingiendo que solo estoy de paso. A veces duerme. A veces habla con Conner, o con uno de los guerreros de su escuadrón. Pero no conmigo.

Yo entreno con Tim en los patios traseros. Cada mañana, cada tarde. Espada, puño, resistencia. Me esfuerzo más de lo habitual. Como si el dolor físico pudiera diluir el otro. Como si pudiera olvidar su mirada al aterrizar en el reino. O el modo en que no buscó mi mano en ningún momento.

Tim me lanza una estocada rápida. Bloqueo por instinto, con un chasquido metálico.

-Parece que estás más en forma -murmura, girando la espada en la mano con soltura.

-No me gusta oxidarme.

Intercambiamos golpes otra vez. Él me obliga a retroceder. Sabe leerme demasiado bien.

-¿Vas mucho a ver a Jon no crees?-pregunta, casi como si fuera casual. Pero es burla.

-No. Solo cumplo con mi papel -respondo rápido. Demasiado rápido.

Tim se detiene. Baja la espada. Me mira como si viera a través de mí.

-Claro-dice, con esa media sonrisa que no necesita explicarse-Solo tu papel.

Y vuelve a la postura de guardia.
Yo también. Pero el equilibrio ya no está en mis pies. Está en su mirada, en mi silencio.
Y en la forma en que, cuando me vuelvo hacia el ala este, el impulso de caminar hacia ahi me llena.

Jon

Estoy harto. No solo del té con olor a menta quemada o de los vendajes que tiran de mi piel cada vez que respiro. Estoy harto de estar aquí, encerrado entre estas cuatro paredes que huelen a desinfectante y a silencio.

La curación de las costillas es lenta. Dicen que por el esfuerzo mágico el tejido se volvió más sensible. Que necesito reposo. Que si me muevo demasiado podría desestabilizar mi centro. Que si quiero volver a volar, tengo que esperar.

Pero nadie entiende lo que es estar atrapado en un cuerpo que quiere saltar del tejado más alto solo por sentir viento en la cara.

Estoy sentado en la cama, con una camisa suelta y los pies colgando, mirando por la ventana. El cielo está despejado. Casi puedo imaginar cómo sería correr, saltar... luchar. La puerta se abre sin previo aviso.

Y es él.

Damian.

Mi corazón da un vuelco antes de que mi mente pueda ponerle freno. Sigue siendo así. Sigue entrando en mí como una tormenta que no sé cómo apagar. Está vestido con ropa de entrenamiento, y el pelo revuelta. Huele a madera, sudor y metal.

Cierra la puerta detrás de sí sin decir palabra.

-¿Has venido a ver si sigo vivo? -pregunto.

Él me observa unos segundos, sin moverse.

-Quería asegurarme de que no te habías escapado.

-Estuve a punto esta mañana-Me echo hacia atrás un poco, resintiéndome del dolor en las costillas.

-¿Te duele mucho?

-No. Solo me arde el alma de tanto estar aquí encerrado.

Él camina despacio hacia mí, cada paso medido. Se detiene justo a un metro. Sus ojos recorren mi cuerpo, quizás buscando moretones nuevos o señales de que me estoy deshaciendo sin que nadie lo note.

-Podrías haber muerto, Jon...Te arriesgarte mucho para que yo no recibiera algunos golpes.

-Podríamos haber muerto todos. Pero no lo hicimos.

-Eso no me consuela.

Me río, pero no porque me haga gracia. Lo miro fijamente.

-¿Has venido a discutir?

-No.

Silencio.

-Entonces... ¿has venido verme?

Damian traga saliva. Su mandíbula se tensa. No responde enseguida. Luego, con un susurro apenas audible:

-Sí.

Ese sí me desarma. Me siento más vivo que en todos estos dias atras. Y, sin pensar, extiendo la mano. No digo nada. Solo la dejo allí, suspendida.

Él duda.

Y luego la toma.

Su palma encaja con la mía como si no hubiera pasado el tiempo, como si no nos hubiéramos roto ni una sola vez.

No sé cuánto tiempo pasamos así, sin hablar, sin movernos. Solo sé que, por primera vez en días, no me siento preso de estas paredes.

Solo estoy en casa.

-Entonces…¿no hay besito?-digo, sin soltarle la mano y alzando las cejas con una sonrisa.

Damian me atraviesa con la mirada. Esa que normalmente haría temblar hasta al más curtido de los soldados. Pero yo ya tengo las defensas hechas polvo.

-No-responde con frialdad.

-¿"No por ahora", o "no porque estamos en presencia de los dioses y podríamos ser castigados por exceso de pasión"?-bromeo, inclinando la cabeza hacia un lado-Porque, recordemos, somos esposos. Damian suspira.

Como si llevar mi humor colgado al cuello fuera peor que todas las batallas que ha librado.

-Fue un matrimonio político.

-Un matrimonio es un matrimonio. Eso ya me hace Rey Consorte de Noctaris. ¿Quieres que empiece a usar una corona de tu reino?-Sonrío de oreja a oreja-Y ya que somos una alianza sagrada, yo creo que un beso es lo mínimo que esperaría el pueblo. ¿Por qué no dar ejemplo?

-Porque si te beso-dice, acercándose un poco-vas a creerte con derecho a exigirme el desayuno en la cama, canciones en laúd y paseos a caballo bajo la luna llena.

-¿Y si te digo que me lo creo igual?

-Entonces confirmarías que estás más grave de lo que pensaba.

Me río, y esta vez no duele tanto.

-Vamos, Dami. Ya hemos sobrevivimos a lo peor. ¿Qué es un besito comparado con eso?

Él se inclina apenas, y por un segundo, creo que va a hacerlo.

Pero no.

En vez de eso, me da un golpecito con dos dedos en la frente.

-Sána primero. Luego hablamos de “besitos”.

-Anotado en mi lista de recuperación:
1. Respirar sin que me duela.
2. Caminar.
3. Conseguir un beso de mi esposo emocionalmente reprimido.

Damian ya va hacia la puerta, pero antes de salir, lo escucho murmurar:

-No está tan lejos el número tres como crees.

Y entonces cierra la puerta.

Y yo me quedo sonriendo como un idiota. Porque en los años antiguos o no, con guerra o sin ella… eso fue una promesa.

Damian

¿Por qué he dicho eso?

Camino por el pasillo con los puños cerrados, la mandíbula apretada y el eco de mi propia voz rebotando en mi cabeza como un insulto.

“No está tan lejos el número tres como crees.”

Joder.

Me he dejado llevar. Por su sonrisa, por esa maldita manera que tiene de mirarme como si yo no fuera el arma que he sido toda mi vida. Como si detrás de todo esto hubiese… algo más.

Pero no lo hay.

Lo nuestro no es real. Es una alianza. Una estrategia. Una unión impuesta por los reyes para evitar una guerra abierta. Pura diplomacia, con un poco de ceremonia encima.

Y él lo sabe.
Jon no es estúpido.

Aunque me mire como un cachorrito cuando me acerco. Aunque se ría como si de verdad esperara que le regale una flor o le tome la mano. Aunque el idiota me haya robado un beso en ese maldito juego en la celebración de la tregua.

No va a volver a pasar.
No pienso besarlo.
A menos que sea estrictamente necesario.
Como parte de una actuación, una misión, un ritual antiguo en el que besar a tu cónyuge salve un reino o impida una maldición.

Sí, solo así.

Y ni siquiera estoy seguro de que lo haría con ganas. Solo protocolo.

Y si estoy apretando los dientes tan fuerte que me duele la sien, no es por rabia. Es para no pensar en cómo fue cuando sí me besó.
Ni en que, por un segundo, deseé que lo hiciera otra vez.

Jon

Cuatro días han transcurrido desde aquella conversación. Cuatro días desde que me atreví a pedirle un beso a mi “esposo”... y, que conste, lo lamento. De verdad que me avergüenzo. Como el mismísimo Sol es testigo, jamás debí dejar que semejante estupidez escapara de mis labios.

No hemos hablado más del tema. Que quede sepultado como los viejos reyes bajo las catacumbas del castillo.

Estoy completamente recuperado. Las costillas ya no duelen, las heridas han cerrado, y los sanadores me han dado su bendita aprobación para levantarme, andar y volver a mis obligaciones. Lo que no han sanado, sin embargo, es el bochorno que me acompaña desde aquel instante maldito.

¿En qué momento se me ocurrió que era buena idea hacer esa pregunta con tono de broma?

“¿Entonces no hay besito?”
¡Por todos los astros!

Si el suelo se hubiese abierto en aquel instante, habría aceptado gustoso el descenso eterno con tal de no ver la cara de Damian. Su mirada fue todo lo que no necesitaba: fría y seca.

A veces olvido que él es de otra pasta. Forjado en la guerra, educado con hierro, programado para no dejarse llevar. Y yo… bueno, yo soy un poco más corazón que razón. Un poco más torpe también, según mi madre; Eres como un diamante.

Ahora camino por los pasillos como un alma rehabilitada, con la capa limpia, pecho recto y una resolución firme: no volver a abrir la boca para tonterias.

Lo nuestro es un acuerdo, una alianza política entre Solarys y Noctaris. Nada más.

Y si en algún rincón de mi corazón quedaba una chispa de ilusión, la he dejado bien guardada junto a la pregunta que no volveré a repetir. Jamás.

Que no se diga que los hijos del Sol no aprenden de sus errores.

Damian

Estoy entrenando en el patio de piedra, justo al amanecer. Mis músculos duelen por el esfuerzo, pero es un dolor necesario. Controlado. El tipo de dolor que yo escojo. La hoja de mi espada silba en el aire con cada giro, y el sudor me baja por la espalda en finas líneas que no me distraen. Nada lo hace.

Hasta que me interrumpen.

-Príncipe Damian-dice un escudero, jadeando tras haber corrido hasta mí-Os requieren en la sala del consejo.

Me limpio la frente con la parte interior del antebrazo, guardo la espada en su vaina y asiento sin decir palabra. El silencio es más eficiente que cualquier muestra de descontento.

Cuando llego, las puertas de madera tallada se abren con un crujido. Dentro están todos: los reyes Lois y Clark sentados en sus tronos menores, Conner a su derecha, con ese aire medio militar, medio despreocupado. Mi hermano ya está en su sitio, dándole golpecitos a la mesa con un anillo. Jon está al fondo, junto a uno de los ventanales, con las manos cruzadas tras la espalda como si llevar ropa formal no le resultara tan incómodo como a mí.

-Príncipe Damian-saluda el rey Clark-Os agradecemos que hayáis venido tan pronto.

-Decidme qué ocurre-respondo, directo.

La reina Lois se inclina un poco hacia adelante, los dedos entrelazados.

-Queremos anunciar algo. Tras la victoria en el norte, y el cumplimiento de la alianza entre nuestros reinos, hemos decidido celebrar un baile.

…Un baile.

Parpadeo una vez.

-¿Un baile?-repito, para asegurarme de haber oído bien.

-Una celebración oficial-aclara Conner, con esa sonrisa suya que usa para desarmar tensiones-
Mostrar fuerza, unidad. Y para que los nobles de ambos reinos vean a sus príncipes unidos.

La palabra "unidos" hace que mi mirada se desvíe un segundo hacia Jon. Él no me está mirando. O sí, pero finge que no.

-Será dentro de tres noches-añade la reina-Vuestra presencia como pareja real es esencial.

Trago saliva. Quema, aunque no lo demuestre.

Asiento con la cabeza una sola vez.

Y si Jon sigue mirando por esa ventana, supongo que él también.

Jon

Que haya un baile conlleva muchas cosas. Demasiadas, en realidad.

No es simplemente música y comida como en las historias que se cuentan a los niños antes de dormir. Aquí todo es más complicado, más ceremonial. Un baile en el palacio real de Solarys es un asunto de Estado, con implicaciones políticas, alianzas reforzadas, observadores de cada rincón del continente y sonrisas que ocultan cuchillos.

La mañana siguiente al anuncio, me despiertan con un rollo de telas sobre el pecho.

-Vuestra alteza debe escoger qué color desea vestir para el baile -me dice un sirviente, sin ni siquiera saludar con cortesía.

Y así empieza el desfile.

Ropas por todas partes: capas largas de terciopelo bordado, casacas con botones de oro envejecido, pantalones de corte alto y botas lustradas como espejos. Una de las túnicas tenía grabado un sol que me cegó sólo con verlo al reflejarse en la luz. Literalmente. Me tuve que cubrir los ojos.

-Esto no es necesario-le digo a uno de los encargados.

-Es costumbre-responde con frialdad-Y tradición.

Flores. Aparecen por todas partes. Ramos grandes y fragantes, de aquellas que sólo florecen una vez al año y que perfuman el aire como si fuera una primavera mágica encerrada en cuatro muros. En las columnas, en los balcones, incluso en los estandartes que cuelgan del techo. Los colores del reino se entrelazan con los de Noctaris, como si eso bastara para demostrar unión.

Decoración en cada rincón. Lámparas de aceite con cristales tallados, mesas cubiertas de telas bordadas a mano, músicos ensayando en el patio interior donde el eco los convierte en algo más que humanos. Y yo, en medio de todo eso, sintiéndome como un jarrón caro al que todos quieren mirar pero nadie se atreve a tocar.

Lo peor no es la ropa, ni las flores, ni la política disfrazada de celebración.

Lo peor es saber que tengo que bailar.

Con él. Con Damian.

Y no sé si me pisan los zapatos o el corazón.

Damian

La ropa que me han puesto para el baile es…ajustada. Extremadamente ajustada.

El jubón negro está hecho de un tejido grueso, bordado con hilos plateados que dibujan figuras abstractas de lunas y hojas. Me aprieta el pecho como si el sastre esperara que mi respiración fuera decorativa. Las mangas terminan en unos puños que me rozan los nudillos, y el cuello tiene una leve alzada que me hace sentir como si estuviera atrapado en un corsé para nobles resignados. El pantalón es igual de entallado, con botas de cuero que llegan hasta casi la rodilla. Todo en conjunto me da el aspecto de un maldito maniquí de guerra.

-¿Te vas a desmayar antes del segundo vals o después?-
pregunta Tim desde la cama, con una sonrisa descarada mientras se come una manzana como si no llevara una camisa medio abierta que le queda perfectamente.

-Esto no es ropa-gruño, ajustándome la parte del pecho-Es una trampa mortal con bordados.

-Por eso te ves tan elegante. Vas a dejar a más de uno sin aliento.

-Si me falta el mío primero, será por esta cosa-tironeo del cuello-¿Y por qué el sastre de Solarys odia tanto a los de Noctaris?

Tim se encoge de hombros, masticando con lentitud teatral.

-Quizás porque no soportan que incluso con la ropa apretada te veas mejor que medio salón.

-Tim...

-¿Qué? Es una observación táctica -dice con una sonrisa burlona-Además, vas a bailar con tu marido. Deberías estar agradecido de que te hayan dejado el culo tan bien enmarcado.

-No voy a responder a eso.

-Lo harás cuando él te mire. ¿Quieres apostar?

Le lanzo un cojín, pero él lo esquiva con la gracia de quien está demasiado acostumbrado a provocarme.

Yo, mientras tanto, intento respirar profundamente sin que se reviente una costura.

Maldito sea este baile.

Jon

El lazo del cinturón cae al suelo con un golpe sordo, y lo siguiente es el jubón, que arrastro por los hombros con la rabia contenida de dos días siendo un muñeco de  para florista entusiasmadas y modistas que no saben lo que es el espacio personal.

Suspiro con fuerza mientras me paso una camisa más ligera por la cabeza. Las ropas de combate me sientan como un viejo amigo: cuero flexible, piezas de metal en los antebrazos, botas firmes que hacen ruido al caminar. Esto soy yo. No la figura decorativa de un matrimonio por alianza.

Dos mañanas enteras. Dos.
Piel tirante por el exceso de telas, perfumes en la nariz, gente hablándome sin pausa de flores, tonos de azul y comidas con nombres que no recuerdo. Necesito moverme. Golpear algo. Sentir que mi cuerpo es mío otra vez.

Me echo el pelo hacia atrás y, sin perder el paso, salgo de la habitación en dirección al ala de entrenamiento.

Siento la adrenalina ya despertando en la sangre.

Damian

Las cintas del jubón se deshacen con la misma facilidad con la que pierdo la paciencia. Tiro la prenda sobre la cama sin ninguna delicadeza y me paso una mano por el cuello, que ha quedado rojo de tanto roce. El pantalón ajustado lo lanzo después. Si tengo que volver a ponerme eso, juro por la Luna que desertaré de mi propio matrimonio.

Ropa de combate. Finalmente.
Daga al muslo derecho.
Guantes reforzados.
Libertad.

No puedo con otro comentario sobre el corte del mantel o la tela de las servilletas. No soy un adorno de salón. No fui entrenado para decir que las flores de cristal combinan con la iluminación.

Necesito descargar.
No quiero pensar.
Solo quiero acción.

Empujo la puerta de la sala de entrenamiento… justo para encontrarme con Jon al otro lado, afilando la mirada y haciendo un leve estiramiento de cuello.

Lo miro. Me mira.
Y sin decir palabra, sé que sentimos lo mismo.

-¿Tú también?-pregunta él, arqueando una ceja.

-Dos días-respondo-Dos malditas mañanas.

-Te dejo el lado izquierdo-dice, caminando hacia la arena.

-Tú no me dejas nada-respondo, afilando una sonrisa mientras saco una de mis dagas.

-Suele ser alreves

-Es verdad-Digo sonriendo

Ambos nos posicionamos.
Y el baile que realmente importa comienza.

Jon

El primer cruce de golpes retumba en la sala como una bienvenida. Mis botas resuenan con firmeza mientras avanzo, y Damian gira sobre sí mismo con la elegancia entrenada de un felino. No hay cuerdas, ni músicos, ni bordados de plata aquí. Solo cuero, acero y energía acumulada que al fin encuentra escape.

Lanzo un golpe directo al pecho, que esquiva agachándose con una precisión que roza lo irritante.

-¿Soy yo o te has vuelto mas lento? ¿Quizás es que ese pantalón te ha dejado secuelas? -bromeo.

-¿Te refieres al que tú mismo te has quedado mirando más de la cuenta?-responde sin mirarme, bloqueando mi puño con la daga.

Chasqueo la lengua. Espada en mano, retrocedo y giro. Él se mueve como si fuera parte del suelo, como si cada baldosa le perteneciera.

El siguiente golpe va con más fuerza. Me lanza contra la pared, pero en lugar de estrellarme, vuelo hacia arriba y caigo en picado, espada de entrenamiento en alto.

Damian lo ve venir. Salta hacia un lado y, en pleno aire, me lanza una daga. La desvío con la empuñadura de la espada.

Damian

El filo de mi daga choca contra el brazalete de Jon con un sonido metálico que reverbera en toda la sala. Él retrocede solo un paso, la sonrisa en sus labios curvándose con la misma arrogancia de siempre.

-¿Es lo mejor que puedes hacer, esposo mío?-espeta, con tono burlón, mientras gira y esquiva mi siguiente ataque con la facilidad de un felino.

Lo hace para aprobocar.

-Estoy midiendo tu ego antes de destrozartelo-respondo, lanzando una patada que él bloquea con el antebrazo.

Jon lanza un gancho, yo me agacho, deslizo una patada que apenas roza su tobillo. Ambos giramos. Caemos en el mismo ritmo.

-¿Estás sudando ya o aún te crees de cristal?-pregunto con una media sonrisa.

-Por lo menos no tengo que protegerme con dagas afiladas todo el rato-responde, sacudiendo el cabello de la frente mientras flota unos centímetros del suelo.

-Es para no ensuciarme directamente manos con tus lloriqueos.

Se lanza hacia mí de nuevo, y por un segundo me dejo llevar. No pienso. Solo reacciono.

Jon me golpea el lado con el hombro y me arrastra hacia una de las columnas. Me impulso en ella, salto, giro el cuerpo en el aire, y antes de que pueda alejarse demasiado, salto y me enganchó como si fuera un koala infernal.

Él se detiene a medio vuelo, sorprendido.

Mi daga está contra su cuello.
Él no parece preocupado.

Nos miramos. Respiramos.
Un silencio pesado se instala por un segundo, pero no hay tensión. Solo una energía contenida, casi eléctrica.

Entonces Jon sonríe.

-Cena conmigo.

Su vuelo de energía lo alzan más, y su cuerpo se inclina hacia atrás con deliberada provocación, los brazos extendidos como si flotara en una danza de fuego.

Yo me acerco aún más gracias a la gravedad que me empuja hacia adelante, la daga aún sobre su piel.

-¿Qué crees que estás haciendo?-mascullo.

-Invitándote a cenar.

-Si lo hago, es para envenenar tu comida-respondo, entornando los ojos.

-Con tal de que cenes conmigo, me arriesgo.

El muy idiota sonríe más.
Me mantengo en silencio, porque cualquier cosa que diga solo lo alentará. Y si no lo detengo ahora probablemente termine aceptando.

Así que, en lugar de hablar, empujo con la daga apenas un milímetro, lo suficiente para hacerlo reír.

-¿Eso es un sí?-pregunta.

-Eso es un “no me hables hasta que me ganes sin flotar como una nube”.

Jon

-Perfecto-contesto, aún flotando con calma- Te aviso que las nubes no pelean tan bien como yo.

Damian sigue encima de mí, su daga aún contra mi cuello, las piernas firmes alrededor de mi cintura. El tiene una estabilidad que ni un gato en tejado de mármol.

-No voy a cenar contigo-dice, seco, apretando un poco más la hoja.

-¿No?-alzo las cejas, sin perder la sonrisa-¿Y qué tengo que hacer para que aceptes?

Mis manos, que tiemblan por los nervios o por otra cosa más difícil de admitir, se posan con lentitud en su cintura. A través de la tela, siento la tensión de sus músculos. Está tan firme como una estatua de mármol. Pero cálido. Muy cálido.

Damian no se inmuta. Bueno, apenas. Frunce el ceño.

-Tendrías que pedírmelo de rodillas.

-Vale-respondo.

-Con una corona de flores sobre la cabeza.

-Perfecto, las recojo yo mismo.

-Y una carta escrita a pluma, con tinta roja, declarando tu devoción eterna por mi persona.

-Ya estoy redactando el borrador en mi cabeza.

-Y bailar con un vestido en la fuente del palacio. Al amanecer.

-Lo haría desnudo si con eso cenas conmigo.

-¡Jon!.

No me suelta.
No bajo.
Y sus ojos me miran como si no entendiera por qué no exploto de vergüenza.

Porque lo que no entiende, es que no soy capaz de decir nada coherente porque su culo está exactamente sobre mi polla. Como una condena que me han impuesto los dioses. Como si los antiguos me hubieran dicho: “pues vas a sufrir, hijo del sol, vas pecando con cada centímetro.”

Trago saliva.

Intento no moverme.
Intento pensar en cosas frías. Como nieve. Cadáveres. El pantano que lleva...

Damian me fulmina con la mirada.
Yo sonrío.

-Entonces... ¿hay cena o no? -pregunto con voz suave.

Él bufa, salta hacia atrás con agilidad felina y cae al suelo como si no acabara de sentarse encima de mis pecados.

-Puede.

Yo me quedo flotando en el aire, suspirando.
Maldiciendo las dagas.
Y a todos los dioses del firmamento por haberle dado ese culo.

Damian

Me voy directamente a la habitación de mi hermano. Tim está tirado en la cama, con un libro en la mano, los pies cruzados, leyendo como si el mundo no tuviera tiempo.

Sin pedir permiso —como de costumbre—me dejo caer a su lado, haciendo que el colchón cruja bajo mi peso. Me quito los guantes, los dejo sobre su pecho y me tumbo con un suspiro largo, mirando el techo como si allí estuviera escrita la solución a mi problema.

-Creo que entre Jon y yo está empezando a haber demasiada tensión sexual-digo, sin rodeos.

Tim baja el libro. Me mira.

-…

-Y no me hace gracia.

-Ajá-responde, con su expresión completamente neutra.

-No, en serio. No es gracioso. No quiero...eso. Lo nuestro es una alianza. Un matrimonio político. Una tregua entre reinos. Un maldito acto diplomático con flores y velas y canciones. No una excusa para que me mire con esos ojos de cachorro mojado después de pelear.

Tim asiente muy lentamente, dejando el libro en su pecho como si necesitara tener algo que lo mantenga conectado a la realidad.

-Y no es solo eso-continúo, girándome hacia él con el ceño fruncido-Hoy... ha pasado algo...

-¿algo?

-Me he quedado encima de el. Literalmente. Encima. Y el...ha puesto sus manos en mi cintura y despues a sonreído. ¡Y ha sonreido mientras le ponia una daga en el cuello!

-Wooo-pregunta Tim, ladeando la cabeza.

-Y despues me ha pedido que cenara con él.

-Qué monstruo.

-Tim-gruño.

Mi hermano suelta un suspiro, cierra el libro y lo deja a un lado.

-Mira, Damian, no quiero ser el aguafiestas de tu universo…pero ¿seguro que no te gusta? Porque te has tumbado aquí solo para contarme eso, y estás rojo. Como si hubieras corrido diez vueltas al patio.

-Es por el entrenamiento.

-Claro. El entrenamiento...Quizás lo que estas pensando es en que tu quieres....

-¡No lo digas!-me siento de golpe-¡Te lo estoy contando porque necesito ayuda, no porque me divierta!

Tim se echa a reír, suave, y me da una palmadita en la espalda.

-Hermano, creo que estás jodido.

-Estoy empezando a pensar lo mismo.

-¿Y si te acuestas con él?-dice Tim, como si acabara de sugerirme que probara una nueva infusión para dormir.

Me vuelvo a mirarlo, entre incrédulo y molesto. Él sigue tumbado a mi lado, tranquilo, como si no acabara de dejar caer una bomba entre mis sienes.

-¿Qué has dicho?-susurro, girando apenas el cuello.

-Que te acuestes con el, Damian. Lo he dicho bien claro. ¿Qué pasa? ¿Ahora vas a hacer como si fueras un virgen de un templo sagrado?-Tim estira los brazos por encima de la cabeza, con esa maldita expresión neutral que usa cuando quiere provocarme- No es como si nunca lo hubieras hecho. Tú no dudas cuando alguien te gusta, nunca lo has hecho. ¿Por qué con Jon sería diferente?

Me quedo callado. Un instante. Dos.

El fuego de las velas parpadea en el candelabro del techo, proyectando sombras largas sobre la pared. Fuera llueve. El tamborileo contra las ventanas no ayuda a que mi cabeza deje de dar vueltas.

-Porque no es igual, Tim-murmuro. Me paso la mano por la cara y me dejo caer otra vez de espaldas-No es como con los demás. No es solo físico. No es solo deseo. Es todo lo demás, todo lo que no puedo controlar. Jon me mira como si…como si esperara algo más de mí. Algo que no sé si puedo darle.

Tim me mira, pero esta vez sin burla. Solo escucha.

-Con los otros era diferente-
continúo-No me importaba si me olvidaban al día siguiente o si yo no recordaba su nombre después. Pero Jon… es mi "esposo" ante todos los reinos. Mi aliado. Mi…

-¿Tu qué?-Tim pregunta, sin juicio.

-Mi problema-respondo finalmente, cerrando los ojos.

Tim resopla. Luego, en tono bajo, dice:

-No es pecado desear. Y menos aún si el deseo es mutuo. Si te pasas la vida reprimiendo todo por mantener tu imagen de caballero perfecto, vas a reventar antes de cumplir los veinte.

-¿te recuerdo que tengo 23?-gruño.

-Entonces vas tarde.

Un silencio largo nos envuelve, solo interrumpido por la lluvia.

-No voy a acostarme con él-digo, al fin-No porque no quiera. Sino porque, si lo hago, no voy a saber cómo parar después.

Tim asiente. No dice más. Solo se incorpora, toma su libro y vuelve a leer, como si no acabáramos de tener la conversación más incómoda de la semana.

Yo me quedo tumbado, mirando al techo, preguntándome desde cuándo los problemas de palacio huelen a Jon y saben a su maldita sonrisa.

Nunca me importó con quién me desvelaba por las noches.

Ni sus nombres, ni sus historias, ni lo que esperaban de mí. No me interesaba si buscaban cariño o poder, si me miraban por quien era o por el apellido que cargo en la espalda. Siempre supe separar el cuerpo del alma. Siempre supe cerrar la puerta detrás, dejar el deseo entre las sábanas y seguir adelante como si nada hubiera pasado.

Pero Jon...

Jon es tan diferente.

Tan prohibido.

No por las normas, ni por los títulos, ni siquiera por esa maldita alianza que juramos bajo los dioses con una corona de hojas entre las sienes. Es prohibido porque, con él, me cuesta fingir que no siento. Porque, con él, hay una parte de mí que tiembla… y no es de miedo.

Sé que Jon habrá tenido también sus aventuras. Que no es un alma de bebé ni un inocente salvado de las pasiones. Lo he visto bromear con descaro, moverse con soltura en los pasillos del palacio, recibir miradas y devolverlas como si supiera perfectamente lo que hace. Es atractivo, lo sabe, y sabe usarlo.

Pero aun así… hay algo en él.

Algo intacto.

Una bondad inquebrantable que no entiendo. Como si, pese a las guerras, las heridas, las traiciones, todavía guardara un rincón del alma donde el mundo no ha tocado. Una luz que no se ensucia, una esperanza que no se marchita.

Y eso me jode.

Porque yo no tengo eso.
Porque yo no quiero ensuciarlo.

Ni con un beso, ni con una caricia, ni con nada que él no me pida mirando a los ojos.

Hay cosas de él que me cuesta ignorar.

Como su olor.

Jon huele a primavera. A ese momento exacto en que el invierno se rinde y las primeras flores se atreven a romper la tierra. Huele a viento tibio, a sol filtrado entre las hojas, a lo que imagino que debe oler la esperanza. No ese tipo de esperanza que se predica en altares o en discursos… sino esa que aparece sin que nadie la pida. Natural. Irracional. Insoportable.

Y sus ojos.

Dioses, sus ojos.

Azules. Brillantes. No como el hielo, como suelen decir en las canciones de amor que escribem y cantan en bares…sino como el cielo despejado en un día sin guerra. Ese azul que se queda en la retina. Que te mira y no acusa, no exige. Solo mira, como si buscará algo.

Y no debería afectarme.
No debería...pero lo hace.

Cada vez que entrenamos juntos, cada vez que su cuerpo se mueve junto al mío, que sus dedos me rozan por accidente o me empuja para esquivar una hoja enemiga, mi piel reacciona como si lo conociera de antes, de otras vidas. Como si reconociera su tacto y le gustara demasiado volver a sentirlo.

Es en esos momentos cuando siento que estoy en peligro.

No porque Jon sea un Alfa. No por su fuerza, ni por su voz, ni siquiera por su estirpe divina. Sino porque me hace olvidar que esto no es real. Que estamos jugando a ser aliados. Que esta alianza, este matrimonio, no fue escrito con amor, sino con sangre.

Y sin embargo…

Cada vez que nuestras armas se cruzan, cuando su aliento me alcanza el cuello y nuestras frentes casi chocan por la cercanía, una parte de mí olvida todo eso.

Y solo piensa:

Hazlo otra vez.
Rózame otra vez.
Solo un segundo más.

Jon

Después de ese momento con Damian, necesitaba aire.

Salí al establo, cepillé a Galán con las manos aún temblorosas y lo ensillé con la calma de quien busca distraerse de sí mismo. No le dije a nadie a dónde iba, ni pedí escolta. Solo monté.

Sé que no va a venir. Sé que no va a cenar conmigo. Y, por los dioses, no debería afectarme tanto.

Pero me afecta.

Guío a Galán por los caminos de piedra que serpentean entre las tierras del reino, hasta que los adoquines se vuelven tierra húmeda y el verde se alza alto y tupido. El bosque me recibe como siempre: con silencio entrecortado por pájaros, con la brisa que huele a corteza y hojas mojadas.

Aquí no hay protocolo.
Ni alianzas.
Ni coronas que pesan.

Aquí puedo dejar de fingir que soy un príncipe.

Respiro hondo. El cuero del arnés cruje con cada paso de mi caballo, y dejo que las riendas se aflojen un poco. Galán conoce el camino. Lo hemos recorrido muchas veces, sobre todo cuando necesitaba pensar o no pensar en absoluto.

Mientras cruzo el arroyo estrecho y veo cómo el sol comienza a filtrarse por entre las ramas, pienso en Damian. En cómo me miró...No creo que me odie.

Quizá por eso estoy aquí.

Así que cabalgo. Hasta que el corazón se me calme. O hasta que oscurezca. Lo que llegue primero.

El bosque tiene esa forma suave de abrazarme sin manos.

Entre la hojarasca y los murmullos del viento, empiezo a sentirme… feliz. No esa felicidad eufórica que llega como una tormenta, no. Es otra. Una más serena, como si mi pecho se llenara poco a poco de algo templado. Como si las ramas hablaran en voz baja solo para mí.

Galán se detiene junto a un claro. Le doy una palmada en el cuello y bajo de un salto. Las botas se hunden apenas en la tierra mullida. El arroyo canta a unos metros, y las motas de luz que cuelgan entre los árboles parecen fuego quieto.

Entonces lo veo.

Un pájaro.

De colores imposibles. Plumas azuladas como zafiros mojados, con destellos verdes y un pecho de un rojo cálido como el corazón de una llama. Se posa en una rama baja, apenas a un par de pasos de mí, ladeando la cabeza como si me reconociera.

-Hola…-susurro, sin saber por qué.

El ave no vuela. Se queda ahí, observándome con unos ojillos brillantes, negros como obsidiana. Y por un segundo, mi respiración se suspende. Hay algo familiar en él. No como si lo hubiera visto antes…sino como si lo llevara dentro.

Y entonces me asalta el pensamiento.

Los Titanes.

Mis antepasados.

Los seres antiguos, cuya sangre aún fluye por mis venas. Aquellos de los que nací no solo por nombre, ni por linaje, sino por poder. Por esencia. Por algo más antiguo que los reinos.

¿Qué dejaron en mí? ¿Qué parte de su alma aún canta cuando camino por estas tierras, cuando me acerco al río, cuando me adentro en el bosque?

La criatura alada suelta un trino. Uno agudo, extraño, que no parece de este mundo. Y antes de que pueda siquiera extender la mano, alza el vuelo. Pero no huye: gira en el aire sobre mí, y por un instante, juraría que su estela brilla con una luz dorada.

Sonrío.

Tal vez sí hay algo más grande dentro de mí. Algo que no es solo fuerza, ni título, ni deber.

Tal vez, solo tal vez… soy más que lo que creen.

Damian

El agua caliente me llega hasta el pecho. Las velas parpadean en las paredes de piedra, proyectando sombras doradas sobre la superficie del baño.
He echado a los sirvientes.
No quería manos ajenas.
Ni miradas.
Quería silencio.

Pero no hay paz en el silencio.

Apoyo la nuca contra el borde de mármol, dejando que el calor me relaje los músculos. Mis dedos, vagos, rozan la línea de mi abdomen con un propósito que no alcanzo a justificar. Un suspiro se escapa de mis labios. No es placer. Es desesperación contenida.

Su imagen.
No importa cuánto cierre los ojos, sigue ahí.

Jon.
El condenado heredero de Solarys, con esos ojos azules que arden como cielos de verano. Con ese olor a primavera tras la tormenta que me persigue incluso cuando se ha marchado de mi lado.
Ese aroma... dulce, fresco, casi salvaje.

Me persigue.

Y me irrita que me guste tanto.

En mi mente, lo veo como lo vi en el campo de batalla: jadeante, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, la piel sudada por el esfuerzo y sus mechones rebeldes sobre la frente. Cuando nuestras pieles se rozan, aunque sea en el combate, algo me tiembla por dentro. Algo que no quiero nombrar.

No debería ser así.

No con él.

Y sin embargo, aquí estoy, en el agua templada, con la respiración desacompasada, como si cada gota me recordara cómo se sentía tener su cuerpo tan cerca del mío. Su peso bajo mis piernas en el entrenamiento, sus manos temblorosas en mi cintura cuando jugaba a provocarme con una sonrisa.

Mi mano se detiene sobre mi abdomen.
No continúo.
No me atrevo.
Porque esta fantasía no me pertenece.

Y no quiero concederle ni un centímetro más.

Me hundo un poco más en el agua, como si eso pudiera apagar lo que arde por dentro.
Quizás solo necesito dormir.
Quizás necesito verlo menos.
Quizás necesito que deje de mirarme.

Maldito sea.

Jon

Me despierto bruscamente al escuchar los golpes en la puerta y una voz al otro lado:

-Mi lord Damián, sus padres han llegado.

Damian a mi lado se revuelve entre las sábanas, pero ya estoy sentándome, llevándome una mano al rostro aún medio dormido. Me toma un segundo recordar dónde estoy, qué día es, y por qué lo siento como si un peso me aplastara el pecho.

Claro.
El baile.
Sus padres.

Me levanto con pereza, camino hacia la jofaina con agua templada que alguien ha dejado sobre el pedestal de piedra y me echo un par de puñados al rostro.

-¿Qué hora es?-pregunto sin esperar respuesta.

Empiezo a vestirme lentamente. Ropas elegantes, cinturones que aprietan más de lo necesario, botones y broches que parecen diseñados para torturar a un guerrero. Todo para dar la imagen correcta ante la corte.

Mientras me subo las botas, mi mente divaga.

No tengo ganas de nada hoy. Ni de banquetes, ni de música, ni de sonrisas falsas. Y mucho menos de interpretar un papel que nunca pedí. Ser un príncipe está muy lejos de lo que soñaba cuando era niño.

Me detengo al tomar la capa. La dejo caer sobre la cama y miro por la ventana. Las montañas aún están cubiertas de bruma matutina. Me gustaría estar allí, entre los árboles, sin más compañía que el viento.

¿Mis antepasados también vivirían este tipo de situaciones?
¿Los titanes que dejaron su esencia en mi sangre también fingían en banquetes, también disimulaban en bailes, también sonreían cuando en realidad querían gritar?

Duera, los sonidos del castillo despiertan del todo. Pasos, voces, preparativos.

Doy un último suspiro. Me pongo la capa.

Es hora de fingir que pertenezco a esto. Aunque ni mi reflejo me crea.

Damián

Me ajusto la túnica de tela pesada mientras camino por los pasillos de piedra pulida, y me encuentro con Tim a mitad de camino, justo donde el tapiz del León y la Luna se alza como testigo mudo de nuestras muchas idas y venidas por este castillo.

-¿Listo para ver a padre y madre? -pregunta con una sonrisa ladeada, la que siempre utiliza cuando en realidad no lo está.

-¿Alguna vez se está listo? -respondo con sequedad.

Nos dirigimos juntos hacia los aposentos que les han preparado. La servidumbre ha colocado flores frescas en los pasillos, y una alfombra roja recorre el suelo hasta las puertas de madera maciza. Todo huele a cera de abejas, incienso de romero y a la formalidad de una visita regia.

Mi padre...
El general de Noctaris.
Mi madre...
La estratega de la corte y la lengua más afilada de los cuatro reinos.

Sus juicios no se hacen esperar nunca. No necesitan levantar la voz para hacer que uno sienta que ha fallado.

Siento el pulso en las sienes. Tim nota algo en mi rostro.

-No van a comerte, Damián.

-A ti puede que no-digo, y toco el pomo de la puerta antes de entrar-A mí me criaron para saborear el miedo antes que el desayuno.

-Te recuerdo que yo nací antes

-Lo sé...

Nos miramos una última vez. Él da un leve asentimiento.

Entonces abro la puerta.

Jon

La mañana es espesa como la miel fría, y el salón del desayuno no ayuda. Las cortinas están corridas, apenas entra la luz por las estrechas ventanas, y el fuego de la chimenea parpadea tímidamente mientras yo revuelvo la taza de infusión que me han preparado. Conner está sentado a mi lado, con los codos en la mesa, observando con desconfianza la puerta por donde podrían aparecer en cualquier momento los padres de Damián.

-No me gusta esto-murmura, inclinándose un poco hacia mí.

-¿El desayuno?

-No tonto...Ellos.

-¿Ellos?

-Tus suegros.

-Ah...

-Me ponen en completa alerta.. Son como dos animales salvajes y astutos. De esos que sonríen antes de morder.

-¿No será que no quieres que te quiten a Tim?-bromeo, ocultando la sonrisa tras la taza mientras le doy un sorbo.

Conner bufa con fuerza, como si le hubiera dado un golpe al orgullo.

-¡Eso no tiene nada que ver! ¿Tú has visto a ese hombre? A tu suegro me refiero.

-Que raro es que lo llames así.

-Me mira como si pudiera leer cada cosa que he hecho mal desde que aprendí a caminar.

-Tal vez puede-le digo, divertido.

-Bah-resopla él, cruzándose de brazos-A veces me dan ganas de arrastrarte fuera de este castillo y esconderte en un bosque donde nadie con corona pueda encontrarte.

-Qué bonito-comento, dejando la taza.

-Lo llamo protección preventiva -responde con una sonrisa torcida.

-Creo que exageras

-Sere el único en sobrevivir.

-No lo dudo.

-¿Y tú? ¿Vas a sobrevivir al baile?

Le lanzo una mirada de advertencia.

-No creo. Se acabo el tema

Conner se ríe.

-Lo que tu mandes alteza.

-Te odio.

Damian

La puerta de los aposentos se abre con un leve chirrido, y ahí están. Mi madre, erguida como una reina incluso sin corona, me observa con su mirada afilada. Mi padre, igual de severo, aunque su porte tiene una calma más engañosa, menos tempestuosa, más helada.

Tim entra antes que yo. Mamá lo abraza, apoyando brevemente una mano en su cabeza con una dulzura medida. Papá simplemente le estrecha la mano, como quien mide la fuerza de un aliado.

Luego es mi turno. Nada nuevo. Un saludo con la distancia justa. Un breve abrazo de mi madre que termina antes de empezar. Un apretón de manos de mi padre que dura lo necesario.

Nos invitan a sentarnos frente a la ventana. Las sillas están tapizadas en terciopelo azul oscuro, y la luz de las velas tiñe el ambiente de una calidez falsa.

-¿Y bien?-empieza mi madre, cruzando las piernas con elegancia-¿Cómo marcha el matrimonio?

-En paz-respondo con sencillez.

-¿Jon se comporta como corresponde a un heredero de sangre titánica?

-Sí. Tiene presencia y educación.

-¿Sieguis compartiendo habitación?

-Eso no es relevante para la estabilidad política del reino -respondo sin vacilar, pero con la mandíbula tensa.

Mi padre resopla, como si eso fuera suficiente respuesta.

-¿Tiene enemigos entre los nobles de la corte?

-No que yo haya detectado aún. Algunos son ruidosos, pero cobardes.

-¿Y tú?-pregunta mi madre, observándome como si leyera bajo mi piel-¿Te ha mostrado respeto?

-Sí.

-¿Cómo se comporta con los criados?

-Con amabilidad. A veces, demasiada.

-¿Ha mostrado señales de debilidad emocional?

-Sí. Es como un cachorrito.

Mi madre asiente como si estuviera marcando casillas.

-¿Tenéis previsto engendrar pronto?

-No, madre. Ni ahora ni después.

-No olvides que el linaje necesita continuidad.

-Tampoco olvido que no se cría una dinastía en meses-respondo con voz firme.

Mi padre habla entonces, seco:

-¿Lo has visto combatir?

-Sí.

-¿Y?

-Es mejor de lo que esperaba.

-¿Crees que te supera?

-No. Pero no lo subestimaría.

Silencio.

Mi madre se inclina hacia mí, la voz más suave.

-¿Y tú, Damian? ¿Estás... satisfecho?

La miro unos segundos. ¿Qué se supone que debo responder?

-Cumplo mi deber.

Ella sonríe, como si eso bastara.

Pero sé que esa no es la respuesta que esperaba.

La conversación parecía haberse apaciguado tras la última pregunta de mi madre, pero entonces mi padre—Bruce, el Rey de Noctaris, el estratega implacable, el hombre que nunca habla de más— alza la voz con ese tono frío que solo él puede dominar.

-Deberías considerar consumar la unión. El tiempo pasa, Damian. Tu alianza debe consolidarse con descendencia. Un par de crías, al menos.

El silencio fue inmediato. Levante  la mirada, clavándola directamente en la suya.

-No estamos criando caballos de guerra-solté, sin filtros-Ni ganado.

-No se trata de eso-respondió él, sin alterarse, como si yo fuera un niño malcriado-Se trata del equilibrio entre reinos. Un heredero fortalece el pacto. Dos, lo blindan.

-No es el momento.

-Nunca parece serlo contigo-dijo él con dureza.

-¡Estoy harto de que hableis como si él fuera solo un medio para un fin!-espeté, de pie de un salto. Sentí la sangre hervirme bajo la piel-¿Y si no quiero tener hijos? ¿Y si no quiero convertirme en un recipiente para solo tener hijos?

-Entonces no estás cumpliendo tu deber-fue su respuesta, tajante.

-¡Basta!-intervino Tim, poniéndose entre nosotros. Su tono era más firme de lo habitual, su rostro serio-Padre, Damian aún es joven.

-Tiene edad suficiente para gobernar. Para matar. Para casarse. ¿Pero no para procrear? -replicó Bruce con una ceja alzada.

-No todos maduramos igual -insistió Tim-Y si él siente que no es el momento, se respeta. No estamos en guerra. No hay urgencia.

Bruce lo miró largo rato, como si lo evaluara. Finalmente, se levantó y se acercó a la ventana, dándonos la espalda. Mi madre no dijo nada, apenas bajó la vista, como si hubiese dejado de interesarle la discusión.

-No quiero que se convierta en una obligación-dije al fin, con la voz menos tensa-Ni para él… ni para mí.

-Entonces asegúrate-dijo Bruce, sin mirarnos-de que cuando llegue el momento, no sea demasiado tarde.

Me marché sin pedir permiso. Porque si me quedaba un segundo más… no sabía si podría contenerme.

Jon

Subí antes de que comenzara todo. Necesitaba un respiro.

El cuarto estaba en silencio, las cortinas moviéndose apenas por la brisa que se colaba desde la ventana. Me senté en el borde de la cama y apoyé los codos en las rodillas. Respiré hondo. Lento. Una, dos, tres veces.

Mentalizarme.

Comentarios innecesarios.
Gente mirándonos como si fuéramos parte de la decoración.
Sonreír, aunque no me salga.
Bailar, aunque preferiría estar en el bosque.
Hablar de telas, cacerías, la cosecha…Y fingir interés.

Quizás hacer algún brindis, sonreír a la familia de Damian, mantenerme erguido, recordar qué títulos tiene quién, no mezclar lenguas…No perder la compostura.

Estaba tan metido en mis propios pensamientos que el portazo me sobresaltó.

La puerta se cerró con fuerza, y al girar la cabeza, vi a Damian cruzar la habitación con paso tenso. No había necesidad de preguntarle si todo había ido bien.

Dio apenas dos pasos y se detuvo al notar que estaba ahí, sentado, mirándolo.

-Hola-dije, con una voz suave. No tenía más que ofrecer. Solo eso. Un “hola” sincero, sin florituras, sin exigencias.

Él no responde de inmediato. Solo me miró. Como si necesitara decidir si ese “hola” era seguro.

Se quedó de pie junto a la puerta, y yo dudé si decir algo más. Pero lo hice.

-¿Qué tal con tus padres?

Damian levantó un poco la vista. Había algo tenso en su mandíbula, como si morderse las palabras impidiera que salieran solas.

-Bien-dijo primero, escueto. Luego suspiró y se acercó, dejándose caer en el sillón frente a mí-Lo mismo de siempre. Mi madre preguntando por el matrimonio...y despues los dos...

Se quedó callado unos segundos.

-¿Sí?

-Ellos dijeron…-se pasa una mano por el pelo, como si eso pudiera ordenar sus pensamientos-Que deberíamos consumar pronto. Tener…un par de crías, como si fuera tan simple como plantar un par de semillas en primavera.

Me quedé mirándolo. Trago saliva.

-Ah-dije. Porque no se me ocurrió nada mejor.

Y entonces, sin poder evitarlo, me puse nervioso. Sentí que mis orejas ardían. Me enderecé un poco y desvié la mirada.

-¿Y tú qué dijiste?-pregunté, intentando sonar casual.

Damian me miró con una mezcla de fastidio y… ¿vergüenza?

-Que no estamos en eso. Que es un matrimonio por alianza, no por deseo. Y que no me interesa seguir una línea dinástica ahora mismo.

-Ya… claro-dije, aunque el corazón me latía como si acabara de bajar volando desde la torre más alta.

¿Por qué estaba tan tenso?
¿Por qué se me había secado la boca?

Damian también parecía incómodo. Como si no supiera dónde poner las manos. O los ojos. Nos miramos solo un segundo antes de que ambos desviáramos la vista.

El silencio volvió. Incómodo. Espeso. Lleno de cosas no dichas. Cosas que tal vez ninguno de los dos sabía cómo decir.

Damián

El salón estaba bañado por la luz de los candelabros, cientos de velas titilando como estrellas atrapadas en cristal. Las paredes habían sido adornadas con guirnaldas de flores secas y telas pesadas en tonos dorados y verdes. La música fluía como un arroyo entre las columnas, y las risas se mezclaban con el sonido de copas brindando y pasos danzando sobre el mármol.

Sonreí.

Por supuesto que lo hice.

Una de esas sonrisas que he practicado desde que era niño. Cordial, educada, impenetrable. Esa sonrisa que dice “todo está bien” aunque por dentro tengas ganas de salir corriendo y esconderte en el bosque más lejano del reino.

Jon estaba a unos pasos, vestido con una capa azul oscuro que resaltaba aún más sus ojos. Se reía de algo que Conner le había dicho. Y claro, las damas suspiraban a su paso como si fuera un poema con piernas.

Yo asentía, agradecía, saludaba. Uno tras otro, los nobles venían a felicitarme por como iba nuestra unión, por el matrimonio, por la fuerza de la alianza.

-Mi señor, la princesa Marell desea un baile con usted-me susurró uno de los consejeros.

Asentí. Tomé su mano con elegancia, giramos al ritmo marcado por los laúdes. Cada paso estaba medido. Cada vuelta, exacta. Nada fuera de lugar.

Pero no podía dejar de mirar de reojo a Jon.

Él también bailaba ya, con una joven noble de cabellos trenzados. Sonreía. Pero no era como la mía. La suya era sincera. Vivía en su rostro como una flor que crece sin permiso.

Y por alguna razón, eso me hizo sentir… incómodo.

Todo debía ser perfecto esta noche. Cordialidades. Diplomacia. Buenas formas.
Y sin embargo, una parte de mí solo quería que se acabara.
Porque fingir durante horas… cansa. Y fingir que no me importa lo que Jon haga, me está empezando a...Molestar.

Jon

He perdido la cuenta de cuántas manos he estrechado, de cuántas veces he dicho “un placer” o “gracias por venir” aunque ni siquiera recordara el nombre del que tenía delante. Mis mejillas duelen de tanto sonreír. Literalmente.

La sala brilla como una joya pulida para presumir ante todo el reino. Las flores, los trajes, la música... todo es hermoso. Todo es perfecto.

Y, sin embargo, me siento atrapado en una pintura. Como si estuviera congelado, sonriente, en medio de algo que no tiene nada que ver conmigo.

He bailado con cuatro nobles, dos de ellas casaderas, claramente enviadas por sus padres para intentar cualquier tontería diplomática aunque ya estén más que enterados de que estoy casado. Con Damián. Con un príncipe. Pero claro, para algunos todo es papel mojado cuando se trata de poder.

-Mi señor, ¿otra copa?-me pregunta un sirviente.

-Sí, gracias-Tomo el vino y me lo bebo de un trago.

Mi mirada se escapa, por costumbre, hacia él.

Damián.

Está bailando con la princesa Eveling, y juro por los cielos, no sé cómo puede parecer tan compuesto todo el tiempo. Perfecta postura, sonrisa...Como si hubiera nacido para estos salones.

Yo…no.

Nunca me gustó fingir. Pero esta noche me he convertido en un maestro de ello.

Cuando nuestros ojos se cruzan por un breve segundo, algo se mueve en mi pecho. Pero él aparta la mirada con tanta rapidez que parece que ni me ha visto. Supongo que eso lo dice todo.

¿Y qué esperaba yo? ¿Que viniera a sacarme a bailar? ¿Que me salvara de la nobleza hipócrita y me llevara a comer pastelitos en la cocina?

Ridículo.

Suspiro y me acomodo el broche de la capa...Estoy cansado.

Pienso en el bosque. En el caballo. En el canto del pájaro que se posó en mi hombro como si me conociera desde siempre.

Ahí soy yo. Allí no tengo que fingir.

Pero ahora… soy el príncipe.

Y esta es la jaula que me han construido. Brillante, reluciente. Silenciosa.

Damián

Los músicos cambian el tono, las notas suaves dan paso a una melodía más lenta, elegante, de esas que invitan a la cercanía, al roce de cuerpos y a las miradas que duran un segundo más de lo aceptable.

Y, como dicta el protocolo, como esperan todos los ojos en esta sala… es momento de que baile con él.

Avanzo entre la multitud con paso firme, ignorando los susurros, las sonrisas, los gestos de aprobación de nobles que solo ven lo que quieren ver: dos príncipes sellando su alianza con una danza.

Jon ya me está mirando cuando llego frente a él. No dice nada. Solo alza una ceja.

-¿Me concede esta pieza? -pregunto con una sonrisa perfectamente fingida.

-Si no me concedes tú el honor, mi dulce cónyuge, hablarán aún más-responde con una reverencia tan teatral que quiero golpearlo.

Le tiendo la mano. Él la toma. Y comenzamos a movernos por el salón, entre parejas que fingen amores de cuento.

-¿Estás disfrutando de la velada? -murmuro cerca de su oído, sin dejar de sonreír.

-Como se disfruta de una visita al al médico-responde, apenas audible, mientras guía el paso con sorprendente coordinación.

-Creí que eras mejor fingiendo.

-Y yo creí que vendrías a rescatarme antes de que una condesa intentara sentarse en mi regazo.

-Lástima. Me perdí ese espectáculo.

-Podrías haberlo visto si no hubieras estado tan ocupado bailando con esa princesa que casi te lame el cuello.

Le clavo los ojos. Él se encoge de hombros como si no acabara de decir eso.

-¿Celoso?-susurra.

-No seas imbécil-replico.

-No lo soy. Solo estoy... observando.

Damos una vuelta más, rozando el centro del salón. Nuestros cuerpos se inclinan con naturalidad, nuestras manos se sujetan con firmeza, como si la química entre nosotros no fuera una sombra que ambos negamos.

-Tienes talento para esto-le digo.

-¿Para bailar contigo o para ocultar las ganas de huir de este salón?

-Ambas.

-Bueno-susurra, y sus labios rozan la comisura de mi oreja-si bailamos unas tres más, podrías considerarlo un acto de amor eterno.

-¿Y si no bailamos ninguna más?

-Entonces solo será una condena.

Sonrío. Y, por un instante, no me cuesta.

Lo odio.

Pero baila bien.

Jon

Una vez la música termina y nuestras manos se sueltan—no de golpe, no con urgencia, sino como si nos costara un segundo extra soltarnos—me alejo de Damián con una media sonrisa que ni yo me creo.

La gente aplaude. Yo hago una reverencia burlona a los reyes, a los nobles, a las estatuas si es necesario.

No tardo en encontrar una copa. Luego otra. Luego… bueno, pierdo la cuenta.

El vino de palacio es dulce. Aterciopelado. Te envuelve como la voz de alguien que sabe decirte justo lo que quieres oír. Y yo, tonto de mí, empiezo a escucharlo.

Cada vez que levanto la copa, me siento más liviano. Como si mis hombros no pesaran con el peso de alianzas, tierras, pactos. Como si mi nombre no estuviera tatuado en documentos reales ni atado a una cama que aún no comparto.

Damián sigue bailando. Lo veo de reojo. Perfecto. Impecable. Siempre tan recto, como si tuviera una lanza atravesándole la columna para que nunca se permita doblarse.

Yo… ya me estoy doblando.

-¿Quieres otra copa, alteza?-me pregunta un sirviente.

-¿Esa fue la cuarta o la quinta?-le respondo con una sonrisa ladeada.

-Sexta.

-Excelente. Tráeme la séptima.

El muchacho duda. Luego asiente. Yo me dejo caer en una de las sillas del lateral del salón, observando cómo todo gira despacio.

Miro mis botas.
Luego mis manos. Luego el techo.

Estoy borracho.

No hasta perder el control. Pero lo suficiente como para que los pensamientos me empiecen a hablar sin filtro.

¿Cómo sería si esto fuera real?

¿Si Damián me mirara como miró al vino esa vez que le trajeron uno añejo de las tierras del oeste?

Sacudo la cabeza.

Estúpido vino.

Estúpido baile.

Estúpido Damián con su cara, sus pjos sus labios y esa forma de inclinarse cuando bailamos que me hizo pensar en otras cosas que no deberían cruzar la mente de un príncipe casado por obligación.

Y sin embargo…

Me río solo.

El alcohol es una bruma que me abraza.

Y si me deja imaginar por una noche que este matrimonio es algo más que papel y política, tal vez no sea tan terrible.

Solo por esta noche.

Damian

La música no ha cesado desde que empezó el maldito baile. Suena una melodía con flautas de madera y cuerdas finas, alegre, palaciega, aunque ya apenas la escucho. Mis ojos recorren la sala mientras finjo prestar atención a las palabras de un noble sobre las cosechas del sur.

-Interesante-murmuro, y camino un poco más allá.

Veo a Jon.

Bebiendo.

Demasiado.

El vino rojo le brilla en la copa y le tiñe los labios como si fuera tinta. Ha pasado de sonreír a carcajearse con un par de soldados, uno de los cuales le golpea el hombro con tanta familiaridad que se me tensan los dientes.

Una mujer se me acerca. Luego otra. Me piden un baile con una reverencia y una sonrisa medida, tan educadas que casi parecen sinceras. Acepto uno, rehúyo el siguiente. Estoy cansado. De sonreír. De fingir. De ser parte de este teatro.

Mi mirada encuentra a Conner. Está apoyado en una columna, sin moverse, sin hablar, sin respirar… solo mirando a Tim.

Como si verlo fuese su forma de orar. Espero que mi hermano no le rompa el corazón.

Los reyes, mis padres, danzan al centro de la sala. Mi madre ríe, mi padre se inclina y le murmura algo que hace que ella lo golpee suavemente con el abanico. Sabe Dios qué estarán diciendo. Siempre han sido tan suyos, tan cómplices.

Me muevo hacia una de las columnas, dejando que el mármol frío me recorra la espalda. Me agacho. Acaricio a Krypto, que pasea con su andar orgulloso y majestuoso, con las orejas erguidas y la cola ondeando como estandarte. Lleva una corona de flores atada al cuello. Quién fue el idiota que creyó que eso era apropiado para un animal así…

Krypto me mira. Sabe más que muchos aquí. Le rasco tras la oreja. Él cierra los ojos con gusto.

Al otro lado del salón, Jon levanta otra copa.

Sigo observándolo.

La luz de las velas cae sobre su pelo, dándole un brillo dorado que no le pertenece a ningún dios conocido, pero que igual lo corona. Se ríe de todo.

Algo se enrosca en mi pecho.

Solo observo.

Y acaricio al perro como si fuera lo único honesto en esta sala.

Jon

Me aparto del bullicio, del calor y de las miradas. El vino me calienta la garganta y la cabeza. Me deslizo entre los pilares del salón hasta quedar tras una de las columnas, en sombra, respirando con algo más de calma. Cierro los ojos por un instante.

Alguien me quita la copa de la mano.

-¡Oye!-protesto al girarme-no puedes simpl…

Pero me callo.

Es Damian.

Erguido, con esa expresión suya que es mitad fastidio y mitad algo más…algo que nunca termino de descifrar.

-¿Cuántas has tomado?-pregunta.

-Las que me da la gana-respondo, ladeando la cabeza con una sonrisa insolente.

Sus ojos se entrecierran.

-No me hables así.

La firmeza de su voz me sacude más que cualquier ventisca. Y entonces cae sobre mí. No su juicio. No su enfado.

La verdad.

Es él. Damian.

Mi esposo.

Nos obligaron, sí. Por alianzas, por política, por el juego eterno de poder entre reinos. Pero no cambia el hecho de que lo es.
De que es mío.
De que yo soy suyo.

Y que es Omega.

Mi Omega.

-Lo siento, cariño-susurro, con voz ronca.

Y antes de que pueda cambiar de parecer, lo abrazo.

Lo envuelvo con mis brazos, con mi cuerpo, con mi aliento tibio. Me inclino tanto que hundo la cara en el hueco de su cuello, allí donde la piel es suave, donde late su pulso, donde su olor es más fuerte.

Invierno.

Eso es.

No ese invierno que hiela los huesos. No. Damian huele al invierno que precede a una tormenta, al que sopla sobre un campo cubierto de escarcha mientras el sol apenas roza el horizonte. A aire puro y frío, a piedra mojada por la nieve, a esa calma helada que solo se siente en los bosques dormidos.

Y lo escucho.

Su corazón.

Da un salto.

Como si se asustara. Como si se preparara para huir. Como si no supiera si aceptarme o empujarme.

-Solo otro baile-murmuro, mi nariz rozando su piel-O si prefieres, vamos a nuestra habitación. Déjame tumbarme ahí y que me mimes. Solo un poco. Déjame quedarme.

Mis dedos se aferran a su cintura, y mi voz baja todavía más.

-Solo quiero estar cerca… olerte… aspirarte hasta que se me borre todo lo demás.

No hay lujuria desmedida en mis palabras. Hay anhelo. Hay alcohol. Hay algo que se me está yendo de las manos.

Pero, por esta noche, quiero olvidarlo todo en su cuello.
Y que su corazón siga latiendo así. Solo para mí.

Damian

No sé qué es peor: que me haya dicho "cariño" con tanta naturalidad, que se haya metido en mi cuello como si ese espacio le perteneciera…o que una parte de mí no quiera que se aleje.

Huele a madera caliente. A vino dulce. A algo salvaje y eléctrico que no logro nombrar pero que me enciende la piel.

Y ahora está pidiéndome cosas con esa voz de cachorro borracho y obstinado.

-¿Quieres que te lleve a nuestra habitación?-murmuro sin apartarlo, mi suena también baja, apenas un roce de aliento contra su oído-¿Y qué más? ¿Que te dé una manta? ¿Que te prepare un baño con flores? ¿Que te cante hasta que duermas como si fueras un infante enfermo?

Lo siento reírse contra mi cuello, su aliento cálido, y mis dedos se crispan un poco sobre su espalda.

-Sí, quiero todo eso-contesta, medio en broma, medio en serio. Esa parte maldita de él que no distingue cuándo detenerse.

Lo aparto solo un poco, lo justo para verle los ojos. Esos malditos ojos azules. Claros, abiertos, sinceros. Peligrosos.

-Estás borracho, Jon. Y yo no soy tan débil como para dejarme llevar por tu cara de cachorrito mojado.

Él parpadea, dolido. Pero no se aleja.

-No te estoy pidiendo que me ames, Damian. Solo…quédate esta noche. No me hagas fingir con mas gente. No me obligues a sonreír mientras todo el mundo espera que sea algo que no quiero ser. Tú y yo sabemos cómo empezó esto. Pero al menos contigo puedo respirar.

Mi garganta se cierra un poco. Porque lo entiendo. Porque yo también estoy cansado de fingir.

Lo suelto. O eso intento.

-Me has convencido-murmuro, y me maldigo mientras lo digo.

Él asiente, con esa sonrisa torpe y satisfecha de quien ha ganado una pequeña guerra.


Jon


El pasillo se extendía silencioso ante nosotros, iluminado solo por las llamas temblorosas de las antorchas que colgaban de la piedra. Mis botas resonaban sobre el suelo de mármol con cada paso, y podía sentir el calor de Damian a mi lado, apenas a unos centímetros, aunque no dijéramos palabra alguna mientras subíamos.

La noche había sido larga. Risas falsas, conversaciones que apenas escuché, vino dulce que me embotó los sentidos solo lo justo para hacer soportable el teatro. Pero ahora... ahora cada paso hacia nuestra habitación era una liberación.

Cuando llegamos, Damian abrió la puerta con un leve empujón, permitiéndome entrar primero. La habitación estaba tibia, gracias al fuego que alguien se había adelantado a encender en la chimenea. Las cortinas pesadas estaban corridas, protegiéndonos del aire helado que rondaba por los pasillos, y las sábanas de lino ya estaban bien tendidas sobre la cama ancha de madera oscura.

Me solté el cinturón con un suspiro, dejándolo sobre la silla, y luego aflojé los cordones del jubón. Damian hizo lo mismo, con movimientos lentos, ordenados, y por un instante me quedé quieto, simplemente observándolo. Incluso bajo la luz parpadeante del fuego, parecía hecho de otra materia: controlado, templado, de un invierno que no quema pero cala hondo.

Me quité la camisa y los pantalones con parsimonia, sin prisas, hasta quedar en ropa interior, y me metí en el lecho, sintiendo el calor que aún guardaba desde que las criadas lo prepararon. Damian llegó poco después.

Se tumbó de lado, con ese mismo cuidado que parece medir incluso en el acto de acostarse.

Me acerqué sin pensarlo. Me acurruqué contra él, buscando su pecho, deslizándome hasta quedar debajo de su barbilla, mi frente contra su clavícula.

El olor.

Ese aroma a invierno, a bosque callado y nieve en los aleros. A algo limpio y lejano, como la brisa que sopla antes de una tormenta. Aspiré despacio, profundo, como si pudiera quedarme con ese recuerdo en los pulmones.

-Acaríciame-susurré, la voz más ronca de lo que esperaba-Solo un poco.

No se movió de inmediato. Pero tampoco dijo que no.

Damian


Podía sentirlo completamente, encajado bajo mi mentón, como si perteneciera a ese espacio desde siempre. Como si su cuerpo hubiese sido creado para encajar justo ahí.

Sus palabras seguían suspendidas en el aire.
“Acaríciame. Solo un poco.”

Y, por alguna razón, no dudé.

Deslicé mi mano hacia su cabeza, dejando que mis dedos se enredaran en su pelo. Era espeso, suave, y en las raíces por el calor

Con lentitud, recorrí desde la parte posterior de su cabeza, justo donde nace el remolino rebelde, y bajé con cuidado por la línea de su nuca.

Cada tramo lo rocé con la yema de los dedos, como si estuviera siguiendo una escritura invisible que sólo yo pudiera leer.

Jon se estremeció. Un suspiro leve, casi imperceptible, salió de su pecho. No dijo nada, no se movió. Solo se dejó hacer.

Mi mano repitió el trayecto con paciencia, desde la base del cráneo hasta el final de la nuca, donde el hueso desaparece y empieza la curva de su espalda. Era una caricia lenta, sin prisas, sin dobleces.

Y, sin embargo, todo en mí estaba en tensión.

Mi pulso. Mis pensamientos. El roce de su aliento contra mi clavícula.

Estaba acariciando a un alfa. A mi esposo. Al heredero de la sangre de titanes.

Pero en ese instante, no era más que Jon.

Lo hice una vez más. Y otra.

Como si no pudiera detenerme.

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