Truyen3h.Co

Vínculo Carmesí

8

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Jon

Pensé que iba a besarme.

Lo juro. Por un segundo, lo creí. Estábamos tan cerca. Su mirada clavada en la mía, el silencio lleno de algo que no sé nombrar. Pensé que sus labios encontrarían los míos, que ese algo oscuro y dulce que vibra entre nosotros se desataría de golpe.

Pero no.

Su mano acaricia mi mejilla con una suavidad que me derrite. Sus dedos bajan hasta mi nuca, y entonces tira de mí tan segura que no puedo resistirme.

Mi rostro cae directo al hueco de su cuello.

Mi corazón se vuelve loco.
En el estómago siento truenos.
Y chispas corren por mis venas como si tuviera electricidad pura bajo la piel.

Aspiro su olor.

Ese olor invernal que siempre lleva encima, como si la nieve le hubiese dejado su firma. Frío limpio, madera seca, algo que me recuerda a noches calladas en medio del bosque.

Cierro los ojos.

Y dos lágrimas, rebeldes, se escapan sin permiso. No por tristeza. Por alivio. Por agotamiento. Por todo lo que callo y que aquí, en este espacio ridículo bajo una cama, puede por fin respirar.

Entonces lo escucho decirme, con voz baja:

-Es normal sentirse así.

Mi garganta se aprieta, pero consigo hablar, aún con la cara escondida contra su cuello:

-¿Y tú cómo lo haces? ¿Cómo consigues mantenerte tan firme?

Él no responde enseguida.

Siento su mano moverse sobre mi. Un roce lento, casi meditativo. Luego, su voz...Segura. Pero con ese fondo que solo tiene él, como si siempre hablara desde la raíz misma de su alma:

-No me mantengo firme, Jon. Solo he aprendído a no exteriorizarlo por fuera...

Damian

Es la verdad más honesta que me he atrevido a decir en años.

Y me da miedo.
Me expone.

No soy bueno con esto.
Nunca lo he sido.
Mi vida ha sido un equilibrio constante entre disciplina y control. Entre lo que se espera de mí y lo que realmente siento. Mostrar debilidad...fue siempre sinónimo de peligro.

Pero aquí está Jon.
Tan cerca.
Tan jodidamente humano.
Y por primera vez, yo no quiero ser una piedra.

Quiero temblar con él.

Deslizo los dedos por su nuca, más lento esta vez.
Y bajo la cabeza, hasta que mis labios rozan su cabello.

-A veces también me canso -susurro, como si confesara un crimen-A veces no puedo dormir. O no quiero levantarme. A veces pienso que...si alguien me empuja solo un poco más, no voy a poder aguantar.

No sé por qué se lo digo.
Tal vez porque él merece saberlo.
Tal vez porque necesito que lo sepa.
Que no soy invencible.

Jon no dice nada. Pero se aferra más a mí, como si mis palabras fueran justo lo que necesitaba.
Y por un instante, lo que me aterra...es que también lo eran para mí.

Así que cierro los ojos.
Y dejo que el silencio entre nosotros no sea tenso esta vez.
Sino necesario.
Sincero.

Y lo abrazo, como si también yo buscara un refugio.
Porque lo estoy haciendo.
Porque, aunque no lo diga, también yo necesito que alguien me cuide si me rompo.
Y por primera vez en mucho tiempo, quiero que ese alguien... sea él.

Jon

Cuando abro los ojos, la luz del atardecer se cuela por debajo de la cama. No entra por completo-en esta habitación de piedra apenas hay rendijas por donde la luz se atreve a pasar-pero lo suficiente como para teñir el suelo de un color ámbar cálido, como si el mundo fuera estuviera envuelto en miel.

Yo sigo abrazado a Damian.
Y él a mí.

Mi rostro sigue contra su pecho, donde el ritmo de su corazón ha dejado de sonar como un tambor de guerra y se ha vuelto más tranquilo, más seguro. Me gusta escucharlo. Me hace sentir que sigue aquí.

Me estiro un poco, como un gato, alargando las piernas. Siento cómo mi cuerpo roza el suyo y, segundos después, él se mueve también, como si
inconscientemente respondiera a mi gesto, y su frente, tibia, se apoya sobre mi cabello.

No quiero moverme.
No quiero romper esto.

Pero el silencio empieza a volverse denso. Y el mundo no se detiene por mucho que yo lo desee. Fuera, las campanas del templo marcarán pronto la hora de la cena. Y entonces ya no podremos quedarnos aquí, envueltos uno en el otro como si fuéramos...algo que aún no nos atrevemos a nombrar.

Trago saliva, con cuidado. Mi voz suena ronca cuando finalmente me atrevo a hablar.

-Deberíamos...-digo, sin moverme-Empezar a prepararnos. Para la cena.

Damian no contesta al principio. Solo deja escapar un suspiro casi imperceptible, como si lo hubiera sabido, como si lo esperara.

-Lo sé-murmura.

Pasan unos segundos más.

-Pero no quiero-añade.

Eso me hace sonreír. Una sonrisa suave, melancólica.

-Yo tampoco. Pero nuestros padres no pensarán lo mismo.

-No me importan-responde Damian, y su voz suena demasiado honesta-Mientras no tenga que soltar esto.

Mi corazón da un vuelco. No por lo que dice, sino por cómo lo dice. Como si esas palabras hubieran salido sin filtro, como si fueran reales.

Entonces me aparto un poco, solo lo justo para poder verlo.
Tiene los ojos abiertos. Me mira sin parpadear. Y yo siento que, si me acerco medio centímetro más, lo beso.

Pero no lo hago.

Solo asiento, tragando todas esas ganas de quedarme.

-Vale-digo, como si no pasara nada-Cinco minutos más.

Damian asiente.

Cinco minutos más.
Y luego el mundo.
Pero ahora, por cinco minutos más, seguimos siendo solo nosotros.

Damian

Salimos de la cama sin prisas y sin palabras.

El aire es más frío ahora, aunque aún queda algo del calor que compartimos bajo la cama. La luz del atardecer se ha vuelto más tenue, proyectando sombras largas por el suelo.

Jon se estira con los brazos por encima de la cabeza, y su túnica se sube lo justo como para mostrar el borde de su cadera. Me obligo a apartar la vista. Me concentro en ajustar mi cinturón de cuero, en ajustar las correas de mi uniforme, en el peso del acero sobre mis muslos y cintura. La tela negra se amolda a mi cuerpo como una segunda piel; es mi armadura, mi escudo. Es lo que esperan de mí.

Jon, en cambio, lleva una ropa simple: lino azul claro, bordado en los bordes con hilos dorados, como todo lo que lleva el sello de Solaris. Sin armadura. Sin pretensiones. Parece sacado de alguna pintura antigua sobre la paz.
Demasiado bueno para este mundo.
Demasiado bueno para mí.

Mientras él se termina de arreglar la ropa yo lo miro recorrer la habitación con la mirada. Es una habitación amplia, de techos altos y muros de piedra pulida. Cálida, a pesar del castillo.

Y es suya.
Completamente suya.

Hay libros apilados junto a la ventana. Viejos con cubiertas de cuero gastado, algunos con el sello solar impreso en pan de oro. Reconozco los títulos. Hablan de linajes antiguos, pactos sagrados, hazañas de sus ancestros. Algunas son leyendas; otras, propaganda. Todas leídas mil veces por alguien como él.

Sobre una mesa pequeña, junto a una vela a medio derretir, hay juguetes de madera. Un león, un ave en pleno vuelo, incluso un caballero con escudo que ha perdido ya un brazo. Él los conserva. Yo habría aprendido a olvidarlos.

Sus dedos acarician uno de ellos antes de girarse hacia mí. Me observa, como si esperara que dijera algo. Como si pudiera leerme.

-¿Listo?-pregunta con una sonrisa leve, aunque sus ojos me estudian, como si adivinaran que mi mente no está del todo presente.

Asiento.
Y camino hacia él.

-Tu camisa sigue mal puesta-
murmuro, acercándome lo suficiente como para meter la tela dentro de su cinturón con un gesto rápido y hecho mil veces, sin mirarlo a los ojos. Me odio por ese gesto automático. Me odio más cuando él se ríe por lo bajo.

-Gracias cariño-dice, en tono burlón.

-Cállate-respondo sin pensar, pero algo se suaviza en mis labios.

Porque cuando estamos así, entre sombras y velas, sin testigos, sin coronas ni pactos...Podría imaginar, solo por un momento, que el amor que podriamos tener podria ser real.

Jon

Caminar juntos hacia nuestra habitación ya es rutina. La clase de rutina que se forma cuando llevas meses compartiendo cama con alguien...incluso si no todo se ha dicho todavía.
Incluso si aún no sabes exactamente qué son ciertas miradas.
O silencios.

No debería emocionarme.

Y yo, como un tonto, cuando estamos en la habitación dejo que se me vayan los ojos.

Sr apuesto ese...maldito conjunto que claramente fue diseñado para tentarme. Una sola pieza de tela verde oscuro, con bordes dorados y costuras firmes que se ajustan a cada maldita curva de su cuerpo como si hubieran sido pintadas directamente sobre su piel. El cuello alto, los guantes de cuero, los cinturones... todo le da ese aire letal, imposible, que debería asustarme.

Pero no.
Me provoca.

Y luego está su espalda. O más bien... su trasero.
Perfecto.
Redondeado, firme, exacto.
La forma en la que el conjunto se ajusta ahí roza lo indecente. Y aún así, camina como si nada. Como si no supiera lo que provoca.
Pero lo sabe.
Demonios, claro que lo sabe.

Yo, en cambio, parezco un recluta desordenado. Llevo una camisa blanca con bordes dorados y unos pantalones azul oscuro que odio. Me hacen sentir como un adorno regio más. Una pieza que se mueve para encajar.

-Voy al baño-digo, cruzando rápido-A ver si arreglo este desastre.

Frente al espejo intento peinarme. El pelo se me revolvió después de haber estado pasandome lals manos unas 100 veces, y hay un remolino justo encima de la oreja que me hace parecer algyien que no se peina. Intento peinarlo hacia atrás.

Entonces lo veo en el reflejo.
Damian, apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruz

Damian

Lo miro unos segundos más desde el marco de la puerta.
Quieto, los brazos cruzados, observándolo pelear con su cabello como si fuera un enemigo que no se deja domar.
El remolino sobre su oreja izquierda sigue sin ceder.

Me acerco sin anunciarme. Cruzo la habitación con pasos suaves, y en el silencio solo se oye el agua que aún gotea del grifo.

Lleno mi mano con ella. Fría, clara.

-Que torpe-murmuro, colocándome a su espalda.

Él me mira por el espejo, y no se queja. No se aparta.

Mojo los dedos y los paso con lentitud por su pelo, desde la raíz hasta alisar ese mechón rebelde.
Y es extraño.
No por lo que hago.
Sino por lo que siento al hacerlo.

Vuelvo a ser consciente de nuestra diferencia de altura.
De cómo, aunque no lo admito nunca en voz alta, me gusta eso.
Me gusta cómo encaja su cuerpo junto al mío. Cómo tengo que inclinar un poco la cabeza para mirar sus ojos cuando se gira.

No sé qué me pasa.

No es algo que pueda nombrar. No es deseo, no solamente.
Es una calma que no entiendo. Un momento de pausa en mi mente, siempre tan ruidosa. Un instante donde no soy príncipe.
Solo soy alguien que quiere tocar.

Paso mis dedos lentamente por su pelo.
Y él se deja.

No se mueve.
No se ríe.
No hace una broma estúpida.
Solo me mira, desde el espejo, con esa tranquilidad suya que me desarma.

Y por un instante, me pierdo en sus ojos.
Azules.

Azules como el océano, donde todo flota.
Como el cielo sin tormentas.
Azules que me hablan sin palabras.

Tranquilidad.
Serenidad.
Confianza.
Lealtad.
Y paz.

Paz.
Dioses.

¿Cuándo fue la última vez que sentí eso?

Aparto la mano con cuidado, como si el contacto hubiera sido un crimen, y limpio los dedos en mis guantes aún húmedos.

-Ya está-digo, bajando la mirada, recuperando el tono neutral que tanto me cuesta últimamente con él.

Él sonríe. Y esa mínima curvatura de sus labios me derriba más que cualquier arma.

Me doy la vuelta sin más.
Porque si me quedo un segundo más...Podría no querer marcharme nunca.

Jon

Después de ese momento en el baño, que me quedé quieto. Más quieto que una estatua.

Lo vi alejarse tras haberme peinado, como si no hubiera pasado nada. Como si no me hubiera tocado el con esa suavidad, como si sus dedos no hubieran dejado un rastro tibio y eléctrico desde la raíz hasta la nuca.

Pero yo...

Yo quise besarlo.

Lo juro. Por todos mis ancestros. Por cada línea de sangre que corre en mi cuerpo desde el primer rey de Solaris hasta mí.

Porque sus ojos...Sus ojos fueron la naturaleza más salvaje y más bonita que he visto en mi vida.

Verde oscuro como los bosques del norte, pero brillando como si la luna se hubiera colado dentro.
Tenían el filo de una espada y al mismo tiempo...la promesa de que si me perdía en ellos, no importaba.
Porque habría paz ahí.
Porque me protegerían.

Y eso fue lo que más me dolió.
Lo que más me quemó por dentro.

La certeza de que Damian Wayne, hijo de lobos y acero, puede mirar así.

Como si por un instante, uno solo, me hubiera permitido verlo. De verdad.

Y la esperanza se coló en mí.
Silenciosa. Persistente.
La esperanza de que quizás, un día...podré besarlo.

Sin que se aleje.
Sin que lo arruine.
Sin que lo niegue después.

Solo besarlo.
Y que se quede.

Damian

Bajo primero.
Sí.
He huido.

No por cobarde.
No por debilidad.
Sino porque no sé qué puede pasar si me quedo un segundo más en ese baño, mirándolo como lo miré.

Vaya si he huido.
De él.
De mí.
De lo que me provoca cada vez que me sonríe.

El gran salón está iluminado por candelabros altos y fuego lento en las chimeneas. El aire huele a...a carne especiada y a deber.

En la cabecera, el rey Clark ocupa su sitio, erguido como si su sola postura bastara para mantener la paz en los reinos.
A su derecha, Lois.

En el otro extremo, mi padre. El rey de Valtherion, de mirada fría como el hielo de nuestras montañas. Y junto a él, mi madre. Talia, con su porte impecable y ese brillo cortante en los ojos que me enseñó a desconfiar antes que a confiar.

En medio de ambos extremos, están Tim y Conner, ocupando los asientos que su estatus de segundos les permite.
Y justo frente a ellos... los lugares donde deberíamos estar Jon y yo.

-¿Y mi hermano?-pregunta Conner, girándose apenas para verme mientras me acerco.

-Terminando-respondo con neutralidad. La clase de respuesta que no invita a más preguntas.

Me acomodo frente a Tim, al lado derecho de donde Jon debería sentarse. Mi hermano mayor me recibe con una mirada breve, inquisitiva, que el resto no sabría leer, pero yo sí.

"¿Estás bien?", dice sin palabras.
No respondo.

-Veo que estáis encajando cada vez mejor-comenta el rey Clark, su voz es...cálida.

-Sí-añade Lois, con una sonrisa que se afila en los bordes-Al principio pensé que se matarían el uno al otro.

-Desde luego que el avance es grandioso-dice mi padre, con ese tono de hielo que finge orgullo-
pero suena más a
amenaza-Especialmente teniendo en cuenta los comienzos.

Yo no contesto.
Ni afirmo ni niego.
Simplemente respiro, y clavo la vista en la copa vacía frente a mí.

Que los castigue algún rey del rayo, pienso con amargura.
Por hablar de lo que no saben algo sobre lo que pasa entre Jon y yo. Por hacer de esto un espectáculo político cuando ni siquiera yo sé lo que siento.

Tim disimula una sonrisa. Conner le dice algo en voz baja y ambos se ríen como si el resto del salón no existiera.

Por un instante los envidio.
Por su risa.
Por lo fácil que parece todo entre ellos.
Por no tener que huir.

Jon

Cuando llego, la cena ya está recién servida. El aroma a carne asada, pan recién hecho y especias del norte flota en el aire, mezclándose con el humo suave de las velas. Todos ya están en sus sitios, conversando con la naturalidad mecánica de quienes han vivido demasiadas cenas como esta.

Me siento en mi lugar, entre Damian y Krypto, que mueve apenas la cola al verme. Me inclino un poco y dejo caer un trozo de pan bajo la mesa. Él lo atrapa con un leve chasquido de sus dientes, satisfecho.

Nuestros padres hablan.

Tratados, intercambio de armas, más bailes diplomáticos, recorridos por otros reinos para forjar alianzas.

Claro que lo haremos.
¿Qué otra opción nos queda?
Nuestro matrimonio fue el primero de esos pactos. Y mientras ellos debaten las siguientes piezas del tablero, nosotros seguimos jugando.

Asiento, sonrío en los momentos justos. Pero no escucho realmente.
Porque meto la mano en mi bolsillo... y entonces la noto.

Mi pluma.

Pequeña, azul con vetas negras. Curvada en la punta. La he tenido desde hace años. Pensé que la había perdido. Juraría que la dejé en algún carruaje antes de la boda. Y, sin embargo, está aquí.
Como si el destino o el recuerdo me la hubieran devuelto justo ahora, en mitad de esta pantomima cortesana.

Y con ella...me llega una idea.

Miro a Damian de reojo.
Luce estoico, como siempre. Demasiado bien vestido, demasiado consciente de todo. Su mandíbula firme, sus ojos alertas, sus guantes sin una arruga.
Pero lo conozco.
Sé cuando necesita que el mundo se detenga un poco.

Disimuladamente, cojo la servilleta. Bajo la mesa, en mi regazo, deslizo la pluma con rapidez.

Unas palabras.
Nada más.

Luego, en un gesto casual, se la paso a Damian junto con la copa de agua, como si simplemente se la alcanzara.

Él no la mira de inmediato.
Pero cuando lo hace, su ceja se arquea con apenas un milímetro de movimiento.

La servilleta reposa ahora frente a él.

Y escrita con letra rápida, torcida, casi infantil, se lee:

"Si huyéramos ahora mismo, ¿a qué reino irías?"

Damian

A simple vista, parece un gesto inofensivo. Nadie se fija demasiado, nadie sospecha.
La pluma azul y negra está en su mano como un secreto compartido. La despliega con una torpeza que me hace enternecer. Luego me mira de reojo, esperando mi reacción.

"Si huyéramos ahora mismo, ¿a qué reino irías?". leo en la servilleta, escrita con su letra torcida y abierta.

Me tomo unos segundos.

Levanto la copa, finjo interés en lo que dice mi madre sobre la ruta de suministros del este y el acuerdo que deberíamos firmar antes del equinoccio.

Pero lo único que pienso es en su pregunta.
Tomo la pluma.
No respondo enseguida.

Pienso que cualquier reino seguiría teniendo tronos, banderas, normas. Que da igual cuán lejos esté, porque todos serían jaulas disfrazadas de paisajes distintos.

Así que escribo, con letra precisa y pequeña:

"A ningún reino. A otro continente."

Doblo la servilleta hacia él, como quien devuelve un objeto olvidado.

Jon la lee. Y sonríe.

Entonces, sin pensarlo mucho, vuelve a escribir debajo:

"¿Y qué harías allí?"

Le paso el trozo de pan a Krypto por debajo de la mesa. Miro la servilleta. Luego tomo la pluma.

"Aprender a no mirar sobre el hombro. Dormir sin armas bajo la almohada"

Levanta una ceja. Me mira como si no esperara esa respuesta. Como si le estuviera abriendo una ventana a algo que ni yo sé nombrar del todo.

Escribe enseguida:

"¿Con alguien?"

Y ahí me detengo.

La pluma pesa.
La servilleta ya parece un campo de batalla suave, con palabras como armas veladas.

Escribo despacio, letra más apretada, más contenida.

"Quizás. Si se atreve a venir."

Se lo paso.

Y no me atrevo a mirarlo.
Porque no sé qué me pasa.
Pero sé que quiero que vuelva a escribir.

Jon

Leo su letra. Pequeña, ordenada, contenida. Como él.

"Quizás. Si se atreve a venir."

Mi corazón da un golpe suave, pero firme. Como si supiera que eso...eso no era una broma.
Como si algo, en el fondo, acabara de abrirse sin hacer ruido.

Bajo la mirada, sonrío sin que nadie lo note. Krypto apoya su hocico sobre mi pierna, como si también sintiera la tensión. Le rasco la cabeza con una mano mientras tomo la pluma con la otra. El mantel está empezando a cubrir la servilleta a medias, pero no importa.

Me inclino un poco hacia adelante.
Escribo.

"Me atrevería. Pero pondría condiciones."

Se la paso de nuevo, como si nada. Como si no estuviera dejando caer la posibilidad de una vida nueva con unas pocas palabras torcidas en tela blanca.

Damian la lee.
No me mira, pero sé que está conteniendo una expresión.

Escribe con lentitud, como si estuviera considerando cada letra con demasiada seriedad.

"¿Cuáles?"

Me cuesta no reír.
¿Cuáles? Como si estuviéramos firmando un tratado real y no imaginando una fuga en mitad de una cena diplomática. Respondo sin pensar demasiado, dejando que mi corazón tome el control, aunque solo sea por un momento.

"Tendríamos que vivir cerca del agua. Construir una casa con ventanas grandes. Y que Krypto tenga su propia habitación."

Lo mira. Y, esta vez, sonríe. De verdad. Solo un poco, casi imperceptible...Pero lo suficiente como para que yo quiera quedarme ahí para siempre.

La pluma vuelve a su mano.

"Acepto. Pero solo si no intentas levantarme al amanecer porque has visto una araña."

Es mi turno de sonreír. Amplio. Silencioso. La tinta se está empezando a correr un poco en la servilleta.

Y aún así, escribo:

"No lo haré."
"A menos que haya tormenta u esa araña vaya apor ti. Y necesite verte dormido para saber que todo está bien."

Le paso la servilleta con cuidado, como si ya no fuera solo un juego.
Y cuando la toma, cuando lee...
Ya no quiero seguir fingiendo que esto no significa nada.

Porque, por los dioses y todos mis antepasados...yo iría.
Me iría con él.
Sin mirar atrás.

Damian

Tomo la pluma otra vez. No sé en qué momento dejé de fingir que esto era un juego. No sé en qué momento empecé a sentir que cada palabra escrita es más real que todo lo que nos rodea en esta mesa.

Los reyes siguen hablando.
Tim y Conner se ríen por algo que ya no me interesa escuchar.
Quizas de nosotros.

Pero yo…Yo estoy escribiendo.

“¿Cuál es tu mayor vicio?”

Le paso la servilleta como si solo le ofreciera sal. Jon la lee. Y tarda apenas un segundo.
Escribe.
No duda.
No lo piensa.

“Mi vicio tiene los ojos verdes.”

Lo leo.
Y me quedo inmóvil.

Mi mente quiere burlarse.
Quiere levantar una ceja, decir algo cínico, responder con sarcasmo como siempre.
Pero no puedo.

Porque es yo.
Soy yo.

Y esa respuesta, tan simple, tan desvergonzadamente honesta, me golpea como una campana en medio del pecho.
Me hace crecer raíces en el estómago.
Me ancla.
Me atraviesa.
Y por un momento, me siento menos como un arma y más como una persona. Como alguien que podría ser amado.

Entonces Krypto gimotea.
Su hocico se apoya en la pierna de Jon, reclamando su parte. Su mirada es tan dramática como su amo.

Yo giro el rostro.
Lo miro.

Jon está rojo.
Completamente.
Esparce un trozo de carne por el plato con el tenedor, avergonzado como si hubiera gritado su confesión a los cuatro reinos.
Como si la servilleta no fuera un universo secreto donde solo estamos él y yo.

Y me cuesta no sonreír.
Me cuesta no alcanzarlo.

Así que simplemente escribo otra línea, despacio, justo debajo.

“Eres un idiota.”
“Pero eres mi idiota.”

Le paso la servilleta.
Y esta vez, no aparto la mirada.

Jon

Estoy en mi habitación.
En la mía, no en la que comparto con Damian.

El aire aquí huele a madera y a páginas viejas, a la infancia que dejé atrás cuando me pusieron una corona sobre la cabeza. Es más pequeño, más desordenado… pero es mío. Y en este momento, es el único sitio donde siento que puedo respirar.

Krypto me ha seguido de inmediato, claro. Como siempre.
Aunque me ha lanzado una de sus miradas. De esas que pesan.
Porque sabe. Sabe que nada más terminar el postre… he salido huyendo.

Sí. He dejado ahí a Damian.

Y no tengo excusas.
Ni buenas razones.
Solo esta sensación en el pecho como si me hubieran atrapado haciendo algo prohibido. Como si reírme con él, pasarle servilletas con confesiones y desear—desear tanto— que no fueran solo palabras, fuera algo imperdonable.

Me acurruco más contra Krypto.
Su pelaje es cálido. Late, respira, me envuelve. A veces pienso que él siente más que yo.

-Lo sé...-le susurro, con la voz pegada a su cuello-No he debido dejarlo ahí. No es justo.

Él no responde, claro. Solo emite ese pequeño resoplido que usa cuando está decepcionado. Me hace sonreír, aunque sea débilmente.

Estoy en uno de esos días.

Esos en los que todo me pesa.
En los que la corona me quema incluso cuando no la llevo.
En los que me convenzo de que no soy suficiente para ser heredero, ni esposo, ni hijo.

Y Damian…

Lo he dejado solo.
Después de todo lo que compartimos en silencio. Después de todas las palabras que no nos dijimos, pero que escribimos con tanta claridad.

Él no merecía eso.
No cuando por fin…por fin empezábamos a entendernos.

Pero no sé qué hacer.
No sé cómo volver sin parecer débil. No sé si él me está esperando…o si ya ha aprendido a no esperar a nadie.

Paso la mano por el lomo de Krypto, que no se mueve.
Me aferro más fuerte.
Como si eso bastara para contener todo lo que siento.

Y aún así…
no quiero dormir aquí.
No quiero quedarme lejos de él.

Pero tampoco quiero que vea esta parte de mí.
La que duda.
La que huye.
La que siente miedo de tener algo bueno y perderlo.

Suspiro.
Y cierro los ojos.
Quizás, si espero lo suficiente, el mundo se detenga solo un poco.
Solo lo justo.
Para que pueda volver a él.

Mientras tanto, prefiero quedarme en mi habitación.

Aquí, donde el mundo parece menos implacable.
Donde las paredes todavía conservan ecos suaves de otros tiempos, de otras versiones de mí.

Aquí fue donde Conner me contaba historias increíbles, sentado en el suelo, con los codos en las rodillas y los ojos brillando como si él mismo hubiera vivido cada una de esas aventuras. A veces inventadas, otras... sospechosamente reales. Y entre historia e historia, dejaba caer uno de sus secretos, como si yo fuera un cofre cerrado con llave.

Aquí fue donde jugábamos, como si nada nos pudiera alcanzar. Donde una capa hecha con una sábana era suficiente para ser héroes, y las sombras solo eran dragones esperando a ser vencidos.

Aquí fue donde leía sin pensar en el futuro.
Donde los libros me llevaban lejos, mucho más allá de Solaris, de las responsabilidades, de los bailes y tratados y guerras frías entre familias reales.

Aquí fue donde pintaba, con los dedos manchados de azul y dorado, sin miedo a equivocarme, porque nadie juzgaba los trazos de un niño con el corazón lleno de sol.

Aquí fue donde mamá me contaba cuentos, con su voz suave, con sus manos acariciando mi cabello. Cuentos de héroes que vencían sus miedos, de príncipes que no necesitaban castillos para ser grandes, de monstruos que solo necesitaban alguien que los comprendiera.

Y aquí fue donde papá me decía que sería alguien increíble.
Que tenía la luz del sur en los ojos.
Que no debía tener miedo de sentir, ni de querer, ni de fallar.

Todo eso…
Está aquí.

Por eso, esta noche, aunque sé que he dejado a Damian solo, aunque una parte de mí quiere volver con él…
me quedo aquí.

Porque necesito recordar quién era antes de que el mundo me nombrara príncipe.
Antes de que aprender a amar me diera miedo.
Antes de que escribir en una servilleta me hiciera temblar el alma.

Solo por esta noche.

Damian

Al principio no me molesta.

Cuando Jon se levanta tras el postre, pienso que volverá. Que quizás solo necesitaba un respiro, estirar las piernas, ir por agua o... qué sé yo. A veces tiene esos impulsos, esa luz que lo empuja a moverse sin pensar mucho.

Pero pasan minutos.
Luego más.
Y al final, no vuelve.

Y me quedo solo.
En esa larga mesa encendida por el temblor de las velas, con cuatro reyes debatiendo el futuro como si nosotros no tuviéramos ni voz ni voto.

Hablan de lo que debemos hacer.
A dónde debemos ir, cómo debemos comportarnos.
Qué protocolo seguir.
Qué palabras usar.
Todo con esa voz educada y seca que huele a guerra disfrazada de paz.

Y Jon.
Jon se ha escondido.

Y yo, maldita sea, me quedo.
Porque así me educaron.
Porque no sé marcharme sin parecer débil. Porque huir me parece peor que sangrar.

Incluso Tim y Conner aguantan.
Sentados frente a mí, robándose miradas cuando creen que nadie los ve. Ellos, al menos, se tienen el uno al otro. Yo tenía una servilleta con palabras que parecían sinceras.
Y ahora ni eso.

Cuando finalmente las dos largas horas acaban, me retiro con una reverencia que no siento. Mis botas suenan firmes sobre la piedra del pasillo. Los guardias me saludan, yo no respondo. Ni siquiera los veo.

Entro al dormitorio.
El que compartimos.
Y está vacío.
Por supuesto que está vacío.

Me desabrocho el cinturón con fuerza, lo lanzo sobre la silla sin delicadeza y lo mismo con lo de más. Me meto en la cama, con las sábanas frías aún.
Y me quedo ahí.
Furioso.

Porque no sé qué me molesta más. Que me haya dejado ahí solo con los reyes hablando de nosotros como si no fuéramos reales. O que no haya vuelto.
Ni siquiera para decir por qué.

Y no sé qué hacer con lo que siento. El frío se cuela en mis pies. No lo soporto. Me encojo bajo las mantas. Una parte de mí quiere ir a buscarlo.
Pero la otra…La otra cree que si lo hago, voy a decirle cosas que no sé si sabré deshacer después.

Así que me quedo ahí.
En la oscuridad.
Mirando el techo, con los dientes apretados y el corazón lleno de silencios.

En los dos días siguientes, decido ignorarlo.

Y no es por orgullo.
No del todo.
Es por esa rabia muda que no se me va, por esa herida absurda que me dejó su ausencia como si hubiera clavado una daga por la espalda y luego hubiera salido a pasear con ella ahí clavada.

Sé que intenta disculparse.
Que me busca con la mirada cuando coincidimos en los pasillos, que se acerca a saludar con esa voz suave como si nada hubiera pasado. Que le dice algo a Krypto para acercarse, como si usar a su perro fuera una forma de redención.

Pero yo soy magnífico desapareciendo.
He entrenado para eso toda mi vida.
Y ahora uso ese talento.

A la hora de comer, no me siento junto a él.
No le dejo el asiento libre.
No lo miro.

En cambio, me dejo caer al lado de Tim, justo cuando va a sentarse Conner.
Le quito el sitio con un movimiento limpio y descarado, como si fuera lo más normal del mundo. Me acomodo rápido, y casi como un gesto territorial, dejo caer mi brazo por detrás del respaldo de la silla, justo detrás de los hombros de mi hermano.

Tim me mira. Pero no dice nada.
Porque me conoce.
Sabe que esto no va de bromas ni de caprichos.

Y así lo mantengo a mi lado en todo momento.

Y Conner… lo nota.
Lo veo en su mandíbula apretada, en la forma en la que empuja su comida con el tenedor sin levantar la cabeza, en la tensión de sus hombros. Podría intentar recuperar su sitio.
Pero no lo hace.
Porque sabe que sería hacer ruido, y eso no es algo que los Kent hagan frente a una mesa real.

Y me da igual.

Porque si Jon puede marcharse sin una palabra…Yo puedo ignorarlo. Y que no soy alguien que se abandona así.
No dos veces.
No sin consecuencias.

Jon

El viento corta mi piel mientras me impulso entre las nubes.
Estoy peleando con Conner, si a esto se le puede llamar pelea.
En realidad, es más una danza aérea disfrazada de entrenamiento.

Nos lanzamos puñetazos, esquivamos con risas, giramos sobre las corrientes de aire hasta desaparecer entre las nubes y reaparecer con un golpe en la espalda o una patada bien colocada.

-¿Y si vamos mañana?-pregunta Conner mientras me esquiva de forma exagerada, flotando de espaldas con esa sonrisa que usa cuando quiere convencerme de algo.

Sé de lo que habla.
Mañana. Drahmor.

Lo pienso mientras bloqueo su puño con el antebrazo y me impulso hacia arriba, deteniéndome en el aire, quieto por unos segundos.

Drahmor.
Reino costero, al este.
Cinco horas volando si hay buen viento. Tres si forzamos. Casi cuatro si cargamos equipo.
No esta cerca, pero tampoco es inalcanzable.

Está liderado por el rey Thamir, un viudo desde hace años.
Dicen que es uno de los pocos soberanos con alma aún entera.
Nunca ha buscado guerras.
No ha mandado espías, ni ha hecho movimientos agresivos.
Y su historia...me pesa.
Perdió a su esposa por una enfermedad silenciosa. Desde entonces, vive junto al mar.
Mantiene su trono, pero no se esconde en él.
Habla con su pueblo, no sobre él.

-¿Vamos a bañarnos en la costa si vamos?-pregunto, medio en broma, mientras bajo en picada directa hacia él.

Conner gira en el aire y me esquiva por centímetros.

-Joder, claro que sí-dice,
divertido-yo me lanzo de cabeza. El agua allí es clara como cristal.

Y sí…Eso suena tentador.

Un lugar sin presión.
Sin mesas llenas de reyes.
Sin miradas de juicio.
Sin Damian fingiendo que no existo.

Pero la distancia...Cinco horas si el cielo no coopera. Y tengo la sensación de que estoy dejando algo sin resolver.

Algo que no cabría en ninguna mochila.

-¿Y si mejor esperamos al final de semana?-digo, girando en el aire y frenando justo sobre él.

Conner me observa.
Y yo sé que él sabe.
Aunque no pregunte. Aunque no diga nada.
Él siempre sabe.

-Como quieras, hermanito-
responde, dándome una palmada en el hombro-Pero si sigues dudando, te va a salir una úlcera.

Río, bajando la mirada hacia las nubes.

Y no le digo que no dudo por el viaje. Sino porque hay alguien que aún no sé si me sigue esperando.

Damian

Levanto la copa y la llevo a los labios, aunque no tengo sed. Solo para no devolverle la mirada.

Otra vez está haciéndolo.
Desde el otro lado de la mesa.
Esa maldita mirada suya.

Como si pudiera comunicarse mentalmente conmigo.
Como si con esos ojos azules pudiera pedirme perdón, decir "aún estoy aquí", o peor aún: "por favor, mírame."

Pero no.
No pienso darle eso.
No después de que se marchara.
No después de dos días en los que elegí ser un fantasma para él y él simplemente…lo permitió.

Sigo comiendo. Corto la carne como si me importara lo que tengo en el plato. Asiento cuando mi madre dice algo. Finjo interés en las palabras del rey Clark.

Y sin embargo, lo siento.
Su mirada sigue ahí.
Incesante.
Casi desesperada.

Como un ejército abandonado, rodeado por el silencio, buscando una orden, una señal. Ahora pretende que una mirada cruzada en la mesa va a bastar.
Que ese brillo que lleva en los ojos, esa tristeza blanda, me va a hacer olvidar lo que sentí cuando me dejó solo en aquella habitación llena de coronas y palabras vacías.

Pero esto no es un cuento.
Y yo no soy alguien que se derrite con facilidad. Así que mantengo el rostro sereno. Frío. Casi aburrido.

Aunque dentro de mí…una parte sigue mirando hacia ese ejército invisible, preguntándose si aún queda algo por lo que luchar.

Jon

Vale…no sé si lo que tengo es ansiedad o estrés o una especie de tormenta silenciosa que se me ha metido en el pecho y no quiere irse.

Pero lo cierto es que he decidido volver a dormir en mi habitación.
En la mía.
Otra vez.

Y no porque quiera.
Sino porque ya no soporto más la sensación de ser un intruso en la nuestra. Cada noche me meto en esa cama que me queda grande, sin el calor de su cuerpo ni el silencio lleno de significado que solíamos compartir. Y me siento como un niño que ha hecho algo mal y se ha castigado solo.
Pero lo peor…es que algo dentro de mí grita.
Grita con fuerza.

Grita que quiere volver.
Que quiere ir hasta él, entrar en la habitación, cerrar la puerta y rogarle su perdón. Que quiere decirle que no fue por él que huí, sino por mí. Por mis miedos. Por mi culpa. Por no saber manejar lo que siento cuando él me mira como si pudiera romperme y sostenerme al mismo tiempo.

Pero no aguanto más sus miradas...como si no me conociera.
Como si yo fuera una mancha en su mapa perfecto.

No aguanto su desprecio.
Las veces que pasa a mi lado sin siquiera rozarme el brazo.
Las veces que se ríe con Tim, con los labios entreabiertos, solo para asegurarse de que yo vea lo bien que está sin mí.

No aguanto sus respuestas de “sí” y “no”.
Cortantes.
Neutrales.
Tajantes como un muro de piedra. Y cada vez que responde así, es como si me cortara un poco más el hilo que me une a él.
Y yo no quiero perder ese hilo.

No quiero.

Pero tampoco sé cómo volver a cruzar la distancia que yo mismo creé. Así que me quedo aquí.
A solas. Con Krypto dormido a mi lado y el pecho lleno de palabras que nunca llego a decir.

Damian

Estoy paseando.
Bueno…más bien saltando de árbol en árbol, como si el suelo me estorbara, como si necesitara poner distancia entre mí y todo lo que me retiene abajo.

Solaris tiene algo que Noctaris no tiene: árboles vivos. Altos, vibrantes, de ramas fuertes que parecen invitarte a escalar, a esconderte, a lanzarte al vacío sin miedo. Entrenar aquí es como moverse dentro de un corazón abierto.
Todo respira.
Todo late.
Incluso yo.

El sol se filtra entre las hojas, cálido pero no molesto. El viento me sigue cuando caigo en una rama y me impulso hacia la siguiente.
Estoy solo.
Por fin.
Sin reyes.
Sin mesas.
Sin Jon.

Me detengo un segundo, agazapado sobre una rama gruesa. Con el corazón acelerado, pero no por el salto.
Por el silencio.

Me echo hacia atrás y me dejo caer de espaldas contra el tronco, mirando el cielo azul filtrado por el follaje.

Y respiro.

No como respiro cuando camino entre la corte, ni cuando estoy al lado de mi madre, ni cuando finjo no notar a Jon temblando al otro lado de cualquier habitación.

Respiro como Damian, no como el príncipe.
Y por unos segundos, todo está bien.

Pero no dura.

Porque su imagen vuelve.
Porque cada vez que cierro los ojos, veo esa maldita expresión de culpa en su cara, ese intento torpe de conectar con la mirada.
Como si pudiera enmendarlo todo solo con los ojos.

Y odio que me afecte.
Odio que mi pecho arda cuando lo ignoro. O que mi estómago se encoja cuando lo escucho preguntar por cosas simples, esperando que le responda algo más que “sí” o “no”.

Me limpio el sudor de la frente.
Y salto otra vez.

Más alto.
Más rápido.
Más lejos.

Como si pudiera dejarlo atrás en el aire. Como si mis pies sobre las ramas pudieran pisar lo que siento por él hasta hacerlo desaparecer.

Jon

Algo me hace ir a nuestra habitación.
No lo pienso demasiado. No planeo qué voy a decirle, ni si lo encontraré allí, ni si me mirará con esa expresión que me desarma.

Solo…voy.

Cruzo los pasillos como si algo me tirara del pecho.
Como si la piedra bajo mis pies supiera a dónde necesito volver.
Y cuando llego, cuando abro la puerta de nuestra habitación —esa que no piso desde hace días— el aire me golpea.

Huele a él.

No fuerte.
No reciente.
Pero lo suficiente como para que mi cuerpo lo reconozca.

Mi pecho se expande.
Se encoge.
Y antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, me acerco a su lado del armario.

Toco la tela de una de sus camisas oscuras, esa que a veces se pone después de entrenar.
La huelo. Y entonces…hago lo que juré que no haría.

Cojo su ropa y la esparzo por la cama. La capa, la camisa de tela gruesa, la prenda interior que apenas pesa. Dejo que todo quede extendido, cubriendo las sábanas frías, como si así pudiera llenar el vacío de su ausencia.

Me tumbo encima.
Boca abajo, los dedos apretando la tela.
La nariz contra su olor.
Y ahí es cuando lo siento.
El calor.

Primero es leve. Como si la sangre se me subiera al cuello.
Luego más. Una presión entre las piernas. Un zumbido en los oídos. El corazón golpeando como si el pecho ya no pudiera contenerlo.

Me arde la piel.
Me tiemblan los dedos.
Y sé lo que está pasando.

Está empezando.

Mi celo.

Juro por los cielos de Solaris que no lo esperaba.
Que no era el momento.

Pero mi cuerpo no miente.
Y lo que necesita.
Lo que reclama.

Está en esa ropa.
En esa cama.
En él.

Damian

Nada más cruzar las puertas de palacio, dos sirvientes se adelantan con pasos rápidos y cabezas inclinadas.

-Príncipe, los reyes de Solaris le esperan en la sala del trono-La voz es educada, casi temblorosa.
Demasiado formal.

Demasiado tensa.

Asiento sin decir nada, dejándoles atrás mientras avanzo por los pasillos dorados de este castillo que siempre me parecen demasiado brillante, demasiado cálido…como si su luz quisiera derretirme cada vez que pongo un pie dentro.

Cuando entro en la sala del trono, Clark y Lois ya me esperan.
No sentados.
De pie.
Lo que ya es una señal.

Lois lo dice sin rodeos:

-Jon está en celo.

Mi cuerpo se detiene antes que mi mente. Y lo siento, como un cruel, cómo se me encoge el estómago.

No respondo de inmediato.
No bajo la cabeza.
Solo cierro los dedos en un puño detrás de la espalda y mantengo la compostura.
La que me enseñaron en Noctaris.

Clark habla después, como si intentara suavizarlo:

-Está siendo contenido, supervisado. Está...alterado. Y por su seguridad, y la tuya, hemos decidido ubicarte en el ala más alejada de vuestro dormitorio compartido.

"Por mi seguridad."

Las palabras me golpean con una mezcla entre ofensa y desconcierto.
No soy débil.
No necesito que me protejan de mi propio esposo.

Y aun así…recuerdo lo que se dice de los Solaris.
De su sangre caliente.
De lo que pasa cuando un alfa de su linaje entra en celo sin control.

Hay rumores.

Rumores de jóvenes rotos, de cuerpos marcados. De alfas de sangre solariana tan poderosos que ni sus propios compañeros lograban calmarlos. Que quienes no compartían su linaje, más humanos, habían terminado con huesos fracturados, mordidas que dejaban cicatrices, gritos que duraban días.

Y Jon…Jon, con sus ojos azules, su risa, su ternura absurda…
¿Es eso ahora?

-¿Está bien?-pregunto finalmente, con la voz más baja de lo que pensaba usar.

Lois asiente con lentitud.

-Físicamente, sí. Pero no deja que nadie se acerque. Ni siquiera Conner. Ni a Krypto. No quiere comida. Solo...está en la habitación. Envuelto en ropa. En la vuestra.

Mi corazón da un vuelco.
Mi ropa.
Mi olor.

Y entonces, el fuego de Noctaris dentro de mí empieza a hervir.

Quieren alejarme.
Pero algo me dice que lo único que está reteniendo a Jon ahora mismo…es la falta de mí.

Y no sé qué haré con esa verdad.
Solo sé que arde.
Como todo lo que tiene que ver con él.

Jon

Lo necesito.

No como una idea, no como un deseo bonito envuelto en dudas.
No como esas veces en las que lo miraba y pensaba “ojalá.”

Lo necesito como se necesita el aire cuando has estado demasiado tiempo bajo el agua.
Como el fuego necesita la leña para seguir ardiendo.

Lo necesito a él.

Estoy rodeado por su ropa. Camisas que aún huelen a madera fría, a cuero, a su piel. Su abrigo está encima de mí como si pudiera protegerme. Sus guantes están entre mis manos.
Y aún así…No es suficiente.

Mi cuerpo tiembla.
No de miedo, ni de frío.
Sino de esta energía animal que me quema por dentro, que me devora.

Estoy en celo.
Y ni todo el maldito control que he aprendido a tener sirve de nada.

He intentado resistir.
He apretado los dientes.
Me he tumbado en el suelo.
He enterrado la cara en su ropa.

Pero el vacío no se llena.
La cama no tiene su cuerpo.
La habitación no tiene su voz.

Y yo no quiero comida.
Ni baños fríos.
Ni guardias en la puerta.
Yo lo quiero a él.

Lo necesito.
Aunque no me perdone.
Aunque aún esté furioso.
Aunque me mire como si yo hubiera traicionado algo sagrado.

Lo necesito cerca.
Necesito su olor real, su peso, su cuerpo contra el mío en este incendio que no sé controlar.

Damian.
Por favor.
No me hagas pasar esto solo.

Damian

La noche la paso en…bueno, en una habitación apartada.
En una celda dorada con cortinas gruesas, silencio forzado y paredes demasiado lejanas de donde está él.

Y no estoy solo.

Tim se ha negado a dejarme.

“Por si Jon escapa” dijo, como si eso justificara traer una manta, su libro y acurrucarse en el sofá del rincón con una taza de té.
Como si su mera presencia pudiera frenar un ataque de un alfa solariano en celo.

-¿Y qué ibas a hacer tú? -le pregunté, sin mirarlo, desde la cama mientras hojeaba un libro que había tomado sin pensarlo demasiado.

Él bebió un sorbo con toda la calma del mundo y dijo:

-No lo sé. Improvisar.
Y tú sabes que soy excelente en eso.

Rodé los ojos.
Pero no insistí.
Porque la verdad es que… agradezco que esté aquí.
Aunque me irrita.

Yo…no podría estar solo esta noche.

Sobre mis piernas descansa un libro que encontré en la biblioteca privada del ala este.
Antiguo, de hojas secas y letras tan apretadas que cuesta leer.
Pero necesitaba saber.

Saber qué ocurre exactamente con los alfas solarianos cuando entran en celo.

El título era simple:
"Ciclos de poder: El celo de la sangre solar".

No esperaba nada.
Pero lo que encontré me revolvió el estómago.

Los alfas nacidos bajo la sangre solar no son como los demás.
No solo sienten deseo.
Sienten hambre.

Una necesidad que arranca desde el alma y no se detiene hasta que ha sido satisfecha.
No por cualquiera.
Sino por quien su cuerpo reconoce como suyo.
El libro es claro:

"Durante el pico del ciclo, el alfa solariano no reconoce límites, ni razón, ni estructura política. Sólo busca el olor, el tacto y la sumisión voluntaria del objeto de su necesidad. Si no lo consigue… puede quebrarse por dentro."

Y lo peor.
"Si intenta resistirlo demasiado… puede volverse salvaje. Peligroso incluso para sí mismo."

Cierro el libro de golpe.
El sonido hace que Tim me mire por encima de las páginas del suyo.

-¿Estás bien?

-No-respondo.

Porque no lo estoy.
Porque mientras leo sobre los posibles daños que puede causarse a sí mismo, lo imagino solo. Rodeado de ropa que huele a mí.
Temblando.
Suplicando en silencio.
Y yo aquí.
Lejos.

Porque “es más seguro”.

Y sí…seguro para mí.
Pero ¿quién lo está cuidando a él?

Empiezo a dar vueltas por la habitación. El libro permanece ahí, en el centro de la cama, como si me estuviera mirando.
Como si supiera que me está jodiendo la cabeza y disfrutara haciéndolo.

Mis pasos son silenciosos, pero constantes. Tim me sigue con la mirada, sin decir nada al principio. Solo bebe de su taza como si no tuviera interés… aunque lo tiene.
Siempre lo tiene.

Finalmente, levanta una ceja y dice con tono neutral:

-Si tienes curiosidad, lee.

Y por alguna razón…
esas cuatro palabras son el permiso que necesitaba.

Me detengo.
Inhalo.
Y vuelvo a sentarme en la cama.

Capítulo VII: El Estado Feral

El título ya pesa.
Ya anticipa algo que no quiero saber.
Pero leo.

"Durante los días más intensos del celo solariano, el alfa puede entrar en un estado conocido como Estado Feral."

"Este estado no es una transformación mágica ni una pérdida total de conciencia, pero sí una disociación parcial del razonamiento superior. El alfa deja de actuar como individuo social, y reacciona únicamente por instinto: defensa, búsqueda, vínculo."

Trago saliva.

"Su única prioridad es alcanzar a la pareja que su cuerpo ha identificado. Si se lo impide, si se lo frustra…el estado puede derivar en ataques, gritos, conductas obsesivas, o daño físico a sí mismo y a su entorno."

"Los registros históricos incluyen casos donde alfas solarianos, al no poder acceder a su pareja, entraron en fases de agotamiento extremo, fiebre alta, y una forma de colapso nervioso."

Paso una línea más.
Y ahí está.
La frase que me atraviesa el pecho como un cuchillo.

"Lo único que calma al alfa feral es la presencia de quien desea. No las palabras, no la lógica. Sólo el cuerpo. El olor. La entrega."

Paso la página.
Con dedos que ya no tiemblan, pero que tampoco están tranquilos. Hay algo en mí que arde bajo la piel.
No sé si es ira.
O miedo.
O esa puta sensación de que estoy demasiado lejos de donde debería estar.

La hoja cruje suavemente al girar.

Son testimonios.

"Relatos que no pretenden asustar, sino enseñar. Mostrar lo que puede pasar…y lo que puede salvarse."

Y empiezo a leer.
A tragar cada línea como si me tragara la voz de los que estuvieron donde yo estoy ahora.

---

"Él no me hablaba. Solo gritaba mi nombre entre respiraciones. Lo encerraron. No comía. No dormía. Solo repetía mi nombre. Me decían que no era seguro entrar, pero cuando lo hice… se arrodilló. Y lloró. Como si llevara días buscando algo que al fin encontró."

---

"La primera vez que me miró, no me reconocía. La segunda, me empujó contra la pared. No para hacerme daño. Para olerme. Para asegurarse de que era real. Me temblaban las piernas. Pero no de miedo. Sino porque entendí que yo era su única calma."

---

"Durante su segundo día, se arrancó la camisa con las uñas. Estaba empapado en sudor, febril. Gritaba cosas sin sentido. Cuando entré a su cuarto, me tiró al suelo. Y solo se detuvo cuando puse mi mano sobre su corazón y dije: ‘Estoy aquí.’ Se calmó en segundos. Lloró como un niño perdido."

Siento un nudo en la garganta.
Un calor raro en el pecho.
Y por primera vez en días, quiero estar con él no para pelear, ni para exigir explicaciones.
Sino porque me necesita.
Y yo lo siento.
Lo siento aunque estemos a kilómetros.

Aunque estemos separados por pasillos, alas del castillo, y el orgullo que me ha estado protegiendo desde que soy un niño.

Tim se acerca, se sienta al borde de la cama.
No me habla.
Solo pone una mano sobre mi rodilla.

-¿Damian?-pregunta Tim, con esa voz suya que mezcla
preocupación y sarcasmo como si fuera una bebida tibia que no sabes si tomar o tirar al suelo.

Yo lo miro, con la espalda recta, pero los puños apretados contra mis muslos.

-Tim...Creo que...que...

-¿Quéééé?-dice él, estirando la palabra con esa sonrisa que siempre aparece justo cuando no la necesito.

-Él me gusta-Trago saliva-Me gustaría ayudarlo. Pero quiero que...que si pasa algo, no sea solo porque está en celo.

Tim me observa por un segundo largo.
Cruza los brazos, ladea la cabeza.

-Wo, tranquilo hermanito. Sé lo que quieres decir-Pausa-Pero eso -añade, señalando con un gesto el libro en la cama, las páginas aún abiertas con testimonios que siguen gritando desde el papel-
es algo que tienes que gestionar aquí.-Y se da un golpecito en la sien-No puedes controlarlo todo con esto, Damian. A veces, lo que uno necesita y lo que uno quiere son la misma cosa. Solo que nos da miedo admitirlo.

El resto de la noche me la paso despierto.

No por culpa del libro. Ni por las palabras de Tim. Ni siquiera por la idea de Jon, temblando y jadeando en otra ala del palacio, sudando en la cama vacía donde yo debería estar.

Es por algo más silencioso.
Más venenoso.

Y si todo hubiera sido distinto.

Si nos hubiésemos conocido de otra forma.
Sin coronas, sin alianzas, sin obligaciones.
Si no hubiéramos sido dos piezas elegidas para encajar, a la fuerza.

¿Estaría con él ahora? ¿Cuidándolo? ¿Mordiéndolo? ¿Soportando sus mordiscos contra mi cuello porque su instinto lo arrastra más allá del control?

¿Estaría yo ahí por elección… o simplemente porque "debo"?

Y peor aún.

¿Me hubiese fijado en alguien como él?

¿En alguien tan luminoso?
Tan contradictorio.
Tan visceralmente él.

Yo, que nunca he buscado la calidez.
Que siempre he preferido el silencio al bullicio, el control al desorden, la soledad al vínculo.

Y sin embargo, aquí estoy.
Pensando en sus manos.
En su sonrisa.

Nunca he buscado a alguien como él.
Nunca he querido a alguien como él.

Y sin embargo…todas mis respuestas llevan su nombre.

Incluso cuando no pregunto nada.

Jon

No sé cuántas horas han pasado.

Podrían ser tres. Podrían ser treinta. El tiempo se disuelve en calor, en necesidad, en este descontrol que me arranca la piel desde dentro.

Estoy tirado en una cama enorme que huele a todo menos a él. A pesar de que traje su ropa, de que la tengo alrededor, de que me acurruqué con una de sus capas como si fuera su pecho. No es lo mismo.

No está.

Y lo necesito.

No como una idea, no como un “quiero”.
Lo necesito.

Mi cuerpo tiembla de fiebre, de hambre, de vacío. La temperatura me sube por la espina dorsal como fuego líquido. El colchón está empapado. El aire, cargado de mi aroma, me abruma. Me duele la piel. Me pican los colmillos.

Y lo peor…es que mi mente también lo llama.

Damian.

Quiero su voz.
Quiero sus manos en mi espalda. Quiero su mirada y voz diciéndome que respire.
Quiero pelear con él.
Quiero rendirme con él.

Hay un momento—uno de esos cortos, en los que la fiebre baja solo para volver peor—en que lo veo entrar por la puerta. Me lo imagino. El pelo oscuro algo despeinado por el viento. Su uniforme.

Y en mi mente lo llamo. En voz baja.

-Damian…

Pero no entra.
No está.

Esto no es solo un celo.
Es la ausencia de él durante mi peor momento.
Y aún así no puedo odiarlo por eso.
Solo puedo desearlo.

Con todo lo que soy.
Aunque me esté deshaciendo.
Aunque duela.

Porque juro…por todos mis ancestros…que sólo él puede calmarme.

Mis manos tiemblan. Mis pensamientos...se reducen a una sola imagen.

Él.

Damian.

Sobre mí.
Debajo de mí.
Mandando.
O dejándome hacer.
Tocándome con su experiencia
que siempre parece tener un propósito. Como si todo en él—incluso el deseo— fuera estrategia. Una batalla más.
Y yo estoy perdiendo.

Me hundo en ese olor.

Imagino su voz grave diciéndome que me quede quieto. Imagino su aliento contra mi oído. Sus manos sujetándome, guiándome.

Por un momento dejo que mi mano se deslice sobre mi abdomen, sobre el calor palpitante que me quema desde dentro. Mis dedos tiemblan.

Y en mi cabeza…

“No te muevas.”
Esa voz suya.
Esa orden suave, cruel, deliciosa.
Cierro los ojos. Mi cuerpo se curva ligeramente, buscando algo que no tiene. Y entre suspiros entrecortados, lo susurro, con la voz rota por el celo:

-Mio.…

Damian

Las páginas crujen entre mis dedos como hojas secas.

La tinta es vieja, pero los relatos están vivos.
Demasiado vivos.

Cierro la mandíbula con fuerza. El cuarto está en silencio, pero las palabras me taladran como cuchillas afiladas.

"El Alfa cayó en estado Feral en su tercer celo. Nadie podía tocarlo, excepto su pareja."

Paso la página.

"Sus ojos eran como brasas. Su cuerpo, una hoguera. Rompió los barrotes, destrozó la puerta… gritaba su nombre sin parar."

"Solo se calmó cuando su compañero se colocó frente a él y le dejó oler su cuello. Fue como si el mundo se apagara."

Mi corazón late fuerte.

El encabezado está subrayado en dorado:

Voces del Fuego Interno

"Tenía el cuerpo en llamas. Cada centímetro de piel suplicaba por el contacto de mi pareja. Lo oía en el pasillo, y aun así, el instinto me decía que no bastaba con oírlo… necesitaba su olor. Su voz en mi oído. Sus manos sobre mi nuca. Lo llamé. Una, dos, diez veces. Grité su nombre con la garganta rota. No por rabia. Por deseo.
Por dolor.
Por necesidad."

---

"Cuando entró en la habitación, me lancé sobre él. No hubo palabras, no hubo lógica. Solo un instinto: él o el infierno. Y cuando me sujetó de la cintura y me dijo que estaba ahí… el mundo se detuvo. No fue sexo. Fue renacer."

---

"Me retorcí durante horas, atrapado entre el calor y la soledad. Nadie podía tocarme sin que yo gruñera. Solo su olor me calmaba. Dormía abrazado a una prenda suya, pero no era suficiente. Necesitaba su voz guiándome, su aliento acariciándome mientras mi cuerpo lo buscaba como agua en medio del desierto."

----

"Dicen que los celos ferales se controlan. Mienten. No se controlan: se sobreviven. Yo recé a los dioses por no romperle los huesos al verlo entrar.
Y él…me tocó la mejilla.
Me habló con dulzura.
No recuerdo el resto con claridad. Solo que cuando desperté, lo tenía entre mis brazos y todo ardía menos su voz. Su voz me salvó."

Sigo leyendo. No puedo evitarlo.

Entrada fragmentada – Sin autor

"Desperté empapado en sudor. El olor a él lo impregnaba todo, pero no era suficiente. Lo necesitaba cerca, necesitaba que me contuviera mientras temblaba. Grité su nombre. Quise romper la puerta. Sentí que mis huesos se expandían con cada latido. El corazón me dolía. Me dolía de verdad. No por amor. Por necesidad física.
Derramé lágrimas sin saber por qué. Me arañé el pecho intentando apagar el fuego. Cuando él llegó, no hablé. Me arrodillé. Le entregué el cuello. Lo supliqué con la mirada. Lo necesitaba…y nunca lo había amado tanto como en ese momento.

La siguiente página está manchada, como si alguien hubiese llorado sobre ella. Apenas puedo leer, pero lo poco que entiendo me golpea el estómago:

"No es solo deseo. No es solo sexo. Es hambre de alma. Un celo de Solarys puede consumir la mente si no es guiado. Por eso se dice que los alfas de sangre solar necesitan una voz firme. Un alfa no se rinde. Pero cuando está en celo… se entrega. Y lo hace con todo. Sin filtros. Sin máscaras."

Apoyo el libro en mis piernas.
Siento la garganta seca.

Jon está pasando por esto.
Y yo estoy aquí, leyéndolo como si fuera una fábula.

Jon

Como si el sol hubiera decidido arder solo para mí. Como si las tres lunas hubieran pactado con los dioses antiguos mi condena.
Así han sido los últimos tres días.

Tres días en los que la fiebre no se disipa. Tres días en los que mi nombre ya no me pertenece, porque todo en mí se llama Damián.

Me trajeron su ropa.
Pequeñas piezas de tela, algunas aún tibias por el roce de su cuerpo. Me las entregaron como si fueran antídoto, pero no son más que combustible.

Porque yo no quiero solo su olor.
Yo quiero su espalda contra mi pecho, su voz en mi oído, su rabia temblando bajo mi lengua.

Estoy sudando.
El calor sube desde el pecho hasta la coronilla.
Mis piernas tiemblan incluso estando quietas.
Y mis colmillos…mis colmillos están rozando la frontera de la locura.

Mi cuerpo reacciona a su ausencia como lo haría un planeta sin luna.
Desequilibrado.
Torcido.
Inestable.
Y aun así no grito su nombre.
No lo llamo.
No le ruego.
Porque si lo hago…y no viene…
me mata.

Pero sí respiro.

Respiro contra la tela de su capa.
Mi mano se mueve.
Lenta.
Como si al hacerlo pudiera calmar esta tormenta interna.
Y cierro los ojos, imaginando…
Imagino su peso.
Sus dedos.

Soy un sol al borde del colapso,
una estrella que no encuentra otra salida más que arder.

Y si esta fiebre no cede pronto…
temo que la próxima vez que huela su piel…ya no podré controlarme.

Damián

Estos tres días se resumen así:
en prendas impregnadas con mi olor, en entrenar hasta que me tiemblen los brazos, en leer cualquier cosa que no mencione su nombre—pero siempre lo menciona, de alguna forma—
y en dormir lo justo para soñar con él.

Han venido los sirvientes cada mañana a por más ropa. Y yo, como un automatico, me la quito y se la doy.
Chaquetas, túnicas, trapos...
Todo lo que lleve algo de mí.

Y me dicen que le ayuda.
Que se calma.
Pero en mi cabeza solo puedo imaginarlo…con mi capa en la cara, sudando, tendido sobre las sábanas, las uñas en la madera,
la voz rota, llamándome.
O peor, sin llamarme,
sólo deseándome en silencio.

Y yo no estoy ahí.
Porque me han mandado lejos.
Porque dicen que es más seguro.
Para mí.

Ja.

He leído manuales, tratados, libros prohibidos, relatos que más parecen confesiones de guerra. Alfas como él han dejado a sus parejas moribundas.
Ferales que rompieron barrotes y huesos con la misma facilidad.
Uno incluso atravesó una pared de piedra
solo por oler a su pareja al otro lado.

Jon.
¿Serías tú capaz de eso?

Y si lo eres…¿por qué siento que no tendría miedo?

Así que entreno.
Para no pensar.
Leo.
Para no sentir.
Respiro.
Para recordarme que todavía no me ha llamado.

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